NUESTROS BEATOS

NUESTROS SANTOS

FELIPE DE JESÚS

Primer Santo de América

Por Lauro López Beltrán

Sus virtuosos padres.

DON ALONSO de las Casas, originario de Illescas, de la Provincia de Toledo, enclavada en la región conocida como Castilla la Nueva , fue el padre de San Felipe de Jesús. El apellido indica la nobleza de su progenitor, y debe su origen al hecho siguiente:

En las guerras de reconquista contra los musulmanes, que habían invadido a España desde el año 711, el rey santo, Fernando III, realizó la brillante hazaña de conquistar a Sevilla el 23 de noviembre de 1247. A quienes se distinguieron por su valor en la contienda los premió dándoles ricas tierras con olivares y casas en Illescas. Esto hizo que la gente les llamara “los de las Casas”. Y como a una de tales familias perteneció don Alonso, vino a ser ese apellido, —“ De las Casas”— el de nuestro santo.

Por su abolengo tan antiguo como noble, los De las Casas troquelaban en oro su escudo de armas, que llevaba cinco torres de ajedrez rojas, ocho cabezas de águila y una bordura azul.

Felipillo fue, pues, descendiente de nobles, y por eso su padre ostentaba el escudo de la nobleza en su casona que llamaban “de la oliva”. Allí nació don Alonso en 1547.

Después recibió en herencia la casa de su padre, el hijodalgo don Juan de las Casas, abuelo paterno de nuestro glorioso protomártir. La madre de don Alonso, abuela de San Felipe, se llamó catalina Álvarez.

Don Alonso se avecindo en Sevilla el año 1569. Allí conoció a una guapa joven de nombre Antonia Ruiz Martínez, que de Salamanca había llegado con sus padres, don Juan Ruiz —sastre de oficio— y doña Catalina Martínez. Vivían en la calle de los Tintoreros, donde se hallaba instalado el gremio de los sastres. Prendado don Alonso de la belleza de la joven, pensó hacerla su esposa, y después de haber convenido ambos y sus padres, el casamiento tuvo lugar en el Sagrario Metropolitano de Sevilla el 5 de noviembre de 1570.

Apenas pasadas las fiestas de sus bodas, emigraron en busca de fortuna a las Indias Occidentales —como se había dado en llamar entonces a América—. “Las Indias eran el paraíso del mundo y la Nueva España lo mejor de ellas”. Obtuvieron sus pasaportes en la Casa de Contrataciones el 22 de junio de 1571, y acompañados de algunas otras personas, entre quienes se hallaba la famosa esclava negra –que tan pintorescamente había de predecir la santidad de Felipillo—, emprendieron el viaje hacia la Nueva España el 10 de agosto del mismo año, zarpando en Sanlúcar de Barrameda.

El viaje hacia el puerto de Veracruz fue terrible, pues una furiosa tempestad, ocurrida en octubre de 1571, destrozó el barco en que hicieron la travesía. Aunque ellos pudieron salvar sus vidas. Apenas desembarcados, emprendieron el viaje a la capital del Virreinato, a donde llegaron después de dos semanas, no sin antes haber visitado las ciudades de Orizaba y Puebla de los Ángeles.

En la ciudad de México, don Alonso y su esposa instalaron su hogar en la casa de San Eligio, así llamada por la efigie del santo que se hallaba esculpida en la churrigueresca hornacina. El edificio se levantaba en la calle de Tiburcio, que según don Artemio de Valle-Arizpe, debió su nombre al caballero don Tiburcio de Urrea, principal vecino de la ciudad.

La casa estaba marcada con el número 5 y hacía esquina con el espacioso convento de Regina, que originó después la tercera calle llamada también de Regina. Según dos de los antiguos biógrafos de San Felipe, los Reverendos Padres Fray Baltasar de Medina y Fray Antonio de Malavear, la casa estaba en la calle de San Felipe Neri (hoy República de El Salvador) haciendo esquina con las calles de Isabel la Católica. El P. don Jesús García Gutiérrez afirma que, por documento digno de todo crédito, “se sabe que nació en la calle que se llamaba de Tiburcio y es ahora una de las que forman la Avenida Uruguay , la que está entre las calles de Bolívar e Isabel la Católica ”.

Lamentamos las posibles confusiones y que no se haya señalado su casa con una placa conmemorativa.

 

Su nacimiento en México.

Cuando don Alonso y su esposa doña Antonia vinieron a la ciudad de México, todavía no los bendecía Dios con ningún hijo. Lo sabemos porque así lo dejó dicho su madre doña Antonia en su testamento: “durante nuestro matrimonio hubimos y procreamos por nuestros hijos legítimos… primeramente el gloriosísimo santo mártir San Felipe de Jesús de las Casas… criollo de esta ciudad”.

En total once fueron sus hijos.

“Este testimonio hecho en forma tan solemne —afirma el padre José Guadalupe Treviño— equivale a la fe de bautismo”.

Vino al mundo, pues, nuestro Felipe el 1º de mayo de 1572, y ese mismo día —según laudable y cristiana costumbre— fue bautizado en la Catedral de México, donde aún se conserva la pila bautismal en que, según la tradición, fue regenerado por las aguas de la gracia. En la parte superior de la reja de madera tras de la cual se guarda esa reliquia, se lee lo siguiente ­­­­: “En esta pila fue bautizado el gloriosísimo mártir del Japón, San Felipe de Jesús, criollo de esta ciudad de México y su Patrón”.

Por lo demás, no hay por que fantasear acerca del año de su nacimiento, como lo hacen algunos de sus biógrafos. “Fray Pedro de Alcántara, varón gravísimo, maestro de novicios del Santo en Manila —escribe el Padre Mariano Cuevas, S. J.—, en una relación manuscrita y firmada de su mano afirma que Felipe contaba 25 años cuando fue martirizado en 1597. De donde claramente se infiere que nació en 1572” .

 

Su primera Comunión.

Fray José Rodríguez, franciscano, publicó en 1947 un Breve Compendio de la Vida del Protomártir Mexicano San Felipe de Jesús, poniendo como colofón la siguiente nota: “Estos datos fueron tomados de la vida del Santo que escribieron los RR. PP. Fray Baltasar de Medina y Fray Antonio Malavear”. En la página 5 de su opúsculo nos da la noticia de la Primera Comunión del niño Felipe de Jesús de las Casas Ruiz en estos términos:

“Cuando Felipe hubo llegado al uso de razón (a los siete años) su piadosa madre que no había descuidado su educación religiosa, lo preparó convenientemente para que tuviera la dicha de recibir por primera vez la Sagrada Comunión , efectuada ésta en la iglesia de San Agustín (hoy Biblioteca Nacional)”.

Añade que sus padres “escogieron este templo por estar cerca de su casa y por el gran cariño que profesaban a los Religiosos Agustinos allí residentes”.

“Refieren las crónicas —apunta el mismo autor— que nuestro Felipe fue acólito de la dicha iglesia de San Agustín y que también lo fue de la Catedral. Esto lo deducen —termina informando— de la frecuencia con que ayudaba el mayor número de misas que podía”.

 

Estudiante Gramático.

Después de aprender las primeras letras, ingresó al Colegio Máximo de San Pedro y San Pablo, de la Compañía de Jesús, en la misma capital del Virreinato, donde se dedicó al estudio de la Gramática Latina. Bajo la dirección del Padre Pedro Gutiérrez.

Aún vivía este anciano sacerdote cuando en septiembre de 1628 llegó a México la buena nueva de la beatificación de Felipe decretada por la Santidad de Urbano VIII el 14 de septiembre del año anterior. Y lleno de santo júbilo gritaba este padre: “¡Fue mi discípulo! ¡Fue mi discípulo!”.

El susodicho colegio era el más reputado de la Nueva España y figuraban entre sus catedráticos, los sabios más eminentes de la Colonia. Felipillo atraía a sus maestros y condiscípulos con una corriente de simpatía irresistible, por lo que no se resentían ni unos ni otros de sus bromas y chistes, ni tampoco de sus travesuras cada día distintas.

