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MARTIRES OAXAQUEÑOS

“Idolatrías en Caxonos"

 

Don Eulogio G. Gillow. Obispo de Antequera, dice que “la provincia compuesta de los seis pueblos de Caxonos fue la ultima que se sometió al yugo de la fé y la mas persistente en sus usos idolátricos”.

Esos pueblos son: San Francisco, Caxono o cajones – actualmente con 240 habitantes -; san Pedro Cajonos, con 1,200; san miguel Cajonos, con 350; Xagacia, con 800; paganiza, con 700; y san mateo Cajonos, con 600, aproximadamente. San francisco ha sido siempre la cabecera.

Piensa Mons. Gillow que la configuración del terreno- como producto de un cataclismo, pienso-yo excita la imaginación de sus pobladores y forja su carácter, por vivir “siempre con cierto pavor” ante aquellas “moles parduscas que parecen elevarse hasta el cielo y cuyos cimientos parecen ocultarse en las profundidades del abismo”

(Apuntes históricos p. 89).

Además estos pueblos de Cajonos colindan con la parroquia de Mitla, “en donde aun existen los hermosísimos palacios de la muerte y de la eternidad”. Y el propósito Cajonos conserva “muchísimos vestigios de monumentos anteriores a la conquista en las cúspides de su serranía”. E impresionantes son también “los monolitos de granito, tan curiosamente labrados, que sirven de sardineles en las puretas principales de las iglesias existentes en los pueblos de San Pedro y San miguel Caxonos, y sus innumerables piedras que forman las paredes del templo de San Francisco, en la cabecera”: todo lo cual facilita el comprender “la importancia del culto que tributaron esos pueblos a sus deidades en la remota gentilidad”.

En efecto, en 1632 se eligió la Vicaria de San Francisco Caxonos: pero con muchos trabajos, “por la poca voluntad de los moradores, se construyeron la iglesia y el convento” (op.cit.,p. 90).

El cronista Francisco de Burgoa, O.P., en la segunda parte de su Historia de la Provincia de Predicadores en Oaxaca, capitulo LXIV, refiere como, siendo Provincial, le toco a él, en el año de 1652, ser parte en el descubrimiento de importantes actos de idolatría, entre árboles y peñas, que un ladino anciano celebraba con el concurso de mucha gente, teniendo en medio “una abominable figura de piedra”. Entre aquellas ceremonias tenia gran relevancia el acto de la confesión de los asistentes, a quienes el dios perdona “y se pueden alegrar y regocijar de nuevo, dándoles licencia para empezar a pecar nuevamente “se aprenhendio a cuantos se pudo. El anciano “sacerdote murió presto con señales de arrepentido “cuenta Burgoa. La autoridad civil conoció del asunto juntamente con la eclesiástica.

Pocos años después. En 1684, se abrió causa criminal, por idolatría, contra Nicolás Contreras y socios, de Caxonos.

Luego, en 1691 se instruyo un proceso, en la cabecera de Villa Alta, por una sublevación de indígenas pertenecientes a los 11 pueblos que componían ese cuarto y que dependían entonces de la Vicaria de San Francisco Caxonos: sublevación motivada por la aprehensión de los alcaldes del pueblo de Sogocho y de una viuda importante, acusados de presidir un solemne acto de idolatría. Sogocho dependía de San Francisco Caxonos. Una muchedumbre armada de palos y machetes, al toque de un clarín, se dirigió a la cárcel y puso en libertad a los presos. Y por su cuenta metieron a la cárcel a un padre y a varios civiles españoles. Y querían matar a “su padre Misionero”, que escapo encerrándose en la iglesia. Pero no tardan en pedir perdón los cabecillas, temiendo el castigo, alegando que había obrado mal “por ignorantes e incapaces”. En realidad, no se había podido identificar a los principales responsables del motín. Por lo cual la autoridad se concreto a darles a todos una seria reprimenda y amenazar a aquellos cuya responsabilidad como principales promotores se descubriera.

Y continúa la historia de la idolatría en los pueblos de Caxonos.

Pero primero conozcamos la institución de los fiscales de los pueblos indígenas.

El P. Jose Antonio Gay (1833 – 1866) en su historia de Oaxaca (2 vols) escribe, al tratar del tercer concilio mexicano de 1585, que este merece ser contado entre las mas notables que se registran en los anales de la iglesia, “por la sabiduría de sus decretos, la elevación de sus miras la oportunidad de los medios escogidos a su intento” siendo uno de estos la institución de los fiscales indígenas:

“(…) cada obispo debe tener a su lado un eclesiástico caracterizado por su inteligencia y ejemplar virtud, constituido por oficio defensor de los derechos de la iglesia y censor de las costumbres del clero y del pueblo de cada diócesis. A semejanza de tan respetable personaje, quiere el concilio que en cada pueblo se elija un anciano, distinguido por sus irreprochables costumbres quien al lado de los párrocos sea perpetuo censor de las costumbres publicas. Tales ancianos son conocidos con el nombre de fiscales, y es su oficio principal inquirir y perseguir los delitos y vicios que perturben la moralidad, descubriendo al cura los amancebamientos, adulterios, divorcios indebidos, perjurios, blasfemias, infidelidades, etc. Nada mas propio y eficaz para mantener entre los pueblos cierta severa disciplina, que sea institución, usada por los romanos y que aun vive en Oaxaca, si bien ya de generada”.

 

Los mártires de Caxonos

 

El día 14 de septiembre de 1700, como a las 8:00 de la noche, estando en su celda el P. Fray Gaspar de los Reyes, ministro de la parroquia de San Francisco Caxonos, se le presentaron Don Juan Bautista, cacique del pueblo, y poco después Jacinto de los Ángeles, natural también de ese lugar, en razón de su oficio de fiscales de la vicaria:

“le dieron parte de que aquella noche estaban convocándoos los indios para un acto solemne de idolatrar, en la casa de un indio llamado José Flores, la cual estaba situada detrás de la iglesias, en una planicie que queda mas abajo”.

Y añadieron que ya se estaba disponiendo en la dicha casa los gallos y los tamales que habían de ofrecerse. Fray Gaspar rogó entonces a Diego de Mora herrero, de 50 años de edad, y a Manuel Rodríguez, carpintero de 18 años, ambos españoles por casualidad en el convento-curato, que fuesen con los fiscales denunciantes, para que desde lo alto de una peña de allí cerca vieces lo que ocurría en el patio de la casa de José Flores. Y, ciertamente allí estaban algunos indios he indias matando y pelando gallos de la tierra, vieronlos a la luz de los ocotes encendidos que otros indios también en las manos; y durante largo rato vieron también que iban llegando continuamente mas y mas indios e indias a la misma casa, era clarísimo que con el exclusivo objeto de asistir al acto de idolatría. Como a las nueve de la noche volvieron los dos españoles y los fiscales al convento a contarle a fray Gaspar cuanto habían visto.

Colocado luego diego de la mora en un balconcillo de la celda del convento que mira a la plaza, vio pasar a un indio con unos ocotes encendiendo en la mano y la cabeza tapada en una manta de lana, y observándolo Don Juan bautista, en el reconocieron al alcalde del pueblo don Cristóbal, que iba también alas ceremonias de idolatría.

Todo esto se le comunico al superior de la feligresía. El R.P. vicario fray Alonso de Vargas y los dos fiscales le dijeron “padre vamos a cogerlos que ya están en la idolatría”.

Alonso mando entonces al capitán Don Antonio Rodríguez de Pinelo, vecino de Oaxaca, y a José de balsalovre, españoles, abogados en la casa de la comunidad.

Eran como las 11 de la noche. Celebrando concejo los dos religiosos ya mencionados, los dos fiscales indios, Rodríguez de Pinelo, y José valsalovre, maestro carpintero; diego de mora, Manuel Rodríguez , diego bohorquez criado de fray Gaspar; otros dos españoles y José de la Trinidad , jovencito de 12 años y esclavo de Don Antonio Pinedo, decidieron sorprender a lo idolatras. Sin hacer ruido se dirigieron el grupo a la casa de Don José Flores, sin encontrara nadie en el camino, quizás, porque estaba lloviznando.

“los religiosos y sus acompañantes pudieron, por el momento, apercibirse de lo que estaba pasando dentro de la pieza principal. Estaban allí multitud de hombres y mujeres de todas edades, niños y niñas, y hasta criaturas de pecho, en pie los unos, hincados la mayor parte y postrados otros, repitiendo todos ciertos rezos que un indio lector llamado Sebastián Martín, como maestro de capilla, apuntaba, teniendo en la mano una especie de pergamino, escrito con letras grandes, coloradas como de sangre. Se destacaban de los demás D. José de Celi, gobernador del pueblo, y los dos Alcaldes, D. Cristóbal de Robles y D. Juan Hernández, pues tenían unos paños en la cabeza, a manera de capilla y unos huipiles en forma de hábitos blancos, parecidos a los que usan los religiosos”.

Pero los idolatras tenían sus centinelas en la puerta principal. Y al dar estos la voz de alarma, adentro se produjo una gran confusión; el P. Vicario grito ¡que vergüenza es esta! Y siguió reprendiendo a los idolatras; José de Valsalobre desenvaino la espada y diciéndoles ¡ah, perros, que es esto que estáis haciendo!, arremetió con ímpetu contra los varones dándoles de cintarazos. Y ellos, confusos y corridos, fueron saliendo de la casa, tapándose las caras, apagando velas y ocotes encendidos, y en tropel.

Con luces nuevas, los religiosos y españoles vieron “sobre una mesa grande, y con los rostros para abajo, unas imágenes de santos, de pintura mexicana, y sobre sus espaldas unos papeles con escrituras misteriosas y dos pasteles o escudillas llenas de sangre, tres candelillas de cera, que habían estado ardiendo, un tenate lleno de gallos de tierra, muertos y pelados”, pescadillos, tortillas triangulares con agujero en el centro, tamales, una corteza de palo con algunas gotas de sangre, y un tenate con plumas de pájaro, caballos, lana, algodón y cerdas de animales. Y en el suelo había:

“una cierva grande tendida boca arriba, y con la barriga destripada, que todavía se estaba meneando, y cerca de ella se veían unos de santos volteados hacia abajo”.

Y más gallos de la tierra degollados y con las cabezas amarradas a los pies, y un guajolote de la misma manera. Por los mismos indios se va a saber que el diablo solía aparecerse en forma de venado.

Al día siguiente, 15 de septiembre, un mestizo, D. Pedro, alcalde del pueblo de San Pedro Caxonos, de dijo al P. Vargas que todos los indios de san Francisco Caxonos estaban convocados para atacar el convento aquella misma noche y llevarse a los dos fiscales denunciantes y a Diego de Mora y a Valsalobre, para matarlos. Lo mismo afirmaron poco después los alcaldes del pueblo de San Miguel Caxonos y de San Pedro Caxonos, que a dar cuenta de ello fueron también a San Francisco. Y prometieron defender el convento con sus gentes.

Por estos y otros avisos, todos los amenazados se refugiaron dentro del convento en la celda de fray Gaspar, por ser la que caía a la plaza “y comunidad del pueblo”. Pero al poco tiempo se dispersaron muchos de ellos y con los dos frailes se quedaron en el convento únicamente los dos frailes –Don Juan Bautista y jacinto de los Ángeles –Pinelo, Diego de Mora, Juan Tirado, Manuel Rodríguez, José Valsalobre, Diego Bohòrquez y Mejia con sus 3 hijos. Y a los naturales adictos de San Pedro, San Miguel y San Domingo Caxonos que desde temprano se les había presentado les ordenaron que se colocaran de la parte de afuera a aguardar la portería y las ventanas de las celdas y pusieron algunas luminarias. Eran como las ocho. Pero estos indios se dispersaron luego.