 

La Higuera Legendaria.

Nuestro Felipillo, impelido por su carácter inquieto y su creciente ansiedad de independencia, abandonó las aulas del colegio y ya en la casa paterna observaba una conducta insoportable. Las amenazas y castigos le irritaban más. Solo lo conmovían, por un momento, las lágrimas de su piadosa madre. Entonces pedía perdón y prometía enmienda, pero el buen propósito solo le duraba un día.

Y cada vez que Felipillo cometía una falta, su madre, afligida y llorosa, exclamaba: “¡Felipillo, Dios te haga un Santo!”. A estas palabras de doña Antonia replicaba Juana Petra, la esclava negra, su aya: “! Felipillo será santo cuando la higuera reverdezca!”, aludiendo a la higuera seca cuyo tronco añoso se alzaba en un rincón del patio de la casona que habitaban.

Felipillo no se enmendaba, y sus angustiados padres oían a cada rato, con profunda tristeza, cómo el estribillo se tornaba letanía en los gruesos labios de Juana Petra, que levantando al cielo sus negras pupilas repetía: ¡Felipillo será santo cuando la higuera reverdezca!”. Le parecía imposible que se corrigiera tan bullanguero y turbulento muchacho,

Este amargo ritornelo se convirtió en cantinela irónica recalcada en tono incrédulo por la negra “decidora y agorera” de pesimistas predicciones. Entonces sus padres pensaron que sentaría cabeza internándolo en un convento franciscano. Felipillo aceptó de buen grado, pero no quiso que la solicitud de su ingreso se hiciera para la Provincia del Santo Evangelio, integrada por frailes de la “regular observancia”. Anhelaba ser un franciscano con renombre de virtuoso.

 

Frailes Alcantarinos.

Los primeros doce frailes que arribaron al Puerto de Veracruz el 13 de mayo de 1524, guiados por Fray Martín de Valencia, eran franciscanos de la “regular observancia”.

Pero a esta primea misión franciscana sucedió una segunda, que llegó en 1576, presidida por el Padre Fray Pedro de Alfaro. Estos otros frailes fueron de los sujetos a la reforma emprendida en 1554 por San Pedro de Alcántara, quien, movido por el vivísimo deseo de ver restablecido en su religión seráfica el fervor y espíritu de San Francisco de Asís, redujo a sus religiosos a una regla más rigurosa, y por eso a tales frailes se les llamó “de la más estrecha observancia”

A esta rama de la Familia Seráfica quiso pertenecer nuestro inquieto y aventurero Felipillo, en busca de una vida de mayor perfección, de más ayuno y penitencia.

Dichos frailes fueron llamados en México “dieguinos”, por haber fundado su Provincia bajo la protección de San Diego. Y también se les denominaba “alcantarinos”, por haber sido San Pedro de Alcántara el que llevó a cabo la reforma.

Como estos frailes “alcantarinos” no tenían Casa de Noviciado en la Ciudad de México, Felipillo tuvo que ir a Puebla de los Ángeles, donde ingresó —cuando tenía 16 años de edad— al Convento Noviciado de Santa Bárbara, que después se llamó de San Antonio. Iba tan decidido a santificarse, que resistió las más fuertes pruebas de austeridad durante todo su postulantado. La duración de éste es, a lo menos, de seis meses. Se trata de un tiempo de pruebas impuesto a los aspirantes a la vida religiosa, antes de su admisión al noviciado.

Felipillo soportó los ayunos y los desvelos, pues la oración se hacía también a las altas horas de la noche. Y reprimió sus ímpetus juveniles obedeciendo a los superiores y sujetándose al severo reglamento. Terminado el tiempo de postulante, recibió el santo hábito, pero pocos meses después lo colgó, sin saberse de cierto los motivos. Mas la verdad era que Nuestro Señor lo tenía destinado para una misión más elevada.

 

Aprendiz de Platero.

Cuando Felipillo, volvió de Puebla a la Ciudad de México, se inclinó por el oficio de la platería, y entró de aprendiz en uno de los mejores talleres en la Calle de Plateros, así llamada precisamente porque se congregaban en ella todos los que trabajaban la plata. Esta calle era parte de la que hoy se llama Avenida Francisco I. Madero, la que desemboca en el Zócalo. Felipillo pasaba largas horas entre crisoles y cinceles.

Pronto se convirtió en un magnifico artífice, y es que, además de haber sido muy hábil para el oficio, tuvo excelentes maestros orfebres. Por eso, cuando se supo en México la noticia del martirio que sufrió por la fe católica, recordando los plateros que durante cierto tiempo había sido uno de los suyos, lo hicieron su patrono y le troquelaron una imagen toda de plata, pues los plateros formaban entonces uno de los gremios más poderosos de la ciudad. El taller en que Felipillo aprendió la platería era propiedad de su padre.

García Gutiérrez apunta que: “dicen que entonces se hizo aprendiz de platero, pero no consta que lo haya sido y parece más cierto que, entre los negocios que tenía su padre, uno era el de proveer reales a los que en las minas rescataban plata a los mineros, por lo que también eran llamados plateros , se haya asociado con él a ese negocio y de no haber entendido bien el término platero haya nacido la tradición de que fue aprendiz de platero”. Muy difícil es dilucidar este punto.

Su paso por Cuernavaca.

Don Alonso de las Casas llegó a ser tan rico que muchas veces prestaba grandes cantidades de dinero a la Real Hacienda , esto es, al propio Gobierno Virreinal. En una ocasión prestó hasta ocho mil pesos para el avituallamiento de los galones de Manila. Eran pesos de aquellos fuertes, no de los pesitos de ahora. Y su pensamiento sobre su hijo Felipe de las Casas era ciertamente ambicioso. “Quería hacer de él un negociante próspero y rico”.

Por eso determinó que lo acompañara por varias ciudades del Virreinato donde sus negocios estaban florecientes.

Y como su padre era Teniente de Factor de Acapulco, Felipillo lo acompañó frecuentemente a dicho puerto, “donde cobraba pesos de oro por derecho de mercancías y recibía cuentas e informes de marinos, grumetes, maestros y pilotos, concertando y asentando con ellos lo necesario para el despacho de los navíos que iban a las Filipinas y al Perú”.

Cada vez que la campana mayor de la Catedral , repicando a vuelo, anunciaba que los galeones del Perú o las naos de Filipinas habían arribado felizmente al Puerto de Acapulco. Felipe con su padre y los arrieros emprendían el viaje conduciendo muchas recuas para transportar las mercancías del puerto a la Metrópoli. Y necesariamente, tanto de ida como de vuelta, pasaban por Cuernavaca, como no había entonces hoteles, se alojaban en la hospedería del Convento Franciscano y, a fuer de gente cristiana. Se arrodillaban para oír la santa misa en nuestro templo de la Asunción , erigido en Catedral el 30 de octubre de 1891.

¡Quién le hubiera dicho a Felipillo que años más tarde, tal vez en la primera mitad del siglo XVII, su martirio y el de sus 25 compañeros quedarían representados plásticamente en las pinturas murales que ocupan sesenta metros de longitud por ocho de altitud en la referida santa iglesia de la Catedral cuernavacense!.

Estos murales de mano incógnita fueron tapados por varias capas de cal para pintar todo el interior de la parroquia en tiempos del Bachiller Vito Cruz Manjarez, que fue su párroco de 1867 a 1880. El descubrimiento de ellos se “debe al insistente deseo del arquitecto Ricardo de Robina de llegar al estuco original”, en el proceso de trabajos emprendidos en 1957 por el actual Obispo de Cuernavaca.

 

Rumbo a Filipinas.

Se hallaba en Manila, capital de las Islas Filipinas, un yerno de D. Alonso de las Casas, don Gaspar Ruano, casado con su hija María de las Casas, encargado allí de todos sus negocios, y principalmente de la compra de las mercancías que venían de allá y de la venta de las que iban de acá.

Y don Alonso quiso que su hijo dejara de ser Felipillo, que fuera ya don Felipe de las Casas Ruiz, hombre serio y formal, para que marchara desde luego a las Filipinas a trabajar con su cuñado en los pingües negocios del comercio y se capacitara al mismo tiempo para llegar a ponerse algún día totalmente al frente de todo

Una vez arreglado su equipaje, y con las bendiciones y recomendaciones de sus padres, emprendió por última vez Felipillo la jornada de México a Cuernavaca y de aquí al Puerto de Acapulco, donde ya estaba por zarpar el buque Santiago , al mando del maestro Tomás de Arzola, viejo amigo de D. Alonso, quien le recomendó que instalara a bordo a su hijo con la mayor comodidad posible. La nao se hizo a la mar con vientos favorables. La travesía desde Acapulco hasta Cavite, puerto a 33 kilómetros de Manila, duraba de cinco a siete meses, y a veces hasta un año. Todo dependía del temporal, según que fuera bueno o malo. Partió la nao en enero de 1590 y llegó a su destino en mayo del mismo año.

Era Manila todo un mundo mágico. Tenía entonces unos 300,000 habitantes. Felipillo se dirigió de inmediato al Parián, mercado populoso en el barrio chino conde se congregaban por centenares los vendedores y compradores del Oriente. Sus ojos se abrían desmesuradamente y se dilataban sus pupilas frente a aquel pintoresco barullo humano de donde salían los gritos en lenguas extrañas de más de cuatro mil fabricantes que con atuendos exóticos y multicolores, ofrecían bellas prendas, marfiles tallados y una incontable multitud de objetos llevados de china y propuestos a precios ínfimos.

Felipillo compraba cuanto creía ser útil al comercio de su padre y lo almacenaba mientras llegaba el momento de remitirlo a México. Con mucho dinero en los bolsillos, con una salud inmejorable, en lo más florido de su edad —frisaba en los 20 años— y dotado además de un carácter jovial y comunicativo, se convirtió desde luego en el mejor amigo de los jóvenes de la ciudad, con los cuales se divertía en cuantos lugares le agradaban y con cuantas personas le venía en gana. Paseaba de día y de noche y gastaba a manos llenas el dinero con sus amigos y amigas. Manila era una ciudad pecadora, llena de peligrosos incentivos.

Nuestro historiógrafo Jesús García Gutiérrez parece desmentir a los que tildan a Felipe de haber gastado parte de su juventud y su dinero, como el Hijo Pródigo, en una región lejana, viviendo lujuriosamente. He aquí su ponderado razonamiento: “Es común entre los autores que han tratado de la Vida de San Felipe de Jesús —escribe— pintarlo en México, después de que dejó el hábito, como joven disipado; y en Manila, como verdaderamente vicioso, pero el padre Pichardo prueba, con muy buenas razones, entre otras, con las informaciones que se hicieron en Manila, a raíz del martirio, que ni en México ni en Manila fue vicioso, aunque tal vez haya tenido, en algún tiempo, la vida poco arreglada de un joven rico”.

Más de dos años anduvo Felipillo metido entre gente de costumbres mundanas: marineros, soldados y mercaderes, no muy recomendables, y entre vagos de toda laya. ¿Abandonaba su juventud al vaivén de las alegrías transitorias y entregaba su corazón a los estremecimientos volcánicos de sus pasiones? Por lo menos, el séquito adulador de amigos vaciaba su bolsa pródiga. Muchos le abandonaron después y sufría por su ausencia e ingratitud. Nada le llenaba. Nada le satisfacía.

 

La Voz de la Gracia.

Soltero de 22 años, el exnovicio de los Descalzos de Santa Bárbara, gallardo y apuesto, inteligente y adinerado, con buena salud y en medio del cortejo de sus amigos, de repente, hastiado de sus andanzas y aventuras y de los efímeros placeres del mundo, aturdido del siglo, busca el silencio en la iglesia de Nuestra Señora de los Ángeles. Allí cae de rodillas ante Jesús sacramentado y con la voz mojada en llanto le dice como San Agustín: “ Fecisti nos ad Te et inquietum est cor nostrum, donec requiescat in Te”. “Nos creaste, Señor, para Ti, y nuestro corazón estará siempre inquieto hasta que descanse en Ti”.

Y a fines de 1592, calmadas ya sus ansias andariegas, y dócil a la insistente voz de la Gracia , llama Felipe con decisión a la puerta del Convento Franciscano de Santa María de los Ángeles de Manila y se refugia en la quietud de aquellos claustros en busca de la verdadera felicidad. Lo recibe con benevolencia el Padre Provincial Fray Pablo de Jesús en aquella Comunidad que era “de la más estrecha observancia”, como la de Santa Bárbara de Puebla.

Una vez hecha la diligencia de las informaciones canónicas, según lo prescriben las constituciones de estos frailes. Felipe fue recibido al postulantado en diciembre de 1592, y seis meses después, el 11 de mayo de 1593, el Reverendo Padre Guardián vistió el hábito al fervoroso pretendiente. Otra vez su mortal envoltura recibió alborozada el áspero sayal y se ciñó la cuerda nudosa del Santo de Asís. Y bajo la sabia, prudente y caritativa dirección de su maestro de noviciado, Fray Francisco de Montilla, comenzó a espolear su espíritu anhelando llegar pronto a la cumbre de la santidad. Un año después, terminado el noviciado, hace su profesión religiosa ante su Reverencia el Padre Guardián Fray Vicente Valero, el día 22 de mayo de 1594, a los 22 años y 22 días de su nacimiento. Entonces empezó a llamarse Felipe de Jesús.

 

Santo sin Aureola.

La fama de la nueva piadosa vida de nuestro Felipe había llegado a México por las personas que allá lo conocieron. Al saber su ingreso al convento, sus padres se regocijaron y fue su ardiente deseo ver al hijo ya transformado y asistir a su ordenación sacerdotal. Para ello solicitaron al Muy Reverendo Padre Comisario General de Indias, Fray Pedro de Pila, la licencia necesaria para que Felipe volviera a México. Y una vez concedido tal favor, Felipe pudo embarcarse en el Puerto de Gavite con rumbo a nuestra Patria, en el bajel San Felipe —providencial coincidencia de nombre— el 12 de julio de 1596. Como la travesía era larga, de algunos meses o tal vez de un año, Fray Felipe eligió por confesor al Reverendo Padre Fray Diego de Guevara, agustino, compañero de viaje. Y cuando este encontraba a su penitente, le preguntaba: “¿Qué dice San Felipe?”. En otras ocasiones también le decía: “Cuando su confesor esté rezando, espere un poco San Felipe, que acabando le confesaré”. Y tato se extendió la fama de santidad de nuestro Felipe, que toda la tripulación repetía: “El barco San Felipe lleva a San Felipe”.

Así, su director espiritual y los tripulantes de aquel navío “canonizaron” en vida a nuestro amadísimo compatriota, porque ya desde entonces dejaba escapar de su aspecto físico fragante olor de santidad. Por esto se comprueba que San Felipe no llegó a ser santo canonizado por una sola circunstancia providencial al término de su vida, esto es, no fue santo sólo por haber sufrido el martirio, como por casualidad, sino porque se preparó a ello con una vida heroica. “La gracia insigne de su martirio no fue un azar, una aventura, sino el premio de una vida probada”, observa el Padre José Guadalupe Treviño, uno de sus biógrafos.

Cuando se supo el atroz tormento que les esperaba a los mártires, muchos cristianos japoneses quisieron sumarse a la caravana, pero los saldados los retiraron a empeñones. Así es que Felipe fue mártir por elección divina.

 

Frustrado retorno.

Después de 14 días de tranquila navegación, el cielo empezó a encapotarse y el sol desapareció entre la negrura de las nubes, quedando todos, noche y día, en obscuridad continua. Desatose enseguida una tempestad tan deshecha que la tripulación se llenó de pavor, el piloto perdió el rumbo y los vientos contrarios rompieron el timón y desmantelaron la nave.