Se asoma Juan Tirado al bacón de la celda que da a la plaza, oye murmullos de la gente en el atrio-cementerio de la iglesia, y avisa a sus compañeros para que se prevengan. Cogen sus armas de fuego los que las tenían: D. Antonia Rodríguez Pinelo, Francisco Mejia y sus hijos Francisco y Diego de Mora toman una de las tres de D. Juan Bautista. Se ponen de acuerdo en que no disparan si no para salvar la vida. Al poco rato estalla un gran grito con silbas y el redoble de un tambor.

Los de los indios amotinados, que son muchos, están con las caras cubiertas con caretas, monteras y paños – auténticos precursores de los Zapatistas de Chiapas -, y algunos de ellos con medias y zapatos y trajeados, para no ser conocidos, y armados con lanzas, hachas, garrochas, caos, machetes y palos. Y con fiera alzara rompen a pedradas algunas ventanas del convento y a hachazos hacen pedazos las puertas de la portería. Rompen luego las verjas y las hojas de una ventana de la celda en que estaban reunidos los españoles, y cae al suelo, herido de una pedrada, Ambrosio de Morga. Comienzan los de adentro a disparar algunos tiros de aire, pensando que así ahuyentarían a los asaltantes. Al rato se oye una voz que en castellano llama al P. Vicario, el cual pregunta que quieren; y se le contesta que no tenga miedo; que no puede entregárselos; pero los indios, furiosos, amenazan, si no se les da gusto, con quemar la iglesia y la “comunidad” y destachar el convento.

Hechas pedazos las puertas del convento, se meten muchos indios en el claustro, iluminado en ese momento por las llamas que se levantan de la casa de Don Juan Bautista, situada en la loma inmediata, y a la que le han prendido fuego. Al mismo tiempo, muchos indios rompen las puertas de las piezas en que han sido guardados los instrumentos de idolatría, y se los llevan consigo. Don Antonio Pinelo, Francisco Mejia padre, Valsalobre y Diego de Mora hacen varios disparos sobre los indios, de los que caen un herido y un muerto.

Aun mas furiosos, los indios gritan: “!Ah, frailes, ahora habéis de morir¡”; y al P. Vicario le preponen: “entréganos a D. Juan y a Jacinto y se acabara el pleito, porque de lo contrario habéis de morir todos”. El Vicario replica: “hijos, no los puedo entregar; si queréis dinero y toda mi celda os la daré”. Y los amotinados contestan: “No queremos sino a Don Juan y a Jacinto”. Replican los frailes: “nosotros no nos metemos en nada, ni los podemos entregar”. Y mientras tanto, uno de los asaltantes, Don José de Mendoza, daba de coléricas patadas en el suelo y gritaba:”¡chico pleito es este! Ahora nos darán a Don Juan y a Jacinto o han de morir estos frailes carnudos”. Como ultimo recurso, el P. Vicario les muestra una imagen de Nuestra Señora que tiene en las manos, pidiéndoles que por aquella Señora se sosegasen ; pero ellos gritan con mayor odio: “quita allá tu virgen, y mira que si no entregas a Don Juan y a Jacinto, hemos de quemar el convento, la iglesia y la comunidad, mas que se pierda todo el pueblo y el tributo de su Majestad”; y en seguida preguntar con ironía que habían de hacer con el alma de aquel hombre que habían muerto los españoles. Quejándose también de que el P. Vicario hubiese dado parte de lo que ocurría a la justicia de Villa Alta y al P. Provincial, y que habiendo el dado ya ese paso “que habían de hacer, les responde el P. Vicario que había sido preciso obrar así, pero que si se arrepienten y piden perdón, el lo obtendría para ellos de los jueces.

En esto, un indio llamado Jacinto, el chucho exclama: “¡Ah frailes carnudos! Ahora moriréis, ya que no queréis darnos a Don Juan y a Jacinto”, y con un mecate hecho rollo le dan a Don Antonio en el pecho, diciéndole: “entréganos a Don Juan y a Jacinto amarralos con ese lazo, y se acabara el pleito”. “Aguardaos, hijos responde Don Antonio Pinedo, yo os daré todo el dinero y mantas que tengo”. Respondenle los indios: “no queremos nada, sino que nos entregues a Don Juan y a Jacinto”. Alo que responde Don Antonio Pinelo: “Aguardaos, hijos: lo consultare con mis compañeros” y les pregunta a los Padres que deben hacer en aquel caso, a lo que estos responden: “que no tenían intenciones de que se lo entregasen”.

Sintiendo los españoles que los indios se han subido al techo de la celda donde se hallan y que la están destajando, se ponen en consulta “si no les entregamos estos hombres, nos han de matar” se dicen los unos a los otros. Don Antonio Pinelo les pregunta a los asaltantes para que quieren a los dos fiscales, y se le contesta que para “hacerlos cuartos” . Sin pólvora ni balas suficientes los siliados, resuelven que es preciso entregar a los fiscales con tal que los indios prometan no hacerles otro mal que tenerlos en la cárcel, que al cabo no puede tardar mucho en llegar un buen auxilio de la Justicia de Villa Alta.

Tal proposición les hace Don Antonio Pinelo a los indígenas desde el bacón, y estos convienen en ello. Y al ir a ser entregados los dos fiscales, Don Juan Bautista, arrojando al suelo el arma de fuego que trae, dice “vamos a morir por la ley de Dios: como yo tenga a su Divina Majestad, no temo a nada, ni he menester armas”. Y en seguida: “Jesucristo no se defendió con las armas en la mano, y yo estoy dispuesto a morir de la misma manera”. Por su parte, Jacinto de los Ángeles les pide a los religiosos que lo confiesen y que si es posible le den la sagrada comunión, y que el va sin armas a morir también por la ley de Dios.” Y habiendo hecho los dos un acto de contrición son absueltos por el P. Vicario” dice la historia. En circunstancias tan apremiantes fue perfectamente valida esa absolución.

Pinelo vuelve a existir a los amotinados que se concreten a tener en la cárcel a los fiscales, y los entrega. Sin embargo los dos padres protestan contra tal resolución: aseguran que ellos no tienen ninguna responsabilidad en lo que esta ocurriendo. A mi juicio obraron muy mal los seglares y los frailes: los primeros deberían haber expuesto la vida por salvar la de los fiscales, rompiendo el sitio con las balas, aunque contadas, de que disponían, y los frailes tenían la obligación de prohibir aquella entrega, aun a costa de sus propias vidas también: mucho mas que tan solo protestar contra ella ¡Que lastima! Creo que es único este vergonzoso caso en la historia de los tres siglos de Cristianoamerica.

Ya en manos de sus enemigos, Don Juan Bautista les dice: “aquí estoy: si me habéis de matar mañana, matadme ahora”.

En el acto son maniatados los dos fiscales, se les lleva en volandas a la picota, donde se les amarra, y tras de cada tanda de 15 o 20 crueles azotes les decían: “¿te supo bien el chocolate que te dio el Padre? ¿Por qué nos acusaste?” Nada respondían a esto los fiscales, y los azotes se repetían inmisericordes con otras preguntas y burlas, mientras los fiscales solo clamaban por el auxilió de Dios y de la Virgen Santísima , hasta que perdieron el sentido y dejaron de hablar.

Encabezaban el tumulto los indios principales de los 6 pueblos de Caxonos. De la picota llevaron a los fiscales a la cárcel de la comunidad, y de allí, cuando estos recobraron el sentido, los hicieron caminar al pueblo cercano de San Pedro Caxonos, en donde se les azoto de nuevo. San Francisco Caxonos había quedado solitario, son solo el cadáver, tendido en el suelo del indio al que le había tocado uno de los balazos de los españoles. Dos días después el P. Ministro fue llamado para confesar en uno de los pueblos cercanos a otro indio que se estaba muriendo, que había sido también herido de un balazo la noche del día 14. Y el día 15, al amanecer. Los españoles, que permanecieron en el convento, vieron tirado en el suelo, en la calle, a Ambrosio de Morga, el único de los indígenas de afuera que se mostrara partidario de los religiosos: estaba casi sin sentido, herido, a pedradas, en la cabeza ye n la boca, y se le curo como se pudo.

El jueves 16, a las 4 de la mañana, llego Don José Martínez de la Sierra , Alguacil Mayor de Villa Alta, con varios auxiliares. Esa misma tarde como 80 indios armados de coas y palos irrumpieron en San Francisco Caxonos y demolieron una casa de techo de teja propiedad de Don Juan Bautista; y habiendo querido hacer lo mismo con la casa de Jacinto de los Ángeles, la mujer de este les alego que desde antes de su matrimonio aquella finca era de ella; pero para que la dejaran en paz tuvo que darles algún dinero. Y ante estos atropellos el Alguacil Mayor se hizo el disimulado, falto de fuerza para reprimir y castigar a los sublevados.

Sin embargo, el viernes 17 los Alcaldes de Caxonos y unos cuantos indios van al convento, como a las 9:00 de la mañana, a pedirles perdón a los Padres y al Alguacil Mayor. Y habiéndoles preguntado por los fiscales, contestan que les habían soltado de la cárcel de San Pedro Caxonos, prometiéndoles no hacerles sufrir más si se iban a Chiapas o a Guatemala.

Cuenta la mujer de Jacinto de los Ángeles que en la mañana del jueves 16 había ido a llevarle ropa para que se mudara; y habiéndolo alcanzado en el llano de San Miguel, entre muchos indios, no quiso el recibir la ropa, diciéndole que ya no le serviría: que Dios sabia el paradero que tendría; que se volviese a su casa y cuidase de los hijos; y ella temerosa de los indios, había regresado al pueblo.

El viernes 17, yendo a una confesión el P. Vicario al pueblo de San Pedro Caxonos, con Sebastián de Rua y Manuel Martínez, en una vereda vieron rastros de sangre.

El domingo 19 no concurrieron los indios a misa y la iglesia permaneció cerrada todo el día.

Con la certeza de que los fiscales habían sido sacrificados y ante la importancia para castigar a los indios, siendo principales responsables los jefes de los seis pueblos de Caxonos, los frailes y sus superiores optaron por disimular y dedicarse exclusivamente por entonces a aquietar los ánimos.

El lunes 20, a eso de las 8 de la mañana, reunidos los indios en el atrio-cementerio, a la suplica de los frailes de que depusiesen todo rencor que pudiesen tener contra los fiscales, respondieron que ya los habían soltado, sin saber a donde habían ido a parar, pero que los buscarían para entregarlos. En el colmo de la hipocresía, hicieron en común un acto de fe y rezaron el Acto de Constricción, e inmediatamente fueron absueltos por el P. Vicario: absolución totalmente nula. Y mientras tanto. El Alcalde Don Cristóbal y algunos otros indios se estaban riendo y decían que si querían aprender a alguno “habían de morir todos y perderse el pueblo”

De rodillas reciben todos la absolución, entran a la iglesia y luego se van a sus casas muy sosegados, pero diciendo a todas horas que si aprendían a alguno, lo habían de defender, aunque perecieran todos… y el problema no era tan sencillo, porque con sus 6 pueblos de Caxonos estaban los otros 12 de su doctrina y 8 de Villa Alta, que eran de su “nación”. En total 26 pueblos, con San Francisco Caxonos en el centro.

¿Qué era lo que había ocurrido?