Aún más creció el espanto de los desventurados navegantes, cuando de pronto apareció una enorme ballena delante del desarbolado navío, la cual empezó a rodearlo y darle “vueltas por debajo”. Tripulantes y pasajeros, sin poder arrodillarse por el continuo y brusco vaivén. Oraban a gritos pidiendo a Dios que los librara de caer al mar al empuje del monstruo, que abría sus desmesuradas fauces como si quisiera devorar a todos. El capitán de la embarcación, don Matías de Landecho, mando que cañoneasen al cetáceo, que a los seis o siete disparos se alejó del barco. Pero ya respiraban los angustiados náufragos, cuando una nueva calamidad los hizo dar de gritos otra vez. Y fue la presencia de una manada de tiburones que cercaban el buque. Para aligerar el peso de la nave que amenazaba hundirse, lo cual habría sido el más terrible desastre, arrojaron al mar varios fardos de ropa, los que de inmediato eran despedazados por la multitud de famélicos peces. ¡Ya se había perdido toda esperanza de continuar con el viaje hacia México!

 

La Cruz Misteriosa.

Desde el capitán hasta el último grumete, y todos los pasajeros, iban “con la muerte al ojo”. No podían estar de pie, ni sentados ni acostados. El desquiciado galeón parecía una cáscara de nuez danzando en las inmensidades del mar. Unas veces lo sumergían las olas; otras lo levantaban; ora lo empinaban, ora lo clavaban o tendían entre constantes bandazos. Los aterrados viajeros ya no pensaban en salvar sus vidas, sino tan sólo las almas. Por eso se confesaban en medio de una gran tribulación y gritería. Y cuando, por fin, amainó la tempestad y medio salió el sol, comprobaron que todos estaban heridos, “Apenas se conocían unos a otros y aún a sí mismos”.

Pero volvió la obscuridad y entonces, entre gigantescas nubes, atónitos de sorpresa contemplaron una gran cruz, toda resplandeciente, cuyos fulgores parecían extenderse hacia las playas del Japón. La visión duró alrededor de un cuarto de hora. Y de súbito, aquella misteriosa cruz cambió sus tonalidades. De blanca se tornó rojiza, con un color de viva sangre. Este nuevo fenómeno duró como un cuarto de hora, y finalmente una nube ocultó la cruz. Era el sobrenatural anunció del martirio de Felipe.

Así, entre la vida y la muerte, al fin avistaron tierra, y siguiendo a la deriva, llegaron frente a las costas de Tosa, en las playas de Shikoku, del puerto de Urando. El gobernador de la Provincia de Tosa, llamado Chocosabe, mandó que saliera gente al encuentro del navío. El capitán y los tripulantes creyeron que tales enviados iban en su auxilio. Pero no fue así. Los aparentes salvadores obraron de mala fe, pues al hacerse cargo de la dirección de la nave, la hicieron encallar y entonces el Daimio (señor feudal), Chocosabe, mandó a los suyos que se apoderaran de todas las mercaderías que había en el velero y que importaban millón y medio de pesos que valían por lo menos diez veces más que los actuales, lo que puso en quiebra fatal a los ricos comerciantes de Manila.

 

Pérdida del “San Felipe”.

Pisaron tierra los náufragos el 18 de octubre de 1596, y lo primero que hicieron fue cantar el Te, Deum, Laudamus por haber salvado la vida. Felipe de Jesús besaba la tierra una y otra vez. Mientras los marinos lloraban la pérdida de la embarcación, Felipe se alegraba porque al fin estaba en tierras japonesas, donde esperaba convertir a muchos infieles a la fe católica.

El 19 del mismo des de octubre, cuando ya todo el cargamento y todos los marinos y pasajeros estaban en tierra, el San Felipe se abrió por la quilla y quedó anegado. Más de 5,000 cajones con ricas telas y muchos fardos con grandes tesoros habían quedado en manos del Daimio de Tosa. Y los atrapadores del buque, para burlarse del capitán D. Matías de Landecho y sus acompañantes, en su misma presencia empezaron a escoger lo mejor del botín para enviarlo a Meaco. Lo que juzgaban inútil lo arrojaban al suelo para que lo recogieran los curiosos.

Taiko Sama, el Nerón Japonés.

El Daimio de la Provincia de Tosa, antes de apoderarse del cuantioso tesoro del galeón, hipócritamente aconsejó al capitán Landecho que mandara un regalo a Hideyoshi, alias Taiko Sama, emperador del Japón para ver si lograba la devolución de todas las mercancías incautadas. Entre los enviados que conducirían el regalo estaba Fray Felipe. Pero Taiko Sama, ni siquiera recibió a los emisarios, pues ya estaba muy predispuesto contra los cristianos, a causa de haber sido informado falsamente por los bonzos, lo que creyó a pie juntillas, de que los misioneros católicos eran enviados por el Rey de España para preparar el camino y facilitar el envío de sus ejércitos que fueran a conquistar el Japón.

Hideyoshi, que llevado por su orgullo se hizo llamar Taiko Sama, palabras niponas que significan Su Excelencia, recrudeció las persecuciones contra los cristianos, y pensando en el escarmiento para que los japoneses dejaran de convertirse al catolicismo, decretó la pena de muerte para cuantos en adelante predicaran la fe de Cristo.

 

Ultraje a Fray Felipe.

Pasó Fray Felipe a Osaka para reunirse con Fray Pedro Bautista en su pequeño monasterio de Belén, y junto con los demás emisarios, fueron como antes se dijo a entrevistar a Taiko Sama, que residía en Meaco. Desgraciadamente su embajada no surtió efecto. Fray Felipe y los demás embajadores regresaron a Osaka, y pocos días después nuestro santo se puso de nuevo en camino para Meaco, la vieja ciudad imperial que hoy se llama Kyoto, antigua residencia del emperador. Como ignoraba el idioma japonés, lo hicieron acompañar de un niño acólito de 14 años de edad llamado Tomás Kosaki. Su misión era reclamar al emperador contra las injusticias del Gobernador de Urando. Pero todo fue inútil.

Al pasar por un pueblo donde había varios mesones, y precisaba pernoctar, sintieron hambre y se asomaron a uno de ellos. El mesero les invitó cortésmente a pasar, y ya en la mesa les ofrecieron un buen plato de comida típicamente japonesa. Fray Felipe le agradeció “a lo franciscano” lo que pensaba que era una caridad. Pero el mesonero no entendió nada de seráficas caridades y lo maltrató con palabras injuriosas. El niño acólito trató de explicar al mesonero que los frailes menores o cuentan con nada de dinero y que viven sólo de caridad. Enfurecido, el mesonero se arrojó contra Fray Felipe y a empellones le quitó la capa.

 

Prisión voluntaria de Fray Felipe.

El 8 de diciembre de 1596, el día de la Inmaculada Concepción , se presentaron en el convento de Santa María de los Ángeles de Meaco lanceros de la guardia de gobernador, Gibunoxo, que había recibido las órdenes de encarcelar a los frailes. Pero por lo pronto se concentraron a situarlos para evitar la fuga. Así, mientras los soldados rondaban el convento de día y de noche, los frailes pasaron la Navidad , hasta que el 30 de diciembre el jefe de la guardia leyó en alta voz a los religiosos la orden de aprehensión dictada por el dicho Gibunoxo, gobernador de Meaco. En seguida los soldados sacaron cuerdas y les ataron los brazos por detrás codo con codo.

Muchos habían sugerido oportunamente a Fray Felipe que se librara de la inminente prisión, pues no estaba en la lista de los moradores del convento y además le amparaban doblemente las leyes: tanto por haber sido uno de los embajadores que fueron a entrevistar a Taiko Sama, como por ser un simple huésped de la casa. A todo esto replicaba reiteradamente Felipe: “No permita Dios que mis hermanos estén presos y yo en libertad; que sea de mí lo que fuere de ellos”.

Por eso cuando se acercaron los soldados para ponerle las ataduras, sus labios murmuraron la respuesta que había de pronunciar al ser llamado para la Ordenación , que sus padres pensaron ver entre mil esplendores de luces y entre cantos y lágrimas de santa emoción: “Adsum ”. “¡Aquí estoy Señor!”.

 

Túmulo de las Orejas.

Tras los frailes maniatados iban muchos cristianos aplaudiéndolos, pero también iban chicuelos burlones que les arrojaban piedras a la cara y les tiraban del cordón o de la falda del hábito. Así caminaban, bajo una lluvia de guijarros, risas y carcajadas, muecas y visajes de los bonzos (monjes budistas) y de infieles de toda laya.

El viernes 3 de enero había sido el señalado por Taiko Sama para que a los condenados a muerte de cruz en Nagasaki les cortaran la nariz y la oreja izquierda. Gracias a los buenos oficios del alférez español Pedro Sotelo Morales y del capitán Matías de Landecho, solo les arrancaron una oreja. Tuvo escena la cruel bárbara ejecución de tan injusta sentencia en la ciudad de Fuximen.

Fray Marcelo de Rivadeneyra, contemporáneo del Santo, nos informa que cuando le cortaron a San Felipe de Jesús la oreja, levantando los ojos al cielo exclamó complacido: “¡Ya estoy marcado por Cristo; aunque el tirano me diera la libertad, no la admitiría!”.

No lejos de la milenaria Meaco, hoy Kioto, cerca del templo de Hoko-ji, se puede ver todavía el “Túmulo de las orejas”, que los guías muestran a los turistas. Aquella construcción, escalofriante testimonio de la barbarie pagana, se levantó sobre miles de orejas y narices que los soldados de Taiko Sama cortaban a los prisioneros y muertos de la guerra, y que remitían a la capital del imperio en prueba de sus hazañas.

En carretas de bueyes.

El mismo 3 de enero de 1597, consumada la mutilación, Felipe y sus 23 compañeros de martirio—eran 24 los sentenciados—fueron subidos a ocho carretas tiradas por bueyes, en las que se les colocó de tres en tres, atados de manos y cuello para que se mantuviesen firmes, de cara al pueblo. Así se les paseó por las calles y plazas públicas de Kyoto, la urbe imperial. Se acostumbraba en Japón exhibir de este modo a los condenados a muerte de ínfima categoría. Así, el ominoso desfile fue una verdadera infamia para las víctimas, que por la tarde regresaron a la cárcel de Kioto.

Taiko Sama quería infundir temor en sus súbditos para que no siguieran las doctrinas de los cristianos. Pero todo le resultó contraproducente, porque los cristianos y paganos en compactas muchedumbres contemplaban este humillante espectáculo, y lo aprovecharon los mártires para convertir las carretas en cátedras improvisadas desde donde predicaban la fe y explicaban porque se sentían felices en derramar su sangre por Cristo, que antes la había vertido por ellos. Con tales ejemplos y discursos los cristianos se confirmaban más en su fe y muchos paganos se convertían.

 

En pésimas cabalgaduras.

El siguiente día, sábado 4 de febrero, se organizó u segundo recorrido, pero esta vez subieron a los prisioneros en sendos caballos, viejos y flacos, de estampa deplorable y peor jaez. Llevaban los reos las manos atadas por detrás, pues no se trataba de recrearlos, sino de ultrajarlos públicamente. El día anterior los habían exhibido por las calles y plazas de Meaco —actual Kioto— y ahora lo hacían por las de Osaka. El domingo 5 siguió la cabalgata ignominiosa por Sakai.

Los verdugos escogieron estas tres ciudades porque los misioneros habían predicado en ellas el Cristianismo, y por lo mismo eran más conocidos allí. En el tránsito a Osaka muchos campesinos se burlaban de los mártires y les metían yerbas en la boca, para dar a entender que los tenían por bestias.

Después de tal vilipendió, fueron llevados los mártires a una pagoda de Osaka, en la que permanecieron hasta el miércoles 8, en que fueron sacados para darles a conocer la inicua sentencia de muerte que textualmente reza: “Por cuanto estos hombres vinieron de Filipinas con título de embajadores y se quedaron en Kioto predicando la ley de los cristianos que yo prohibí rigurosamente los años pasados, mando que sean ajusticiados y juntamente con los japoneses que se hicieron de su ley. Y así, estos 24 quedaran crucificados en Nagasaki. Y porque yo toro a prohibir de nuevo de aquí en adelante dicha ley, entienda todos esto. Y mando que se ponga en ejecución. Y si alguno fuere osado a quebrantar este mandato, será castigado con toda su familia. Dado a los 20 días de la luna undécima, el primer año del período Queicho. (Enero 8 de 1597, según la Era Cristiana ). El Emperador”.

Delante de los humillados prisioneros iba un soldado pregonando a gritos la sentencia de la muerte, firmada por Taiko Sama; y además la llevaba escrita en lo alto de un asta para que todos pudieran leerla.

El número de los Mártires.

En la lista oficial de los que debían morir crucificados sólo había 24 nombres. Sin embargo, el número de los denodados mártires ascendió a 26, porque voluntariamente se agregaron dos más por el camino. El primero fue uno de los carpinteros de Kioto, llamado Francisco Kichi, que apenas tenía once meses de bautizado. Cuando los frailes sus amigos, fueron paseados durante tres días en las denigrantes carretas de bueyes y a caballo por Kioto, Osaka y Sakai, los siguió el referido artesano con el vehemente anhelo de ser admitido con ellos. Desde el primer día se asió tan fuertemente a la última carreta que no lo pudieron separar. Con el mismo persistente deseo los siguió también por todo el camino a Nagasaki, de más de ochocientos kilómetros, y que duró 28 días. Y como los crueles soldados lo despedían a palos cada vez que intentaba unirse con los frailes, Francisco pensó, en su candidez, sobornarlos ofreciéndoles una botella de sake, vino japonés de arroz fermentado. Tanta fue su terquedad y obsesión por morir con los mártires, que los soldados acabaron por incorporarlo al grupo.

El otro fue Pedro Sukejiro, cristiano intrépido, a quien el Padre Organtino, superior de los padres Jesuitas, había mandado con una suma de dinero para que fuera proveyendo a los prisioneros en sus necesidades. Con gran celo se dedicó a cumplir con su misión, ayudado del supradicho Francisco Kichi. No se despegaban de la columna de los mártires, sosteniendo a los más débiles y próximos a caer desmayados, levantando piadosamente a los caídos, curando a los enfermos y prodigando toda clase de cuidados a los tres audaces niños, Tomás de 14 años, Antonio de 13 y Luís de 11.

La escolta que acompañaba de continuo a los prisioneros no veía con buenos ojos los servicios caritativos y casi paternales de Pedro y Francisco. Por el contrario cuando los tenían a su alcance, descargaban terribles golpes sobre ellos. Como a pesar de todo, Pedro burlaba la vigilancia para socorrer a los que iban camino de la muerte, los soldados, inmisericordes, acabaron por quitarle todo el dinero que llevaba y por añadidura lo hicieron prisionero. Así fue como se completo en número de 26 mártires.

La ruta de los Mártires.

Tan doloroso calvario —desde Osaka hasta Nagasaki— comenzó el jueves 9 de enero y terminó el viernes 5 de febrero de 1597. Los 800 kilómetros que median entre uno y otro lugar fueron hechos por tierra y mar. La gran jornada duró 28 días. Como queda referido, incluyendo los de partida y de arribo. Eran en pleno invierno. Y en Japón es tan cruda esta estación, que solo imaginarlo espanta. He aquí en itinerario que siguieron. Principales poblaciones: Himeji, Ako, Okayama, Mihra, Shimonoseki, Acata, Karatsu, Sukasaki y Soroki. Esta última población, a la que llegaron el 4 de febrero, solo dista 35 kilómetros de Nagasaki.

No precisa forzar mucho la imaginación para comprender, que tan agobiantes jornadas constituían un constante martirio, sin exceptuar ni un día. Ponderemos: paupérrimamente vestidos y en lo más riguroso del invierno; como iban descalzos, pisando nieve en ciertos tramos, apenas podían andar; a cada momento desfallecían de hambre y sed, pues soportaban un frío inaguantable, las nevadas, las lluvias heladas y el cansancio agotador. Y como consecuencia de todo esto, fueron presa de enfermedades, como calenturas, sabañones, resfríos, reumas, bronquitis y afonía.