Del proceso instruido por las autoridades a partir del 23 de septiembre consta: que los indios idolatras habrían perdonado la vida a los fiscales si estos se hubieran dejado llevar de los halagos, promesas y amenazas que en la cárcel de San Pedro Caxonos les hicieron, a fin de que reunieran a la fe cristiana y se les unieran a ellos para practicar la idolatría en lo sucesivo. Luego en la cárcel del pueblo de San Miguel Caxonos los amenazaron con ejecutarlos “puesto que no querían retractarse del cristianismo y seguir las prácticas de la idolatría”. ¿Qué, no ven - añadian- que la idolatría fue lo que siguieron nuestros antecesores y nuestros abuelos? En seguida, en el pueblo de Santo Domingo Xagacia, les decían: “¿Por qué no quieren entrar entre nosotros, pues que la idolatría llama riqueza?”

Ni un solo momento vacilaron los fiscales ¿Cómo se les mato?.

Un indio de Zoochila, llamado Juan, hijo de Juan de Santiago, le contesto a Sebastián de Rua:

Que estaba en el pueblo de Jahuio oyó que platicaban dos indios de San Francisco Caxonos y decían como al D. Juan Bautista y a Jacinto de los Ángeles los habían muerto; a este lo habían precipitado desde la peña que hay arriba del pueblo de Santo Domingo Xagacia, y a Don Juan Bautista lo habían muerto a hachazos detrás del pueblo de San Pablo, en el monte que media entre dicho pueblo y Santo Domingo de las albarradas, de la jurisdicción de Macuilzuchil, y que por lo que pudiera convenir, lo ponía en su conocimiento”.

Además, a los dos fiscales “les cortaron los pies, las manos y los brazos, y los hicieron pedazos todos, y se los dieron a los perros a comer”, según otro testimonio. Y otro testimonio preciso que “habiéndoles sacado los corazones, se lo habían dado a comer a los perros” “Otro declarante afirmara que a Don Juan Bautista “le habían sacado el corazón, y en el le habían hallado siete señales, que parecía tenia siete corazones”. Y otros testigos declararan que “haciéndolos hecho pedasos –a los fiscales-, y sacándoles los corazones, los habían echado a los perros, que a propósito habían llevado, y no habiendo estos comerlos, los habían arrojado en una laguna que dicen hay en el sitio donde los ejecutaron”.

Todavía mas “José Luis, Alcalde que había sido el año anterior de 1700 de San francisco Caxonos, declaro también (…) que desde el pueblo de San Francisco hasta el de San Pedro, había visto a Bartolomé de Alcántara, Alguacil Mayor del pueblo de San Pablo, ir delante de Jacinto de los Ángeles, tirando del cordel con este estaba maniatado; y que en el sitio donde se habían ejecutado dichas muertes, había visto también a Nicolás de Aquino y Francisco López beber un poco de sangre de la que vertían los cuerpos de Don Juan Bautista y Jacinto de los Ángeles, agregaron que se lo había aconsejado Nicolás Antonio, del pueblo de Santo Domingo, para que pudiesen andar”.

Y otro testigo Cipriano de Aquino declara “haber visto a francisco López y a Nicolás de Alquino beber de la sangre que vertían los cuerpos cogiéndola con la mano ”.

Otros testigos precisaron que después de azotar a las victimas, les habían cortado y quemado las plantas de los pies y por ultimo les habían quitado la vida a maquetazos, degollándolos después. ( Apuntes Históricos , pp. 123-136, 169-172, 191-194, 217-219.)

Pero antes de que las autoridades de Oaxaca y de Villa Alta procedan contra los culpables, los indios han pedido perdón alegando “su cortisima capacidad, su miseria y su ignorancia”. Y acuden a la iglesia y se postran como santos, muy al pendiente de lo que pudiera ocurrir, pues hasta en México tienen espías.

Por fin, se abrió el proceso. Basta con decir que fueron torturados, para hacerles declarar la verdad y denunciar a los de más responsables, don Cristóbal de Robles, Alcalde que había sido de San Francisco Caxonos el año anterior, mas 4 indios principales y otros 25 indios; y los 15 son ejecutados el 11 de enero de 1702, y a los 15 se les hace cuartos y se les corta la cabeza.

Condenados son también a muerte otros 17 indios, pero aceptándoles la apelación que presentaron para ante la Real Sala del Crimen de la Real Chancillería de México. Y no consta si esta perdono o no a estos 17; pero Mons. Gillow cree que si.

Otros dos fueron condenados a sufrir 200 azotes públicamente; y uno de estos con coroza untada de miel y salpicado él de plumas, y luego expuesto al sol, amarrado a una escalera, por espacio de una hora.

Y se mando derribar la casa de Sebastián Martín, de San Francisco, en la que se hizo la junta en que se determinaron las muertes de los fiscales; y que con sus materiales y cuantos mas fuesen necesarios, reedificaran, a la perfección, los naturales de San Franco Caxonos, por su propia cuenta y trabajo, la casa que le quemaron y derribaron a Don Juan Bautista, y que en el sitio, ya limpio y desembarazado, en que había estado la casa de Martín, se fabricara, de obra firme, una ermita o humilladero abierto a los 4 vientos, con su cubierta decente de bóveda o teja, y dentro, una peana, y sobre ella dos cruces grandes e iguales, a la memoria de los dichos fiscales indígenas don Juan Bautista y Jacinto de los Ángeles. Y de todo esto se ejecutaran en el termino de dos meses.

Uno de los asesinos, Juan Piche, pretende a la viuda de Jacinto de los Ángeles, la cual le promete corresponderle y casarse con él si la lleva al lugar donde estuvieran enterrados los restos de los mártires.

Acepta el Piche la condición, y al llegar con la viuda al crucero de Xaganiza con Santo Domingo Caxonos, que es el lugar señalado por aquel “ ve la viuda de Jacinto una mata de azucena de Castilla muy frondosa que tenia una flor abierta ”, la cual no puede darse si no en serrado solar y bajo cultivo.

Rompió a llorar “la viuda a voz en grito, con forme a lo convenido con sus cuñados, y en el acto los hermanos de Jacinto de los Ángeles, que ocultamente los habían seguido, corrieron y aseguraron a Juan Piche, y procedieron desde luego a exhumar los restos mortales, encontraron en efecto, el esqueleto de un hombre, estando los huesos bien conservados y muy blancos, advirtiendo que el lugar donde hallaron la flor de azucena correspondía al del corazón en el cuerpo del difunto” (A puntes Históricos, pp. 188-189).

Pero ¿Qué tiene que ver todo esto –preguntara el lector- con la Historia de la Inquisición en la Nueva España ? Lo he narrado porque pienso que esto muestra el error que por espíritu de misericordia para con los indios cometió Corona al hacerlos exentos de ser juzgados por la Inquisición por crímenes contra la Fe y las sanas costumbres, como si no tuvieran ellos verdadera malicia en estas materias, teniéndola extremada. Porque siendo la Inquisición un tribunal no solo mas temido que los tribunales civiles, sino también si no también mas eficaz que estos en la persecución y castigo de la idolatría; mas fácilmente la hubieran extinguido. Y también veo, por otra parte que en casos graves, como el orden .

Común destrucción de propiedades y asesinatos-, podía ser y de hecho era más dura la Autoridad Civil durante la investigación judicial correspondiente, sin que estuvieran exentos los indios de la prueba del tormento , con más cuidado y menor frecuencia aplicados por la inquisición que por aquella.

Y en cuanto a la imposición de la pena de muerte, tampoco era más escrupulosa la Autoridad Civil que la inquisitorial.

Así es que nada salían ganando de hecho los indios, y si se hacia mas audaz la idolatría, por al convicción de que era un privilegio y aun una licencia de los indios… la tal exención.

Solo me falta decir que la idolatría persistió en el distrito de Caxonos –y de toda la Nueva España sólo allí- cuando menos hasta fines del siglo XIX, según lo hace notar Monseñor Gillow, Obispo – Arzobispo de Oaxaca en esos años.

¡Quien Dios que muy pronto sean beatificados aquellos dos fiscales indígenas de San Francisco Caxonos como mártires de la fe Católica!.”

El pensamiento, el deseo de Don Salvador Abascal de la beatificación de estos mártires de la Fe , esta pronto a realizarse, cuando a fin de mes, el Santo Padre nos Visita.

 

Ayúdennos a difundir estas biografías para que estos, nuestros mártires, sean dados a conocer entre nuestro pueblo.
SEBASTIÁN DE APARICIO

Beato Sebastián de Aparicio, el de las carretas

Un santo analfabeto

 

Conocemos bien la santa vida del Beato Sebastián de Aparicio, pues al morir en 1600 la fama de santidad de este gallego-mexicano es tan grande, que ya en 1603 el rey Felipe III escribe al obispo de Tlaxcala para que haga información procesal de su vida y milagros. Y el obispo, en 1604, le remite la biografía escrita por fray Juan de Torquemada. Muy tempranas son también las vidas escritas por el médico Bartolomé Sánchez Parejo, fray Bartolomé de Letona (1662) y fray Diego de Leyva (1685). En ellas y en otros antiguos documentos se apoyan las recientes biografías de los franciscanos Alejandro Torres (19682), Gaspar Calvo Moralejo (19762) y Matías Campazas (19852), según las cuales va mi relato.

El 20 de enero de 1502, en el pueblo gallego de Gudiña, en el matrimonio de Juan Aparicio y Teresa del Prado, nace después de dos niñas un varón, al que le ponen por nombre el santo del día: Sebastián. Nada hace presagiar que la vida de este niño va a ser tan preciosa. En realidad no es sino un chico gallego como otros tantos, que nunca aprenderá a leer y a escribir –la escuela entonces era cosa de pocos-, y que desde niño, en cambio, será instruido en las oraciones, en el catecismo, y en las muy diversas artes campesinas: hacer leña, cuidar los animales, regar, cultivar el campo, arreglar el carro, las cercas y tejados, y tantas cosas más que va a seguir ejercitando toda su vida. A los cinco o seis años, aquejado de una grave enfermedad contagiosa, y aislado por su madre en una choza solitaria, recibe en la noche la visita misteriosa de una loba que le libra de su tumor.

Según Sánchez Parejo, el mismo Sebastián «refirió este suceso varias veces a sus amigos, cuando ya era fraile» (Campazas 11).

 

Un hombre casto

Pasada la adolescencia entre los suyos, emigra a Castilla en su primera juventud, buscando trabajo. Lo encuentra en Salamanca, en la casa de una viuda joven y rica, que se enamoró perdidamente del mozo. Asistido por la gracia del Salvador, huyó Sebastián a tiempo de aquel incendio de lujuria, sin chamuscarse en él siquiera. En la extremeña Zafra, entra al servicio de Pedro de Figueroa, pariente del Duque de Feria.

También de allí, alertado por Cristo, hubo de huir Sebastián, pues una de las hijas del amo comenzó a rondarle con exceso. Así dispuso la Providencia que se llegara Sebastián a Sanlúcar de Barrameda, de donde partían los barcos hacia América. Allí sirvió siete años, muy bien pagado, en una casa fuerte, lo que le permitió enviar a sus hermanas las dotes matrimoniales entonces en uso. En este lugar venció otra vez, sostenido por Cristo, violentos asedios femeninos, que procedieron esta vez de la hija del dueño y también de una joven de Ayamonte. De estos sucesos dio noticia él mismo, siendo ya fraile.

Se ve que las mujeres sentían gran atracción por este joven gallego. Pero aún era más amado y preferido por nuestro Señor Jesucristo.