A lo dicho, hay que agregar el ensañamiento, la fiereza, el salvajismo, la barbarie y la brutalidad de la soldadesca que los conducía, pues cuando se detenían algunos instantes a tomar algunos efímeros alimentos para continuar su vía dolorosa, los golpeaban con palos y a empeñotes los obligaban a ir más de prisa. Cristóbal de Mercado, un español que acompañaba a los náufragos desde Manila, fue testigo de aquella jadeante caminata, pues los acompañó por Osaka, Fushimi y Sakai, y así nos dejó escrito que: “en este camino los vido por sus ojos pasar muchos trabajos, trayéndoles las manos atadas atrás; y en no queriendo o no pudiendo andar tan aprisa como quería el Japón (sic) que los llevaba, le daba rempujones, que algunas veces los hacían caer de ojos. Y este testigo ayudó a levantar algunas veces al Padre Fray Pedro Bautista; y a la sazón que esto pasaba, había mucho frío y nevaba y llovía…”.

¡Y pensar que cuando, agotados, vacilantes y exhaustos, al fin llegaba al fin de la jornada, no tenían para descansar ni una estera y los amontonaban en una prisión oscura, incómoda, infecta, sin ventilación! Ellos la convertían en lugar de oración, de cantos y plegarias. El jefe de la escolta era un tipo cavernario, insensible y despiadado. Muy de madrugada los levantaba a palos para obligarlos a continuar su cotidiano martirio, salpicando con la sangre de sus pies los guijarros con que tropezaban en su torturante camino de amargura. Y así día tras día, hasta consumar su postrer viacrucis en el nuevo calvario de la colina Tateyama.

 

El ejecutor de la sentencia.

Fazemburo, vice-gobernador de Nagasaki, recibió de Taiko Sama la orden de ejecutar la sentencia. Con antelación mandó preparar las cruces y personalmente fue al encuentro de los sentenciados, que pernoctarían en Kokura el domingo 31 de enero, día vigésimo de su caminata. Allí esperó y pasó revista a sus dolientes víctimas. Se conmovió hasta las lágrimas cuando comprobó que entre ellos venía su amigo el Hermano jesuita Pablo Miki. Para librarlo de la muerte, quiso, en vano, hacerlo renegar de su fe, pero el jesuita aprovechó la ocasión para pedir a Fazemburo que al llegar a Nagasaki les diera tiempo de confesar y comulgar. Otra gracia le solicitó y fue la de morir en viernes. Fazemburo anticipadamente asistió a las dos cosas, que pronto tendrían escena en el desde entonces célebre collado de Tateyama.

Al recontar el número de sus adoloridos prisioneros condenados al martirio, el vice-gobernador de Nagasaki encontró entre ellos a los tres niños ya mencionados: Tomás de 14 años, Antonio de 13 y Luís de 11. Casi llorando les pidió que renunciaran a su fe para no tener la pena de ser verdugo de un amigo y de tres niños. Pero todos se mantuvieron firmes y el más pequeño le dijo a Fazemburo: “ Con esta condición, no quiero vivir; porque por esta vida corta y miserable perdería una vida eterna y feliz”.

Como la noticia de la próxima ejecución corrió de pueblo en pueblo velozmente, grandes muchedumbres de cristianos se dirigieron a Nagasaki para unirse al conjunto de los mártires y morir con ellos por la misma fe. Fazemburo tuvo miedo, pues —según su mentalidad pagana— aquella concentración de cristianos era como un polvorín que una pequeña chispa podría incendiar de un momento a otro. Se jugaba la vida porque temía que una rebelión de los cristianos pudiera liberar a los sentenciados a muerte.

Esta idea fija le hizo tomar muchas precauciones. Obligó a los soldados a que aceleraran el paso y adelantó la fecha de la ejecución. Más como la caravana de la muerte venía rendida y no pudo avanzar a marchas forzadas. En Kahura consiguieron bestias de carretas para conducir a los desventurados reos que parecían más muertos que vivos. Temían que se les murieran de fatiga en el camino.

Así recorrieron más de 150 kilómetros en dos días y medio. Quienes no acostumbran montar a caballo tienen que hacerlo, no dos días y medio, sino tan solo unas cuantas horas, terminan rendidos y aporreados. Esto nos dará una idea de las muchas molestias de nuestros abrumados cautivos, que tenían muchos días de caminar débiles, pálidos, macilentos y en estado miserable.

Otra de las preocupaciones de Fazemburo fue disponer que las ejecuciones no tuvieran lugar en la plaza Nagasaki, como antes había ordenado, sino en la colina Tateyama. Nagasaki tenía entonces 60,000 habitantes, en su mayoría católicos, y para escarmiento quiso Taiko Sama que allí fueran crucificados los predicadores del Cristianismo. Cuando éstos llegaron al Puerto de Soroki, a mediodía del jueves 4 de febrero, los esperaban dos sacerdotes jesuitas para confesarlos y darles la comunión, como había prometido concedérselo Fazemburo. Pero este dio contraorden, pues quería terminar pronto, y el convoy tuvo que seguir adelante.

Para poder atravesar la bahía, los embarcaron en una lancha. Y para mejor asegurarlos, como si tuvieran muchas fuerzas para huir, los ataron del cuello y de las manos, cruzándoles las muñecas por detrás. Al llegar a la otra orilla, temiendo que si eran vistos en la ciudad, ocurriría un tumulto, no los bajaron a tierra, sino que los obligaron a quedarse en la barca toda la noche sin ningún abrigo y azotados por el viento, que les hacía tiritar de frío y castañear los dientes. Así pasaron la última noche, víspera de su muerte.

 

El nuevo “Viernes Santo”.

Al amanecer el viernes 5 de febrero de 1597, los sacaron de la barca y los formaron para recorrer los 7 kilómetros que los separaban todavía del lugar del suplicio. Era la última etapa de aquel largo y penoso viaje y la postrera estación que los separaba de la colina que se coronó aquel día de cruces y de crucificados. Ya solo les quedaban una horas para morir en el patíbulo, cuando divisaron a la vera del camino una pequeña ermita dedicada a San Lázaro. Allí les permitió el brutal jefe de la escolta confesarse. Un padre jesuita confesó al Hermano Miki y a dos de sus compañeros. Los padres Franciscanos se confesaron entre sí primero y luego confesaron a todos los demás. ¡Qué confesión tan devota y bañada en lágrimas debió de ser aquélla!

 

Muchedumbre incontenible.

Aunque Fazemburo determinó a última hora, para evitar tumultos, que la ejecución no fuera en la plaza pública sino en lo alto de una de las colinas circundantes, no se pudieron ocultar las maniobras de los verdugos, que hacían todos los preparativos de la crucifixión en la cumbre que dominaba la ciudad. Esto motivó que una muchedumbre, imposible de contener, rodeara la colina Tateyama —el calvario japonés— y la cubriera por completo antes de que llegara la caravana de los sentenciados.

Fazemburo había prohibido bajo pena de muerte abandonar la ciudad, a fin de que nadie subiera a la colina. Y para que mejor se cumplieran sus órdenes se pusieron guardias en las entradas o bocacalles; pero cuando los mártires aparecieron a la vista de todo el pueblo; paganos y cristianos, atropellando a los mismos guardias y sin hacer caso de los palos que recibían, ocurrieron a presenciar la ejecución. Eran más de 20.000 los espectadores. Los vigilantes no pudieron detener las compactas multitudes que acudían de todas partes.

 

Arribo de los Mártires.

A las once de la mañana del día 5 de febrero de 1597 entraron a Nagasaki los 26 mártires por el antiguo camino real de Meaco. Acompañados de los Padres Jesuitas, iban rezando en alta voz las oraciones para la buena muerte. No los llevaron por las calles céntricas, sino directamente a la cima del Tateyama. El numeroso gentío, lleno de profundo respeto, les abría paso y les formaba una valla de honor.