 

Puebla de los Angeles

A los 31 años, en 1533, se decide Sebastián a entrar en la corriente migratoria hacia América, y se radica hasta 1542 en la ciudad mexicana de Puebla de los Angeles, fundada por Motolinía dos años antes con cuarenta familias, precisamente para acoger emigrantes españoles. Llega, pues, cuando la ciudad está naciendo, y todo tipo de trabajo y profesión son necesarios...

Sebastián cultiva, sin gran provecho, trigo y maíz. Pero pronto inicia una labor de más envergadura. Por aquellos años el ganado caballar y vacuno llevado por los españoles se ha multiplicado de tal modo que es ya, concretamente en la región de Puebla, ganado cimarrón. Sebastián, iniciador del charro mexicano, se dedica a perseguir novillos, lacearlos y domarlos, para formar con ellos buenas yuntas de bueyes.

Por otra parte, por Puebla pasan interminables caravanas que del puerto de Veracruz se dirigen a la ciudad de México, siguiendo un camino ya abierto desde 1522. Asociado Sebastián con otro gallego, probablemente carpintero, forma una pequeña sociedad de carretas de transporte -quizá la primera del Nuevo Mundo-, que evita a los indígenas el duro trabajo de portear cargas. Más aún, conseguido el permiso de la Audiencia Real , abre aquel camino al tráfico rodado, trabajando de ingeniero y de peón, y enseñando a trabajar a indios y españoles. Las carretas de Aparicio, durante siete años, recorren sin cesar aquellas primeras «carreteras» de América, como buenas carretas gallegas, chirriantes y seguras...

 

Entre México y Zacatecas

En 1542 deshace la sociedad con su amigo gallego y se traslada a la ciudad de México con miras aún más amplias. Según cuenta el padre Letona, «formó con su industria una gran cuadrilla de carros», también la primera en esta ocasión, e «intentó desde México buscar y abrir camino de carros para Zacatecas (que hasta entonces ninguno se había atrevido a hacerlo). Y aunque con notable trabajo salió con su intento; y lo prosiguió, mejorando con el mayor y mejor comercio del Reino: siendo su primer inventor» (Campazas 21). Durante diez años transporta Aparicio minerales de plata de las minas de Zacatecas a la Casa de Moneda de México, y también transporta viajeros.

 

Amigo de los chichimecas

Esta empresa es por esos años sumamente audaz y arriesgada, pues los carros, con su preciosa carga, han de atravesar territorios dominados por los terribles indios chichimecas. De éstos escribía hacia 1600 fray Jerónimo de Mendieta:

«Chichimeco es nombre común de unos indios infieles o bárbaros, que no teniendo asiento cierto (especialmente en verano), andan discurriendo de una parte a otra. Traen los cuerpos del todo desnudos, duermen en la tierra desnuda aunque sea empantanada, con perpetua sanidad. Sufren mortales fríos, nieves, calores, hambre y sed, y no se entristecen. Son dispuestos, nerviosos, fornidos y desbarbados. No tienen reyes ni señores, mas entre sí mismos eligen capitanes. Tampoco tienen ley alguna ni religión concertada. Sacrificante ante ídolos de piedras y barro, sangrándose las orejas y otras partes del cuerpo. De la religión cristiana tienen mucha noticia por los frailes menores, y no otros, que siempre andan entre ellos. Y si alguno se convierte, es con mucho trabajo y perseverancia de los ministros...

«Tienen estos chichimecos entre sí guerras civiles muy sangrientas, y enemistades mortales, así nuevas como antiguas. Pelean desnudos, untados con matices de diferentes colores, con sólo arcos medidos a su estatura. Es cosa increíble cómo con espantable ferocidad menosprecian el resto de los que se les ponen delante, aunque sea hombres armados y de caballos encubetados. La certinidad, ánimo, destreza y facilidad con que juegan esta diabólica arma, no se puede explicar». Causaron mucho tiempo especiales estragos «por el camino de Zacatecas y de otras minas de aquella comarca. Ha sido Nuestro Señor servido que por medio de religiosos y diligencias de los virreyes, hayan venido de paz, de seis o siete años a esta parte, pidiéndola ellos mismos de la suya. Y en esta buena obra no poco se les debe a los indios de la provincia de Tlaxcala (demás de la obligación antigua de haberse por medio de ellos ganado esta tierra), porque dieron al virrey D. Luis de Velasco el mozo cuatrocientos vecinos casados, con sus mujeres e hijos, para que fuesen a poblar juntamente con los chichimecos que venía de paz, para que con su comunicación y comercio se pusiesen en policía y en costumbres cristianas, y para ello se hicieron seis poblaciones con sus monasterios de frailes menores que los enseñasen y doctrinasen» (Hª ecl. indiana, pról. V libro, IIª p., extracto).

Por estas regiones -como en una película del far west, aunque dos siglos antes que en Estados Unidos-, circularon diez años las carretas de Aparicio, de México a Guadalajara, y de ésta a Santa María de Zacatecas. Y como dice el doctor Parejo, «lo que más me admira, entre todas estas cosas heroicas y dignas de estimación, es la benevolencia y buen nombre que entre los indios chichimecas tenía granjeada su pródiga liberalidad y sencillo pecho, que, con ser gente caribe y bárbara, que se comen unos a otros, reconociendo a Aparicio, le traen frutas y otros regalillos, mostrándose deseosos de quererle servir y agradar; y no solo eso, pero le ayudaban al trabajo y avío de sus carretas todo el tiempo que podían hacerlo... Esto tenía granjeado Aparicio con las buenas obras, agasajo y gruesas limosnas que les hacía» (Campazas 22).

En tantos años de trabajos y viajes le ocurrieron a Sebastián innumerables aventuras, en las que se reflejan tanto su bondad como su valor y fuerza. Llegando una vez con sus carretas a la plaza mayor de México, una de ellas aplastó la mercancía de un cacharrero, el cual, sin avenirse a razones, desafió espada en mano al jefe de la caravana. Sebastián, domador de novillos, pronto dio en tierra con el bravucón, poniéndole la rodilla el pecho y el pomo de la espada sobre el rostro. El cacharrero pidió perdón por el amor de Dios, y esto fue suficiente para Aparicio, que le ayudó a levantarse, diciéndole: «De buen mediador te has valido».

 

Devoto probable de la Virgen de Guadalupe

En 1531 se produjeron las apariciones benditas de la Señora del Tepeyac al indio Juan Diego, y poco después se alzó la primera capilla en honor de la Guadalupana. En la gran peste de 1544-1545, los franciscanos de Tlatelolco acudieron en rogativa desde su convento a la Virgen del Tepeyac. Y en 1568 Bernal Díaz del Castillo habla de «la santa iglesia de Nuestra Señora de Guadalupe, que está en lo de Tepeaquilla...; y miren los santos milagros que ha hecho y hace cada día» (210). No parece, pues, atrevido suponer que Aparicio, tan cristiano y piadoso, se hallaría entre los devotos de la Virgen de Guadalupe, y que con sus continuos viajes habría sido propagador de su devoción por la Nueva España. Como bien supone Calvo Moralejo (65), sería Sebastián uno de los muchos españoles de quienes en 1582 escribía el inglés Phillips:

«Siempre que los españoles pasan junto a esta iglesia, aunque sea a caballo, se apean, entran a la iglesia, se arrodillan ante la imagen y ruegan a Nuestra Señora que los libre de todo mal; de manera que vayan a pie o a caballo, no pasarán de largo sin entrar en la iglesia a orar... A esa imagen llaman en español Nuestra Señora de Guadalupe».

 

Tlalnepantla

En 1552, tras dieciocho años de carretero y empresario, y ya con 50 años de edad, vende Aparicio sus carros, y se establece en una hermosa hacienda de Tlalnepantla, cerca de México. No sin razón le llaman «Aparicio, el Rico». En Chapultepec, en las afueras de México, adquiere una hacienda ganadera, y así se arraiga para siempre en su nueva patria, como tantas veces recomendaban las autoridades civiles y religiosas. Fray Martín de Hojacastro, el que sería después obispo de Tlaxcala, escribía en 1544 al emperador: «Ha menester que los españoles no sean en esta tierra así como viandantes para disfrutar la tierra sin provecho, antes haciéndose naturales de ella la conserven y aumenten». Para estos años ya Sebastián Aparicio es absolutamente mexicano.

La casa de Aparicio en Tlalnepantla fue testigo de muchas obras de misericordia, así corporales como espirituales. En efecto, en palabras del doctor Pareja, era «refrigerio de sedientos, hartura de hambrientos, posada de peregrinos, alivio de caminantes, albergue y roca de los miserables indios» (Calvo 77). Allí Aparicio enseñaba a trabajar, daba aperos y semillas, perdonaba deudas, arreglaba carretas, enseñaba las oraciones, se esforzaba en aprender la lengua de los indios...

En su forma de vivir, no obstante su riqueza, se distinguía por una austeridad desconcertante. Vestía como cualquiera, aunque sabía trajearse adecuadamente en las ocasiones señaladas. No tenía cama, sino que dormía sobre un petate o en una manta tendida al suelo. Comía como la gente pobre tortillas de maíz con chile y poco más, y añadía algo de carne cocida en domingos y fiestas. No pocas veces pasaba la noche a caballo, protegiendo su hacienda de animales malignos, y alguna vez le vieron dormido sobre su montura, apoyado en su lanza. Todos los días rezaba el rosario, y de su tierra gallega conservó siempre una gran devoción al santo Señor Santiago.

 

Chapultepec y Atzcapotzalco, dos bodas

A los 55 años pasó Aparicio a vivir al pueblo de Atzcapotzalco, donde un hidalgo, con más pretensiones que riquezas, trató de conseguirle como rico y honesto marido para su hija. Aparicio preguntó al padre cuál era la dote que pretendían para la joven, y cuando supo que eran 600 pesos, los entregó al padre y él quedó libre de ulteriores apremios.

Pocos años después ha de trasladarse a Chapultepec, donde la abundancia de ganado requería su presencia. Allí tiene una enfermedad muy grave y recibe los últimos sacramentos, pensando ya en morirse. Recuparada la salud, muchos le recomiendan que se case. Tras muchas dudas y oraciones, acepta el consejo, y a los 60 años, en 1562, se casa con la hija de un amigo vecino de Chapultepec en la iglesia de los franciscanos de Tacuba, haciendo con su esposa vida virginal. Pensando estaban sus suegros en entablar proceso para obtener la nulidad del matrimonio, cuando la esposa muere, en el primer año de casados, y Aparicio, después de entregar a sus suegros los 2.000 pesos de la dote, de nuevo se va a vivir a Atzcapotzalco.

Un segundo matrimonio contrajo a los 67 años en Atzcapotzalco, con una «indita noble y virtuosa, llamada María Esteban», hija jovencita, como su primera esposa, de un amigo suyo. Fue también éste un matrimonio virginal, como Sebastián lo asegura en cláusula del testamento hecho entonces: «Para mayor gloria y honra de Dios declaro que mi mujer queda virgen como la recibí de sus padres, porque me desposé con ella para tener algún regalo en su compañía, por hallarme mal solo y para ampararla y servirla de mi hacienda». Para ésta, como para su primera esposa, fue como un padre muy bueno.

Pero tampoco esta felicidad terrena había de durarle, pues antes del año la esposa muere en un accidente, al caerse de un árbol donde recogía fruta.

Aparicio la quiso mucho, como también a su primera esposa, y de ellas decía muchos años después que «había criado dos palomitas para el cielo, blancas como la leche».

 

Los extraños caminos del Señor

Sebastián de Aparicio, humilde y casto al estilo de San José, debió sentir como éste muchas veces profundas perplejidades ante los planes de Dios sobre él. Siempre inclinado a la austeridad de vida, el Señor ponía en sus manos la riqueza. Siempre inclinado al celibato, la Providencia le llevaba a dos matrimonios, seguidos -nuevo desconcierto- de prematura viudez.