Niños y jóvenes, hermanos legos y sacerdotes, todos dejaban ver en su cuerpo, escuálido y consumido, las huellas de la marcha forzada y fatigosa; las ropas desgarradas y cubiertas de polvo, los rostros cadavéricos, las manos ensangrentadas, el cabello en desorden, la barba crecida y desaliñada de los adultos, los pies deformes, hinchados y agrietados y las uñas rotas por los tropezones. ¡Con que religiosos silencio verían todos como iban subiendo jadeantes y exhaustos las 80 gradas de la tosca escalinata de piedra que conduce hasta la cúspide de la colina, que se levanta a veinte metros de altura sobre el nivel del mar!

 

Crucifixión y muerte.

Con los brazos abiertos, encaminaron sus agónicos pasos hacia los maderos que serían para cada uno el ara de su holocausto. El amor a Cristo fortaleció sus pies y sus rodillas. Felipe, con “divina impaciencia”, cayó de hinojos ante la cruz que le habían destinado, se abrazó a ella, derramando lágrimas la besó con ternura, y exclamó conmovido: “¡Oh dichoso navío! ¡Oh dichoso galeón San Felipe que te perdiste para que se ganara (este otro) Felipe! ¡Oh pérdida no perdida para mí, sino la mayor ganancia para (este) Felipe!”

Las cruces japonesas tenían —como las romanas de la época de Cristo— un travesaño en medio y un soporte abajo para los pies. De este modo los cuerpos quedaban a horcajadas sobre el caballete y con los pies apoyados en la especie de repisa. En vez de clavarlos, se colgaban los cuerpos por medio de cinco argollas de hierro. Una era para sujetarlos por el cuello, dos para esposarles las manos y dos para los pies.

Uno de los primeros en ser crucificados fue Felipe, que de una manera providencial quedo en el centro de aquel vasto semicírculo de mártires. Una vez fijado en la cruz, los verdugos la izaron en alto y la dejaron caer de golpe en el agujero que para ello habían cavado. Y fue el primero en derramar su sangre. Sucedió que no alcanzó a sostener su cuerpo ni el madero central ni el inferior, por estar demasiado bajos. Corriese entonces el cuerpo por las argollas, con todo su peso. Las argollas de los pies le desollaron las piernas, y las del cuello, apretando su garganta, lo asfixiaban. He aquí como explica esto el P. Jesús García Gutiérrez: “respecto de San Felipe de Jesús sucedió que el madero sobre el que debía cabalgar, quedo más debajo de lo que era debido, con lo que al izar la cruz, se corrió el cuerpo, desollándole las muñecas de las manos y las espinillas de las piernas y ahogándole la argolla del cuello”.

Felipe pidió, como pudo, que lo acomodaran en la cruz para poder morir con toda lucidez. Pero como no le hicieron caso y vio que los verdugos se le acercaban empuñando sus lanzas, levantó sus ojos al cielo y exclamó con gran fervor: “¡Jesús!... ¡Jesús!... ¡Jesús!...”.

Fazemburo, que dirigía las maniobras de la crucifixión, para que Felipe no muriera antes de ser alanceado, mando que sin tardanza y antes que a los demás, le asentaran tres lanzadas. La primera por el lado derecho para que le tocara el corazón, de modo que traspasara su cuerpo de parte a parte. La segunda por el lado izquierdo, de modo que se cruzaron ambas dentro del cuerpo y afloraron por los hombros. La tercera dio directamente en el corazón.

Así fue el único al que arremetieron con tres lanzadas.

Cuando su sangre tiño las espigas de oro de aquel altozano de los trigos, su alma estaba ya muy lejos, muy distante, en el Cielo. Fue el primer mártir del Japón, de México y de América, y también el primer santo canonizado del Nuevo Mundo.

 

Catálogo de los mártires.

Esto fue el orden descriptivo en que fueron colocadas las cruces, de Poniente a Oriente y mirando hacia el Norte, y la nómina de los 26 mártires: 1, Pablo Zuzuki, catequista; 2, Gabriel, intérprete; 3, Juan Quizaya, tejedor; 4, Tomás, boticario e intérprete; 5, Francisco, catequista; 6, Tomás Cozaqui, compañero de San Felipe en su viaje de Meaco a Osaka; 7, Joaquín Sanquier, cocinero del convento; 8, Buenaventura, mozo del convento; 9, León Carazuma, intérprete; 10, Matías, cocinero; 11, Fray Francisco de San Miguel; 12, Fray Francisco Blanco, sacerdote; 13, Fray Gonzalo García; 14, Fray Felipe de Jesús, corista mexicano; 15, Fray Martín de la Ascensión Aguirre , sacerdote; 16, Fray Pedro Bautista, sacerdote y Comisionario; 17, Antonio, mozo del convento; 18, Luís, catequista; 19, Pablo Ibarique, operario del convento; 20, Juan de Gotó, mozo de los Padres Jesuitas; 21, Paulo Miki, Hermano S. J.; 22, Diego Quisai, Hermano S. J.; 23, Miguel Cisaqui, 24, Pedro Sequixico, mozo del Reverendo padre Organtín S. J.; 25, Cosme Taquia, catequista; 26, Francisco, carpintero. El antepenúltimo y el último fueron los que se agregaron en el camino.

Descendimiento de la Cruz.

Taiko Sama ordenó, bajo penas severísimas, que los cuerpos de los mártires permanecieran en las cruces, para escarmiento, hasta que las aves de rapiña los devorasen o la corrupción los descarnara totalmente.

Pero ni los buitres los engulleron ni la corrupción los descarnó. Permanecieron incorruptos varios meses.

Y también ordenó Taiko Sama que no se acercaran los cristianos a venerarlos. Para ello mandó poner custodias que no los dejaron aproximarse. Pero los cristianos encontraron el modo de visitar los santos cuerpos de aquellos gloriosos héroes de la fe. Y fue dándoles dinero a los guardias. Así tuvieron franco acceso al montículo que fue al mismo tiempo calvario y tabor.

Sabiendo lo anterior los Reverendos Padres Agustinos Fray Mateo de Mendoza y Fray Diego de Guevara, se les ocurrió buscar a cuatro japoneses cristianos que se robaran los cuerpos de Fray Felipe de Jesús y de Fray Pedro Bautista, pagándoles a cada uno diez reales. Convenidos en el precio, penetraron los piadosos ladrones a este sitio enaltecido por la sangre de los 26 mártires, con gran peligro de ser vistos y castigados. Esto aconteció después de la Semana Santa , en los primeros días de la Pascua de 1597, en abril. Pudieron ocultamente bajar y sacar sus venerables despojos y llevarlos a la casa de Fray Mateo de Mendoza. Posteriormente fueron trasladados al convento de San Agustín de Manila, y de allí, una parte se llevó a Roma donde pueden conseguirse sus reliquias.

 

Su Beatificación.

Ese mismo 5 de febrero de 1597, cuando la negra Juana Petra salió a regar las plantas del patio, advirtió que la famosa higuera, por tantos años seca, había reverdecido echando brotes nuevos. Se había cumplido al fin su involuntaria profecía. Por eso al verla cubierta de fresco follaje, maravillada y boquiabierta corrió como enajenada gritando por toda la casa: “¡Felipillo Santo! ¡Felipillo Santo!”.

Aparte de lo que cuenta la leyenda de oro, la noticia de la muerte de San Felipe llegó a México en el bajel San Jerónimo, que arribó a las playas de Acapulco el 31 de octubre de 1598, un año después. En ese mismo año Fray Marcelo de Rivadeneyra salió de Manila para Roma con el fin de procurar la beatificación de los mártires.

El proceso se inició en 1616, bajo el pontificado de Paulo V. formáronse cinco tribunales: uno en Japón, otro en Manila, otro en Goa (Filipinas) y dos en México. Finalmente treinta años después de su martirio, S. S. Urbano VIII, por su Bula “Salvatoris Nostri Jesu Christi”, del 14 de septiembre de 1627, declaró Bienaventurados a San Felipe de Jesús y a sus 25 compañeros; y más tarde concedió a México la Misa y Oficios propios de San Felipe de Jesús.