Pasando por graves enfermedades, el Señor le daba larga vida... Muchas veces se preguntaría Sebastián «¿pero qué es lo que el Señor quiere hacer conmigo?». Y una y otra vez su perplejidad tomaría forma de súplica incesante: «enséñame, Señor, tu camino, para que siga tu verdad» (Sal 85,11)...

Una gravísima enfermedad ahora le inclina a hacer su testamento, dejando todos sus bienes a los dominicos de Atzcapotzalco, con el encargo de que parte de su hacienda se empleara en favor de sus queridos indios mexicanos. Pero la salud vuelve completamente, y aumenta el desconcierto interior en Sebastián, a quien Dios da al mismo tiempo graves enfermedades y muy larga vida. Cada vez está más ajeno a sus tierras y ganados, y pasa más horas de oración en la iglesia. Cada vez son más largas y frecuentes sus visitas al convento franciscano de Tlanepantla. Una voz interior, probablemente antigua, le llama con fuerza siempre creciente a la vida religiosa, pero esta inclinación no halla en sí mismo sino dudas, y se ve contrariada por los consejos de sus amigos, incluso por las evasivas y largas de su mismo confesor.

Tiene ya 70 años, y aún no conoce su vocación definitiva. ¿Cómo se explica esto?... «¿Qué he de hacer, Señor?» (Hch 22,10). ¿Será que una pertinaz infidelidad a la gracia, obstinadamente mantenida durante tantos años, le ha impedido conocer su verdadera vocación? ¿O será más bien que esta misma vida suya, llena de zig zags, no es sino fidelidad a un misterioso plan divino?... Todo hace pensar que Sebastián de Aparicio pasó realmente las moradas, las Moradas del Castillo interior teresiano, con todas sus purificaciones e iluminaciones progresivas, hasta llegar a la cámara real, donde había de consumarse su unión con el Señor.

Verdaderamente la vida de Sebastián de Aparicio nos asegura una vez más que los caminos de la Providencia divina son misteriosos. Si él mantuvo su castidad virginal incólume en dos matrimonios y tras los graves peligros pasados en Salamanca, San Lúcar y Zafra; si guardó su devoción cristiana viviendo solo y en continuos viajes de carretero; si conservó su corazón de pobre en medio de no pequeñas riquezas, es porque siempre estuvo guardado y animado por el mismo Cristo. Ahora bien, si continuamente fue guiado por el Señor, esto nos lleva a pensar que su extraña y cambiante vida no fue sino el desarrollo fiel de un misterioso plan divino. Quiso Dios que Sebastián de Aparicio fuera todo lo que fue hasta llegar a fraile franciscano.

 

Portero de clarisas en México

 

El tiempo de «Aparicio el Rico» ha terminado ya definitivamente. Este hombre bueno, aunque parezca cosa imposible, «en todo el tiempo que fue señor de carros y labranza ganó cosa mal ganada -dice el doctor parejo-, ni que le remordiese la conciencia a la restitución» (Calvo 81). Un verdadero milagro de la gracia de Cristo. Él mismo, ya viejo, pudo decir con toda verdad: «Siempre he trabajado por el amor de Dios» (Calvo 48).

Las clarisas de México, a poco de su fundación, pasan por graves penurias económicas. Y el confesor de Aparicio sugiere a éste que les ayude con sus bienes y sus conocimientos de la Nueva España. La respuesta es inmediata: «Padre, delo por hecho; mas de mi persona ¿qué he de hacer?»... El mismo confesor le indica la posibilidad de que sirviera a las clarisas como donado, portero y mandadero. Aquí es cuando Sebastián comienza a entrever la claridad de la vida religiosa... A fines de 1573, ante notario, cede todos sus bienes, que ascendían a unos 20.000 pesos, a las clarisas, y sólo de mala gana, por contentar a su precavido confesor, deja 1.000 pesos a su disposición por si no persevera.

Y entonces, cuando en México los numerosos conocidos de Sebastián empiezan a no entender nada de su vida, viendo que el antiguo empresario y rico hacendado se ha transformado en modesto criado de un convento femenino de clausura, entonces es precisamente cuando a él se le van aclarando las cosas: por fin su vida exterior va coincidiendo con sus inclinaciones interiores más profundas y persistentes. Es la primera vez que ocurre en su vida.

 

Fraile francisco

La vocación religiosa de Sebastián, después de más de un año de mandadero y sacristán de las clarisas, queda probada suficientemente, y el 9 de junio de 1574, a los 72 años de edad, es investido del hábito franciscano en el convento de México. Los buenos frailes de San Francisco, que le conocían y estimaban hacía mucho tiempo, tuvieron la generosidad de recibir a este anciano, que probablemente estimarían próximo a su fin...

Pero el buen hermano lego Sebastián da en el noviciado muestras no solo de oración y virtud, sino también de laboriosidad: barre, friega, cocina, atiende a cien cosas, siempre con serena alegría.

Sin embargo, en este año de noviciado fray Sebastián va a sufrir no poco, por una parte de la convivencia, no siempre respetuosa, de sus jóvenes compañeros de noviciado, y por otra, sobre todo, de las impugnaciones del Demonio... Y además de todo esto, sus hermanos de comunidad no acaban de ponerse de acuerdo sobre la conveniencia de admitirlo definitivamente a la profesión religiosa, pues aunque reconocen su bondad, lo ven muy anciano para tomar sobre sí las austeridades de la Regla franciscana. En ese tiempo tan duro para él, fray Sebastián tiene visiones de San Francisco y de su querido apóstol Santiago, el de Galicia, que le confirman en su vocación.

Al referir con toda sencillez estas visiones a un novicio que dudaba de volverse al mundo, confirmó a éste en su vocación.

Finalmente, llegado el momento, y después de tres días de deliberación, deciden recibirlo, de modo que el 13 de junio de 1575 recita la solemne fórmula: «Yo, fray Sebastián de Aparicio, hago voto y prometo a Dios vivir en obediencia, sin cosa alguna propia y en castidad, vivir el Evangelio de nuestro Señor Jesucristo, guardando la Regla de los frailes menores». Y un fraile firma por él, pues es analfabeto.

 

Mendigo de Dios en Puebla

Fray Sebastián, ya fraile, con toda la alegría del Evangelio en el pecho, y con sus 73 años, se va a pie a su primer destino, Santiago de Tecali, convento situado a unos treinta kilómetros al este de Puebla. En este pueblo de unos 6.000 vecinos, siendo el único hermano lego, sirve un año de portero, cocinero, hortelano y limosnero.

Pero en seguida le llaman a Puebla de los Angeles, donde el gran convento franciscano, con su centenar de frailes, empeñados en mil tareas de evangelización y educación de los indios, necesitan un buen limosnero. Aquí, donde había comenzado su vida seglar en Nueva España, va a transcurrir el resto de su vida.

A sus 75 años, con el sombrero de paja a la espalda, el hábito remendado, la bota, «su compañera», siempre al hombro, el rosario en una mano y la aguijada en la otra para conducir sus bueyes, fray Sebastián retoma su carreta y se hace de nuevo a los caminos, recorriendo sin cesar una región de unos 250 kilómetros a la redonda, esta vez para recoger ayudas no sólo para los frailes de su comunidad, sino también para los pobres que en el convento se atienden día a día. «Ahí viene Aparicio», se decían con alegría los que le veían llegar. Y su fórmula era: «Guárdeos Dios, hermano, ¿hay algo que dar, por Dios, a San Francisco?»... «Aparicio el Rico» se ha transformado de verdad en un «fraile mendicante». A los otros limosneros les dice siempre: «No pidáis a los pobres, que harto hacen los miserables en sustentarse en su pobreza». Más aún, él daba a los pobres muchas veces su propia ropa o les repartía de los bienes que había reunido para el convento. El superior no veía clara la conveniencia de tal proceder, pero fray Sebastián le decía: «Más que me dé cien azotes, que no tengo de dejar de dar lo que me piden por amor de Dios».

A los sesenta años había comenzado el Hermano Aparicio a beber algo de vino, que «casi no era nada». Y ahora, ya fraile y penitente, siempre llevaba consigo la bota, quizá para que no le tuvieran por santo, quizá para reconfortarse en momentos de agotamiento, tal vez para ambas cosas. Un día del Corpus se encontró con él don Diego Romano, obispo de Tlaxcala, y como le apreciaba mucho, le dijo a fray Sebastián si podía ayudarle en algo. No tuvo mucho que pensar el buen fraile. Acercándole la bota, le dijo: «Que me llenéis esta pobretilla» (Calvo 150)...

 

A la sombra de la Cruz

El viejito que los frailes franciscos han recibido por pura generosidad, va a servirles de limosnero 23 años, de los 75 a los 98. Siempre de aquí para allá, muchas noches las pasa al sereno, a la luz de las estrellas, al cobijo de su carreta. Incluso cuando estaba en el convento, no necesitaba celda y prefería dormir en el patio bajo su carro. El padre Alonso Ponce, Comisario General franciscano, en una Relación breve de 1586, decía de fray Sebastián: «Siendo de casi 90 años de edad, anda con su carreta de cuatro bueyes, sin ayuda ninguna de fraile español, ni indio, ni otra persona, acarreando leña y maíz y otras cosas necesarias para el sustento de aquel convento, y nunca le hace mal dormir en el campo al sol, ni al agua, antes este es su contento y regalo, y cuando está en el convento ha de tener la puerta de la celda abierta y ver el cielo desde la cama en que duerme, porque de otra manera se angustia y muere; si se le moja la ropa nunca se la quita, sino que el mismo cuerpo la enjuga, y si por estar sucia la ha de lavar, sin aguardar a que se seque se la viste y él la enjuga y seca con el calor del cuerpo, sin que de nada de esto se le renazca enfermedad, ni indisposición alguna» (Campaza 40).

Los datos son ciertos, pero no parece tan exacta la apreciación idílica de los mismos. En realidad fray Aparicio pasó en estos años de ancianidad, siempre de camino, innumerables penalidades. A veces sus penitencias eran consideradas como manías; pero eran en realidad mortificaciones. Así, poco antes de morir, le dice a su mismo superior: «Piensa, padre Guardián, que el dormir yo en el campo y fuera de techado es por mi gusto; no, sino porque este bellaco gusanillo del cuerpo padezca, porque si no hacemos penitencia, no iremos al cielo» (Calvo 108).

Y según refiere el doctor Pareja, a un fraile que le aconsejaba ofrecerlo todo a Dios, le responde: «Hartos días ha que se lo he ofrecido, y bien veo que si no fuera por su amor, era imposible tolerarlo; porque os certifico, Padre, que ando tan molido y cansado, que ya no hay miembro en el cuerpo que no me duela; y a un puedo certificaros que hasta los cabellos de la cabeza siento que me afligen, cuando de noche me quiero acostar o tomar algún reposo» (Campazas 40).

 

Consolado por los ángeles

También es cierto que el Hermano Aparicio se vio asistido muchas veces por consolaciones celestiales, como suele suceder tantas veces a los santos, cuando por amor de Dios renuncian a todo placer mundano. Él tuvo, concretamente, una gran devoción a los ángeles, especialmente al de su guarda, y experimentó muchas veces sus favores.

El mismo fray Sebastián contó al provincial Alonso de Cepeda una anécdota bien significativa. Le refirió que «caminando para Puebla hizo noche junto a una gran barranca que está en el camino de Huejotzingo. Y estando acostado en el suelo, debajo de una carreta, como acostumbraba, era tanta el agua que llovía que corrían arroyos hacia él, sin poderlo remediar, ni hacer otra diligencia más que ofrecer a Dios nuestro Señor aquel trabajo que padecía, con una total resignación y conformidad con su voluntad santísima».

Pero Dios acudió en auxilio de su siervo. Un hermosísimo mancebo se apareció y con una vihuela comenzó a tocar tan suave y dulcemente, que le pareció estar en la gloria, olvidándose de la incomodidad de la lluvia, y levantándose para acercarse al músico, éste se iba retirando, hasta que saltando la barranca de un salto, desapareció, dejando a Aparicio muy consolado» (Campazas 57). Otra vez, con la carreta atascada en el barro, se le presenta un joven vestido de blanco para ofrecerle su ayuda. «¡Qué ayuda me podéis dar vos, le dice, cuando ocho bueyes no pueden sacarla!». Pero cuando ve que el joven sacaba el carro con toda facilidad, comenta en voz alta: «¡A fe que no sois vos de acá!» (Campazas 71)...

Fueron numerosas las ocasiones en que a fray Sebastián, como a Cristo después del ayuno en el desierto, «se acercaron los ángeles y le servían» (Mt 4,11), o como en la agonía de Getsemaní, «un ángel del cielo se le apareció para confortarle» (Lc 22,43).

 

Impugnado por los demonios

Como también es normal en quienes han vencido ya el mundo y la carne, fray Sebastián experimentó terribles impugnaciones del Demonio en muchas ocasiones. En la hacienda de Tlanepantla, agarrado a las astas de un toro furioso, luchó a brazo partido contra el Demonio. En las clarisas de México los combates contra el Maligno era tan fuertes que la abadesa le puso una noche dos hombres para su defensa, pero salieron tan molidos y aterrados por dos leones que por nada del mundo aceptaron volver a cumplir tal oficio.

Ya de fraile, según cuenta el doctor Pareja, el demonio «le quitaba de su pobre cama la poca ropa con que se cubría y abrigaba, y, echándosela por la ventana del dormitorio, lo dejaba yerto de frío y en punto de acabársele la vida. Otras veces, dándole grandes golpazos, lo atormentaba y molía; otras lo cogía en alto y, dejándolo caer como quien juega a la pelota, lo atormentaba, inquietándolo; de manera que muchas veces se vio desconsoladísimo y afligido» (Campazas 31).

Los ataques continuaron en muchas ocasiones. En una de ellas los demonios le dijeron que iban a despeñarlo porque Dios les había dado orden de hacerlo. A lo que respondió fray Sebastián muy tranquilo: «Pues si Dios os lo mandó ¿qué aguardáis? Haced lo que Él os manda, que yo estoy muy contento de hacer lo que a Dios le agrada»...

Tan acostumbrado estaba nuestro Hermano a estos combates, que al Provincial de los Descalzos, fray Juan de Santa Ana, le dijo que ya no le importaban nada, «aunque viese más demonios que mosquitos». Y poco antes de morir, a los hermanos que le recomendaban acogerse a Dios para librarse de los asedios del Malo les dice: «Gracias a Dios, ha mucho tiempo que ese maldito no llega a mí, por haberle ya muchas veces vencido».

 

«Florecillas» de fray Sebastián

De los 568 testigos que depusieron en el proceso que la Iglesia hizo a su muerte, y de otros relatos, nos quedan muchas anécdotas, de las que referiremos algunas. Al mismo fray Juan de Santa Ana, buen amigo suyo, le contó fray Sebastián esta anécdota: «Habéis de saber que todas las veces que voy al convento, procuro llevar a los coristas y estudiantes fruta u otra cosa que merienden, y cuando no lo hago me esconden las herramientas de las carretas (que sin duda las letras deben hacer golosos a los mozos), y esta vez que no les llevé nada, me cercaron con mucho ruido y alboroto; me pusieron tendido sobre una tabla, diciendo que ya estaba muerto, y cantando lo que cantan cuando entierran a los muertos, me llevaban por el claustro adelante a enterrar entre las coles de la huerta, donde tenían ya hecho el hoyo. Acertolo a ver desde su corredor el Guardián, que era entonces el R. P. fray Buenaventura Paredes, y preguntó: -¿Dónde lleváis a Aparicio? Y respondieron: -Padre nuestro, está muerto y lo llevamos a enterrar. Entonces dije yo: -Padre Guardián, ¿yo estoy muerto? Y visto por el Guardián que había yo respondido, les dijo: -¿Pues cómo habla si está muerto? A lo cual los dichos coristas dijeron: -Padre nuestro, muchos muertos hablan y uno de ellos es el Hermano Aparicio. Y por último el Guardián les mandó que me dejasen, que de otra suerte ya estuviera enterrado» (Campazas 47).

En una ocasión un religioso le exhortaba a amar a Dios, ya que Dios tanto le quería. A lo que fray Sebastián respondió con dudosa exactitud teológica, pero con toda veracidad de corazón: «Más le quiero yo a Él, pues sólo por Él he trabajado toda mi vida, sin descansar un punto, y por su amor me dejaría hacer pedazos». Aquel gallego analfabeto, pura bondad para todos, tenía en cambio sus problemas para amar a los judíos, y alegaba: «No son nuestros prójimos los que no creen en Jesucristo, sino herejes». Y cuando le hacían ver que Jesucristo, la Virgen María y San José, así como los santos apóstoles, eran judíos, respondía conteniendo su indignación: «Mirad que decís herejía»...

El Hermano Aparicio, tan devoto de la Eucaristía , sufría no poco a veces por no poder estar siempre presente en los oficios litúrgicos. Por eso en ocasiones, cuando estaba con el ganado en el monte, lo dejaba abandonado y se iba al convento a la hora de la misa. Y a los que ponían objeciones les decía: «Allá queda mi Padre San Francisco, cuya hacienda es ésa; él la guardará, y yo os aseguro que no faltará nada». Como así fue siempre.

Regresaba fray Sebastián con su carro bien cargado de Tlaxcala a Puebla, cuando se le rompió un eje. No habiendo en el momento remedio humano posible, invoca a San Francisco, y el carro sigue rodando como antes. Y a uno que le dice asombrado al ver la escena: «Padre Aparicio, ¿qué diremos de esto?», le contesta simplemente: «Qué hemos de decir, sino que mi Padre San Francisco va teniendo la rueda para que no se caiga» (Campazas 53-4).

 

Señorío fraternal sobre los animales

En realidad, fray Sebastián era bueno con todos, con los novicios de coro, a quienes les llamaba «novillos», y también con los mismos novillos, a quienes les decía «coristillas». Tenía sobre los animales un ascendiente verdaderamente sorprendente. A sus bueyes, Blanquillo, Aceituno..., hasta una docena que tenía, o al jefe de ellos, Gachupín, les hablaba y reconvenía como a hermanos pequeños, y le hacían caso siempre. Cuando se le meten a comer en una milpa, y una mujer se acerca gritando desolada, fray Sebastián le tranquiliza: «No se preocupe, hermana, mis bueyes no hacen daño». Y éstos obedientes se retiran, dejando los maizales intactos.

En otra ocasión, acarreando piedra para la construcción del convento de Puebla, un buey se le cansó hasta el agotamiento, y hubo que desuncirlo. Fray Sebastián entonces, por seguir con el trabajo, se acerca a una vaca que está por allí paciendo con su ternero, le echa su cordón franciscano al cuello, y sin que ella se resista, la pone al yugo y sigue en su trabajo. Y al ternerillo, que protesta sin cesar con grandes mugidos, le manda callar y calla. El antiguo domador de novillos los amansa ahora en el nombre de Jesús o de San Francisco.

Regresando una vez de Atlixco con unas carretas bien cargadas de trigo, se detiene el Hermano Aparicio a descansar, momento que las hormigas aprovechan para hacer su trabajo. «Padre, le dice un indio, las hormigas están hurtando el trigo a toda prisa, y si no lo remedia, tienen traza de llevárselo todo». Fray Sebastián se acerca allí muy serio y les dice: «De San Francisco es el trigo que habéis hurtado; ahora mirad lo que hacéis». Fue suficiente para que lo devolvieran todo.

A un hermano le confesaba una vez: «Muchas veces me coge la noche en la sabana y, sin otra ayuda que la misericordia de Dios, como me veo solo y tan enfermo, vuelvo los ojos al cielo, al Padre universal de la clemencia, y dígole: «Ya sabe que esto que llevo en esta carreta es para el sustento de vuestros siervos y que estos bueyes que me ayudan a jalar la carreta son de San Francisco; también sabéis mi imposibilidad para poderlos guardar y recoger esta noche, y así los pongo en vuestras manos y dejo en vuestra guardia para que me los guardéis y traigáis en pastos cercanos, donde con facilidad los halle». Con esto me acuesto debajo de la carreta y paso la noche; y a la mañana, cuando me levanto con el cuidado de buscarlos, los veo tan cerca de mí que, llamándolos, se vienen al yugo y los unzo, y sigo mi jornada» (Calvo 146).

 

«No perder a Dios de vista»

Fray Sebastián de Aparicio, con todas estos prodigios, nada tenía de hombre excéntrico; bien al contrario, su vida estaba perfectamente centrada en su centro, que es Dios. Desde Él actuaba siempre, y con Él y para Él vivía en todo momento. Y si San Francisco mandaba en su Regla a todos los hermanos legos rezar 76 Padrenuestros cada día, ésta era, con el Ave María, la oración continua del Hermano Aparicio. No salía de ahí, y en el «hágase tu voluntad» él decía todo lo que tenía que decir, y no tenía más que pensar o expresar. Fray Sebastián era, como bien dice Calvo Moralejo, «el Santo del Padre Nuestro» (131).

Noches enteras pasaba en oración de rodillas, mirando al cielo. «No tenía horas determinadas de oración, refiere el padre Letona, porque la tenía continua. en especial los últimos años de su vida andaba siempre tan absorto en Dios que no atendía a las palabras y preguntas que le hacían... Los 24 años que vivió en el convento de Puebla, jamás durmió debajo de techado, sino siempre en campo raso por no perder de vista el cielo» (Campazas 87). Varias veces le vieron, frailes y seglares, elevado durante la oración en éxtasis, pero lo más común era verle entre sus bueyes, a veces, cuando no podía menos, hasta en días de fiesta. «Lo que yo hago -le confesaba a un fraile- es hacer lo que me manda la obediencia: duermo donde puedo, como lo que Dios me envía, visto lo que me da el convento; pero lo mejor es no perder a Dios de vista, que con eso vivo seguro». Y a esto añadía: «Si no fuera así, ¿quién había de pasar la vida que yo paso? A Él ofrezco los trabajos ordinarios de cada día, y a mi Padre San Francisco, por quienes los hago; ellos me lo reciban en descuento de mis pecados para que con eso me salve».

Como decía su biógrafo Sánchez Parejo, «toda su confianza y cuidado estaba puesto en sólo Dios. Él era su compañía, su comida, su bebida, su techo y amparo y, como dijo su padre San Francisco, y todas mis cosas» (Calvo 133).

Devoto seguro de la Virgen María El Señor, San Francisco, el apóstol Santiago, y la dulcísima Virgen María... Muchos testigos afirmaron que la mano de fray Sebastián de Aparicio, siempre que no estaba ocupada en algún trabajo, se ocupaba en pasar una y otra vez el Rosario de la Virgen , sin cansarse de ello nunca.

En una fiesta de la Virgen , llega fray Sebastián al convento de Cholula en el momento de la comunión, y allá se acerca a comulgar, desaliñado y con la bota al cinto, recogiéndose después a dar gracias. En ello está cuando se le aparece la Virgen , y él la contempla arrobado... Cuando el padre Sancho de Landa se le interpone, le dice el hermano Aparicio: «Quitáos, quitáos, ¿no veis aquella gran Señora, que baja por las escaleras? ¡Miradla! ¿No es muy hermosa?». Pero el padre Sancho no ve nada: «¿Estás loco, Sebastián?... ¿Dónde hay mujer?»... Luego comprendió que se trataba de una visión del santo Hermano (Compazas 89).

 

98 años...

El 20 de enero, día de San Sebastián, de 1600, el Hermano Aparicio cumple 98 años, y una vez honrado su patrono, está trabajando con sus carretas. Todavía le aguantaba la salud, aunque una antigua hernia le daba cada vez más sufrimientos. El 20 de febrero, viene a casa desde el monte de Tlaxcala con un carro de leña, cuando los dolores de la hernia se le agudizan hasta producirle náusea y vómitos. Se las arregla, quién sabe cómo, para llegar al convento de Puebla, donde fray Juan de San Buenaventura, también gallego, le recibe, espantándose de verle tan desfallecido.

Allá queda fray Sebastián en el patio, bajo la carreta, en el lugar acostumbrado. Pero el padre Guardián le obliga a guardar cama en la enfermería. Cinco días dura allí, sobre la cama inusual. Y a su paisano fray Juan de San Buenaventura se le queja: «¿Qué os parece?, cómo no me quieren dejar donde tengo consuelo»... Él, de hacía tiempo, como los indios, tenía preferencia por sentarse directamente en el suelo: «Mejor está la tierra sobre la tierra», solía decir.

Pide entonces que le traigan a la celda el Santísimo, y que le dejen adorarlo postrado en tierra. Más tarde el padre Guardián le acerca el crucifijo, para que le pida perdón al Señor por sus pecados: «¿Ahora habíamos de aguardar a eso? -le dice fray Sebastián-. Muchos días ha que somos viejos amigos»... Otro fraile le pone en guardia contra posibles asaltos del demonio: «Ya está vencido -le responde-. Todo lo veo en paz. El Señor sea bendito».

El 25 de febrero, con 98 años, postrado en tierra, al modo de San Francisco, fray Sebastián de Aparicio entrega a Dios su espíritu al tiempo que dice «Jesús». En seguida se abre su proceso de beatificación, y llegan a documentarse hasta 968 milagros... Por fin, tras tantas demoras, en 1789 es declarado Beato, y desde entonces su cuerpo incorrupto -parece un hombre dormido, de unos 60 años- descansa en una urna de plata y cristal en el convento franciscano de Puebla de los Angeles. Hay en la plaza, sin esperar a Roma, un hermoso monumento en granito y bronce, con una inscripción bien clara:

Sebastián de Aparicio
Precursor de los caminos de América
1502-1600

 

San Felipe de Jesús (1572-1597)

 

Estando en Puebla el beato Sebastián, pasó por el noviciado un tal Felipe de las Casas Martínez, que venía de México, y que no duró mucho. Nacido en mayo de 1572 en México, eran sus padres Antonio, toledano de Illescas, y Antonia, andaluza de Sevilla, que a poco de casados habían emigrado a Nueva España. Hemos de hacer aquí breve memoria de su breve vida, 24 años, pues aunque los hechos apostólicos de San Felipe de Jesús no se realizaron en América, su muerte martirial fecundó sin duda la acción misionera de los apóstoles de las Indias, especialmente de México.

Era Felipillo un muchacho tan inquieto y travieso, que cuando mostró intención de irse al noviciado de Puebla para hacerse franciscano, una mujer del servicio de la casa comentó: «Eso será cuando la higuera reverdezca», aludiendo a una higuera seca que había en el patio. En efecto, al poco tiempo regresó a su casa, y sin asentar su vida en nada, se embarcó para Filipinas en busca de fortuna y aventuras.

Allí vivió como pudo, hasta que de nuevo prestó oído a la llamada del Señor, y dejándolo todo, ingresó en los franciscanos de Manila. Esta vez arraigó de veras en la vida religiosa, y llegado el tiempo de ser ordenado sacerdote, en 1596, como no había obispo en Filipinas, embarcó rumbo a México en el galeón San Felipe. Pero la navegación fue desastrosa, y a merced de los tifones, el galeón embarrancó en las costas del Japón.

 

Cristianos en el Japón

Cuando San Francisco de Javier partió del Japón en 1551, dejó unos 2.000 cristianos, y la Iglesia siguió floreciendo tanto que ya en 1579 había en el imperio del Sol Naciente unos 150.000 cristianos y 54 jesuitas, 22 de ellos sacerdotes. En la isla de Kyushu, sólo en dos años, se bautizaron 70.000 japoneses.

En ese tiempo, la geografía política del Japón se distribuía en más de sesenta feudos, pero en 1582, después de un tiempo de confusión y luchas, se alzó cómo único emperador Hideyoshi, es decir, Taikosama, «altísimo señor». Favorable en un principio hacia la nueva religión, cambió de idea en 1587, instigado por los bonzos, y decretó la expulsión de los misioneros y la demolición de los templos cristianos. La orden, sin embargo, no se aplicó rigurosamente, y los misioneros, vestidos a la japonesa, quedaron en una clandestinidad tolerada.

En esta situación tan precaria, llegó la primera expedición de franciscanos, que inmediatamente comenzó una gran actividad misionera, y en 1596, en noviembre, embarrancó en Urando el galeón San Felipe. El gobernador del lugar, conociendo las riquezas del navío, dio orden de expropiación, y el emperador, para encubrir el robo, promulgó de nuevo en Osaka y Meako el edicto de 1587, alegando que los frailes hacían un proselitismo ilegal y que preparaban una invasión militar.

 

Mártires del Japón

La orden, posteriormente, quedó restringida a «sólo los que han llegado de Filipinas y a sus acompañantes». Quedaban, pues, condenados a la ejecución 5 franciscanos de Meako con 15 japoneses bautizados, y 1 franciscano con 2 japoneses cristianos de Osaka. A ellos se añadieron voluntariamente Pablo Miki, Juan de Goto y Diego Kisai, tres japoneses que estaban con los jesuitas de Osaka y que quisieron ser recibidos in extremis en la Compañía. Veintiséis en total. Entre los franciscanos había cuatro españoles, fray Pedro Bautista, de Avila, fray Martín de la Ascensión , de Vergara según parece, fray Francisco Blanco, de Orense, y fray Francisco de Miguel, de Valladolid. Y con ellos, fray Gonzalo García, indio portugués, y fray Felipe de Jesús, mexicano.

Conocida la noticia, no cundió el pánico entre los cristianos, sino un alegre entusiasmo desconcertante para los paganos. Los neófitos acudían a las casas custodiadas de los misioneros, para ofrecerles sus bienes y sus vidas. San Pedro Bautista, superior de los franciscanos, escribía a última hora: «Bendito sea Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo por hacernos esta merced de padecer con alegría por su amor».

Hasta los niños cristianos participaban del alegre coraje de sus mayores. A uno de ellos le preguntó un misionero: «¿Y qué harás tú cuando se enteren que eres cristiano». A lo que el chico, poniéndose de rodillas e inclinando la cabeza, contestó: «Haré así». «¿Y qué le dirás al verdugo cuando vaya a matarte?»... «Diré "¡Jesús, María! ¡Jesús, María!", hasta que me hayan cortado la cabeza»... Por su parte, fray Felipe de Jesús, siempre el mismo, aún tenía ganas de broma, y decía: «Dios hizo que se perdiera el San Felipe para ganar a fray Felipe».

 

Apostolado de los mártires

 

El 3 de enero de 1597, en Meako, se les cortó a los mártires la mitad de la oreja izquierda, y las víctimas, de tres en tres, fueron llevadas por la ciudad en carretas, precedidas por el edicto mortal. En seguida, queriendo el emperador infundir en sus súbditos horror al cristianismo, dispuso que fueran llevados, por Hirosima y Yamaguchi, hacia el este, hasta Nagasaki, en la isla Kyushu, donde era muy grande la presencia de cristianos. Allí, en una colina que domina sobre la ciudad y la bahía, fueron dispuestos los mártires ante las cruces que les habían preparado. «¡Qué abrazado estaba con su cruz fray Felipe!», contaba un testigo...

Veintiséis cruces fueron levantadas por fin, quedando los mártires sujetos a ellas por cinco argollas. Fray Martín de la Ascensión cantaba el Benedictus a voz en grito. Luis Ibaraki, de doce años, el más pequeño, repite una y otra vez: «Paraíso, paraíso, Jesús, María». Antonio, de trece años, «que estaba al lado de Luis, fijos los ojos en el cielo, y después de invocar los nombres de Jesús y María, entonó el salmo Alabad, siervos del Señor, que había aprendido en la catequesis de Nagasaki, pues en ella se les hace aprender a los niños ciertos salmos». Otros cantaban el Te Deum con entusiasmo. Y la muchedumbre de cristianos aclamaba con los mártires: «¡Jesús, María!».

Según contaba un testigo, «Pablo Miki, nuestro hermano, al verse en el púlpito más honorable de los que hasta entonces había ocupado, declaró en primer lugar a los circunstantes que era japonés y jesuita, y que moría por anunciar el Evangelio, dando gracias a Dios por haberle hecho beneficio tan inestimable. Y añadió después: "Al llegar este momento, no creerá ninguno de vosotros que me voy a apartar de la verdad. Pues bien, os aseguro que no hay más camino de salvación que el de los cristianos. Y como quiera que el cristianismo me enseña a perdonar a mis enemigos y a cuantos me han ofendido, perdono sinceramente al rey y a los causantes de mi muerte, y les pido que reciban el bautismo"».

¿Y fray Felipe de Jesús, qué decía? En medio de esa sinfonía martirial, no decía nada, pues el sedile de su cruz quedaba muy bajo, y estaba casi colgando de la argolla que le sujetaba el cuello. Apenas logró gritar tres veces el nombre de Jesús, haciendo verdadero su santo nombre: Felipe de Jesús. Viéndole acabado, lo mataron al modo acostumbrado: dos lanzas atravesaron sus costados, y cruzándose en el pecho, salieron por sus hombros. Así murieron todos, pero él, que llegó a Japón el último, fue el primero en morir por Cristo.

 

Felipillo, santo

Cuentan que en ese momento reverdeció en ramas y frutos la higuera seca del patio de su casa en México, y que la sirvienta aquella comenzó a gritar por las calles: «¡Felipillo, santo! ¡Felipillo, santo!»... En todo caso, lo cierto es que en 1627 fue beatificado -cuarenta y un años antes de que Rosa de Lima lo fuera-, y que dos años después ya tenía Oficio y Misa en la diócesis de México, con sus compañeros mártires. Lo cierto es también que en 1862 fueron todos canonizados por el papa Pío IX, y que una de las dos iglesias romanas dedicadas a la Virgen de Guadalupe -la de Vía Aurelia, 677- le tiene por segundo titular.

Como también es cosa cierta que en la colina de los mártires de Nagasaki, la iglesia que corona el conjunto de construcciones está dedicada a San Felipe de Jesús.

MIGUEL AGUSTÍN PRO

1891-1927
ORACIONES

[Estampa del Beato Miguel Agustín Pro]Fuente http://www.devocionario.com
Nació en Guadalupe, Zacatecas (México), en 1891.

A los 20 años entró en la Compañía de Jesús. Las dificultades morales y las enfermedades físicas jamás le hicieron perder su alegría y buen humor. Ordenado sacerdote en Bélgica en 1925, regresó a México en 1926. Aquí, en plena persecución, ejerció el ministerio sacerdotal con inteligencia y gran caridad en favor de los pobres.
Aprehendido por la policía y falsamente acusado, fue fusilado por odio a la fe, el 23 de noviembre del año 1927. S.S. Juan Pablo II lo beatificó el 25 de septiembre del año 1988.
Su fiesta se celebra el 23 de noviembre.

 

ORACIÓN PARA PEDIR UNA GRACIA

Oh dichoso, valiente e invicto mártir de Cristo Rey, Padre Miguel Agustín Pro de la Compañía de Jesús, que recibiste del cielo una educación sólidamente cristiana en tu familia y una esmerada formación en virtud y ciencia en la Compañía de Jesús, con la que trabajaste en los dos últimos años de tu vida principalmente lleno de celo y de fervor por la gloria de Dios, y animado de exquisita caridad por la salvación de las almas, tu que supiste corresponder generoso a las gracias divinas sufriendo con entusiasmo por Cristo Rey las persecuciones más tenaces, calumnias más increíbles y la misma muerte afrentosa y violenta, fusilado con los brazos en cruz y empuñando las únicas armas: rosario y crucifijo. Alcánzanos del Señor la gracia de imitar tu fiel correspondencia a los beneficios divinos y los favores especiales que ahora te pedimos si han de ser para la gloria de Dios y bien espiritual de nuestras almas. Amén.

ORACIÓN PARA PEDIR SU CANONIZACIÓN

Dios y Padre nuestro, que concediste a tu hijo Miguel Agustín, en su vida y en su martirio, buscar con entusiasmo tu mayor gloria y la salvación de los hombres, concédenos, a ejemplo suyo, servirte y glorificarte cumpliendo nuestras obligaciones diarias con fidelidad y alegría, y ayudando eficazmente a nuestros prójimos. Te pedimos también, Padre Santo, que, si es tu voluntad, podamos pronto venerar al Beato Miguel Agustín, como un nuevo Santo de la Iglesia.


El Padre Pro es un santo del siglo veinte. Murió en 1927, y fue beatificado por el Santo Padre Juan Pablo II en 1988. Nació en Guadalupe, México, el 13 de enero de 1891.

Siendo muy niño se intoxicó al comer unas frutas pasadas y estuvo al borde de la muerte. La mamá lo llevó ante la imagen de la Sma. Virgen y lo encomendó con toda su fe, y el niño curó prodigiosamente.
De jovencito es sumamente inquieto. Muy alegre, trabajador y optimista, pero pone toda la casa en revolución. Un día oye que la mamacita llena de angustia exclama: "Oh Dios mío: convierta a este hijo mío". Y el joven que amaba inmensamente a la buena mamá, le da un abrazo y le dice: "Mamá: mi segundo nombre es Agustín, y San Agustín fue un gran convertido. Ya verás que yo también me voy a convertir". Y desde aquel día mejoró notablemente su conducta.

Le encantan la música y la declamación. Al escucharle sus discursos en las veladas estudiantiles, las ancianas dicen: "Este sí que serviría para sacerdote predicador". Con sus hermanos y hermanas (son seis en total) organiza una pequeña orquesta que ameniza las reuniones del barrio.

Su papá tiene una mina, y Miguel al charlar con los mineros va conociendo los problemas del pueblo pobre y se va encariñando con los más necesitados.

Le agrada más la acción que el estudio. Ayuda a su padre en la administración de los negocios, pero sigue sus estudios regularmente. A los veinte años siente un gran vacío: necesita de alguien que lo dirija espiritualmente. Se da cuenta de que él sólo no logrará atinar con el camino de la perfección y de la santidad. Afortunadamente un Padre jesuita lo invita a una convivencia de tres días, y allí encuentra paz y luces espirituales.

Un día tiene un grave accidente: al pasar por una carrilera se le queda un pie trabado entre los rieles, y ya viene un tren. Invoca a la Sma. Virgen y logra sacar el pie, precisamente cuando ya el tren está por llegar. en acción de gracias le ofrece a la Virgen María el sacrificio de no tratar con muchachas durante un año. Y lo cumple.

Desde su encuentro con los padres jesuitas, Miguel ha cambiado totalmente. Ahora ya es más meditador y menos superficial. Su hermana se va de religiosa y él siente también un gran dese o de entrar a una comunidad. Los jesuitas lo aceptan para su noviciado o año de preparación para entrar en la congregación.

En 1911 se va al noviciado de los jesuitas. Para su alma tan inquieta, aquella quietud y seriedad del noviciado se le vuelve supremamente dura. El Padre Maestro de novicios lo invita a resistir siquiera por seis meses, y entonces Miguel, que todo lo que hace lo hace con toda su alma, se dedica de lleno a la oración, a la meditación y a las buenas lecturas y llega a ser un novicio muy alegre y simpático, pero también muy piadoso y cumplidor de sus deberes.

En 1913 hace sus votos o juramentos de pobreza, castidad y obediencia y queda admitido como jesuita (La Comunidad de los Padres Jesuitas fue fundada por San Ignacio de Loyola hacia el 1550 y es la comunidad religiosa de varones más numerosa en el mundo. Son más de 25,000, y se especializan en dirigir Universidades y centros de estudios). Ese año 1913 estalla una revolución en México y el papá de Agustín pierde sus bienes que pasan a manos de los guerrilleros. El noviciado jesuita es invadido y los religiosos tienen que salir huyendo disfrazados. Miguel viaja disfrazado de charro y por entre maizales y montes logra llegar a Guadalajara. Los superiores viendo el peligro que corren los jóvenes novicios los envían a Estados Unidos a seguir sus estudios. Pero el no saber inglés les trae muchas molestias y entonces lo envían a España, país neutral durante la primera guerra mundial (1914 - 1918).

Aprovechando sus cualidades naturales, Miguel hace de payaso, actor, equilibrista, y caricaturista, y así distrae mucho a los demás compañeros y hasta a los superiores, en aquellos años de horribles angustias mundiales. Llega la terrible gripa asiática en 1917, que lleva al sepulcro a miles y miles de personas, y entonces Miguel se va a los salones donde yacen montones de enfermos con fiebres y los distrae muy sabrosamente con sus representaciones cómicas. Los enfermos piden frecuentemente que les envíen al joven seminarista para que los distraiga en aquellas horas monótonas de su enfermedad.

Los domingos y festivos va a los barrios pobres a enseñar catecismo a los niños y se encariña grandemente con esta gente abandonada. Los jesuitas lo envían a Bélgica para que vea cómo trabajan los sacerdotes con los obreros, y luego a París para que conozca los apostolados sociales de la Iglesia. Así se va encariñando más y más con el apostolado entre los más pobres. Pasa noches sin dormir a causa de un fortísimo dolor en el estómago. Sólo se consuela rezando. Al fin descubren que es una úlcera y la operan. Se restablece y es ordenado sacerdote en 1925, y enviado otra vez a su patria México, donde la persecución a la Iglesia Católica es espantosa.

Llega a su patria disfrazado de comerciante y con carnet de ganadero y en la aduana no se dan cuenta de que es sacerdote y lo dejan entrar. El presidente Calles ha jurado acabar con la religión católica y prohibe toda actividad en favor de la religión. Los católicos se unen y se proponen defenderse y fundan la "Liga para la defensa de la religión". Nombran como capellán al Padre Pro. 150 jóvenes bajo la dirección del joven sacerdote van por las calles repartiendo hojas volantes contra las leyes antirreligiosas e invitando a la resistencia pacífica. Recogen ayudas y las llevan a las familias cuyos jefes han sido llevados a la cárcel por ser católicos.

El Padre Pro va por las casas celebrando la eucaristía, disfrazado de vendedor o de médico, etc. Viaja en bicicleta como un mensajero y organiza un grupo de 400 catequistas para enseñar la religión. Los policías son diez mil pero no lo logran capturar. Un día el Padre Pro va en un taxi y se da cuenta de que la policía lo viene siguiendo. Le dice al taxista: "Siga viajando despacio. Pero no se detenga. Yo me lanzo del auto en movimiento". Y se lanza al pavimento, y se hace el borracho andando de lado a lado por la calle. Los policías al creer que es un borracho, siguen adelante diciendo: "Ese no puede ser un sacerdote".
Otro día en una droguería al ver que la policía viene en su busca toma del brazo a una señorita y como un par de novios se alejan de allí sin que la policía pueda sospechar que ese es el sacerdote que están buscando. En plena persecución dicta en ciudad de México una tanda de retiros por tres días a un gran número de sirvientas y ninguna cuenta a la policía que ese es el famoso Padre Pro. Disfrazado de mecánico va a los garajes y talleres a dar conferencias de religión a los obreros, y vestido a la última moda llega a las casas de los ricos a dictar conferencias de religión a las señoras ricas allí reunidas.
Sus grandes devociones son la Eucaristía, el Espíritu Santo y la Sma. Virgen. Celebra la misa con gran devoción, aunque siempre a escondidas porque el gobierno anticatólico ha prohibido la celebración. Lleva la comunión a los católicos que están prisioneros, y con obsequios a los guardianes de las cárceles consigue que los traten mejor. Les lleva regalos cada vez. Respecto al Espíritu Santo exclama: "Yo por mi poca instrucción debería decir negro y digo blanco en mis charlas, porque confío en el Divino Espíritu y El me ilumina siempre lo que debo decir". Y en cuanto a la Sma. Virgen sentía por Ella el afecto de un buen hijo hacia la mejor de las madres y la Madre de Dios lo libró y le salvó la vida muchísimas veces, porque los peligros eran de todos los días y a todas horas.

Al fin el presidente Calles al saber que el gran movimiento católico tenía como lema "Viva Cristo Rey" (y que por eso era llamado de los Cristorreyeros) tenía como jefe principal al Padre Pro, ordenó que lo pusieran preso, inventando que dizque era un revolucionario responsable de atentados (siendo que jamás nuestro santo apoyó ninguna acción violenta contra el gobierno. A su misma hermana le decía: "Rezo por el presidente Calles con el cariño con que rezo por mi madre"). Lo llevaron a la cárcel y le dictaron sentencia de muerte. Antes de ser fusilado le dijeron que expusiera su último deseo: "Quiero que me dejen unos momentos para rezar y encomendarme al Señor". Y en el momento en el que le iban a disparar extendió sus brazos en cruz y gritó: "Viva Cristo Rey". Y murió mártir por defender la santa religión católica. Era el 23 de noviembre de 1927.

Cuando el presidente Calles estaba moribundo sintió un gentío que desfilaba por frente de su habitación. Preguntó al secretario qué era aquello, y el otro le respondió: "Son miles y miles de católicos que desfilan cantando, rezando y gritando "Viva Cristo Rey". Y el perseguidor exclamó entristecido: ¡Nos vencieron! Y murió.
La sangre de los mártires es semilla de nuevos cristianos decían los antiguos. El Padre Pro derramó su sangre por defender la religión de Cristo y ahora en México el catolicismo es la religión de la inmensa mayoría y sigue progresando admirablemente con la bendición de Dios.

Valeroso Padre Pro: te rogamos por todos los que extienden la religión en el mundo. Que gasten todas sus energías en hacer amar y conocer siempre más y más a Cristo Jesús.
Si estos y aquellos pudieron llegar a la santidad, ¿por qué no voy a poder llegar yo también? (San Agustín).

 

Agradecemos a nuestro amigo Abraham Hernández, de Monterrey Nuevo León, México, el envío de este material