Pero fue hasta el 28 de septiembre de 1628 —un largo año después— cuando llegó a México la gran noticia de su Beatificación y de inmediato el Reverendo Padre Guardián del Convento Franciscano de San Diego de México, Fray Francisco de la Cruz , propuso que se le nombrara Patrono de la Ciudad. El viernes 12 de enero del siguiente año 1629, reunido el Celibato de la Ciudad , votó por Titular ella al “Glorioso Protomártir de las Indias, San Felipe de Jesús”, Patronato que confirmó más tarde la Santa Sede.

El 5 de febrero de 1629, por primera vez fueron celebradas sus fiestas en México, y en tal fecha se promulgó solemnemente la Bula de su Beatificación.

 

La Madre de San Felipe.

Aún vivía la madre de nuestro Santo, ya nonagenaria, y fue objeto de muy especiales honores. Asistió a todo el programa de festejos.

En primer lugar se cantó una Solemnísima Misa en Catedral. En este acto se llevó en procesión la imagen de San Felipe desde el templo de San Francisco, y es fama que su señora madre, doña Antonia Ruiz Martínez de las Casas, tuvo la dicha inusitada de confeccionar el primer hábito para la efigie de su hijo santo. En dicha procesión iba ella a la derecha del 15º Excmo. Sr. Virrey de la Nueva España , D. Rodrigo Pacheco Osorio, Marqués de Cerralvo, quien le concedió una renta vitalicia de treinta pesos mensuales. En todo el proyecto fue bajo palio e incestada, junto a la imagen de su hijo, que era llevada en riquísimas andas de plata costeadas por el gremio de plateros. Durante la misa permaneció la señora en el Presbiterio derramando lágrimas de ternura y devoción.

Estos actos religiosos la impresionaron tanto, que junto con su avanzada edad fueron causa de que se acortaran sus días, ya que solo vivió unos veinte a la glorificación de su hijo, que agradecido a la esmerada formación cristiana que había recibido de tan buena y santa madre, bajó del cielo y se le apareció para acompañarla en los últimos momentos de su vida mortal, según testimonio del párroco de la Catedral que le impartió los postreros auxilios, el Dr. D. Jacinto de la Cerna. Lo expresó en su sermón predicado en la misma Catedral el 5 de febrero de 1652. Y ella lo confirmó diciendo: “Muero contenta porque veo a mi hijo revestido de gloria”. El Padre de San Felipe, según el R. P. Antolín Villanueva, murió años antes de las primeras festividades de su hijo, esto es, en el año 1609.

Su Canonización.

En 1826 el Congreso de la Nación declaró fiesta nacional el 5 de febrero en honor de nuestro Santo. En tal fecha de cada año el comercio cerraba sus puertas y había solemne función en Catedral, en San Francisco y en San Diego y en otros templos. Desgraciadamente pronto fue borrada y sustituida esa fiesta verdaderamente nacional por el culto a las Constituciones de 1857 y de 1917. Tal día fue adrede escogido para su promulgación.

El 8 de junio de 1862, fiesta de Pentecostés, fueron canonizados San Felipe de Jesús y sus 25 compañeros por su S. S. Pío IX. A esta solemnidad asistieron en Roma los Excelentísimos Prelados mexicanos, desterrados en ese tiempo por el gobierno liberar: Don Pelagio Antonio de la Bastida y Dávalos, Obispo de Puebla; Don Clemente de Jesús Murguía, Obispo de Michoacán; Pedro Espinosa, Obispo de Guadalajara; José María Covarrubias, Obispo de Oaxaca; Francisco de Paula Verea, Obispo de Monterrey; Pedro Barajas , Obispo de San Luís Potosí, los canónigos don Salvador Cedillo, de la Catedral de México; don Alonso Terán y Vicente Reyes, de Michoacán; don Francisco Pérez de la colegiata de Guadalajara México; Francisco Arias, de la Catedral de Guadalajara; los presbíteros Rafael Camacho, después Obispo de Querétaro; don José María González y Enrique Parra, de Guadalajara; don José Vera de Monterrey y Manuel Rodríguez, de San Luís Potosí; los subdiáconos don Ignacio Montes de Oca y Obregón, después Obispo de Tamaulipas y San Luís Potosí; don Antonio Plancarte, después Abad de la Basílica de Guadalupe de México; los religiosos José Cacho, Filipense; Fray Francisco González, OFM., de Zacatecas; Fray Antonio Castro, OSA.; Fray Antonio Pablo del Niño Jesús y Fray Felipe de la Concepción , Carmelitas; además otros muchos señores canónigos y sacerdotes de ambos cleros; y por último, muchas familias mexicanas residentes de la Ciudad Eterna. Incluyendo a los de Roma concurrieron en total: 3, 315 eclesiásticos, entre cardenales, patriarcas, arzobispos, obispos y clérigos en general.

Así alcanzó su glorificación en este mundo Fray Felipe de Jesús de las Casa Ruiz, mártir de 25 años de edad, mexicano por nacimiento, honor y decoro de la Iglesia Católica , paladín en Japón de la causa de Cristo, cuya sangre, testimonio de la fe cristiana, ha hecho florecer la semilla del Evangelio.

MÁRTIRES DE CRISTO REY EN MÉXICO

San Genaro Sánchez Delgadillo

17 de enero

Su “pecado” fue haber dado pública lectura, en templo parroquial de Zacoalco, a la carta pastoral de su Arzobispo, Don Francisco Orozco y Jiménez, donde éste manifestaba su aflicción por los atentados a la libertad del credo religioso, incluídos en la Constitución Mexicana.

El día señalado por los Obispos de México para suspender el culto público, incapaz de ocultar sus sentimientos, lloró de pena junto con sus feligreses, desde entonces ejerció su apostolado a hurtadillas, en casas particulares o en las afueras de las poblaciones grandes.

Aunque procuró disimular el lugar de su residencia y sus actividades, la tarde del 17 de enero de 1927, mientras se dirigía a su vivienda en el rancho La Cañada , acompañado por los señores Herculano, Crescenciano y Cresencio Castillo, Lucio Camacho, Ricardo Brambila. Agustín Chavarín y Juan Barajas, él y sus compañeros se toparon con una avanzada del Ejército Federal, guiada por algunos lugareños y el jefe de armas de Cocula, Pablo Ortega. A la vista de los adversarios, los acompañantes instaron al Padre Jenaro a escapar, pero él se negó: Vamos bajando todos. Si no me conocen, ya me salvé; si me conocen, me ahorcarán sin remedio, pero a ustedes nada les pasará, fuera del susto. Yo tengo esa confianza en Dios.

En cuanto llegaron al rancho fueron capturados, los ataron espalda con espalda; en esas condiciones los remitieron a Tecolotlán, a disposición del capitán federal Arnulfo Díaz, quien liberó a todos menos al eclesiástico.
A la medianoche, el Padre Jenaro fue trasladado a las goteras de Tecolotlán. En un cerrito conocido como La Loma o Cruz Verde, los verdugos eligieron un robusto árbol de mezquite, próximo a la modesta vivienda de la señora Jobita García, testigo del martirio. En medio de un griterío inusual, el piquete de soldados circuló al sacerdote, uno entre ellos lo lazó por el cuello con una soga y tiraron el otro extremo a las ramas del mezquite. La víctima pidió la palabra para decir: Bueno, paisanos, me van a colgar; yo les perdono y que mi Padre Dios también les perdone, y siempre que ¡Viva Cristo Rey!.

Estas palabras enardecieron a los milites, quienes tiraron de la reata con tal violencia que la cabeza del mártir chocó en la rama del mezquite, hecho lo cual, se retiraron del lugar. Un soldado abordó a los moradores de la vivienda, Jovita García y un huésped suyo, antiguo combatiente carrancista, para quien fue esta advertencia: Te encargamos al amigo que está allí colgado. Si alguien lo baja, a ti te pasará lo mismo. Los quejidos estentóreos del moribundo, que permaneció colgado hasta expirar, horas más tarde, llegaban a los habitantes del jacal; sin embargo, no se atrevieron a socorrerlo: además de ignorar la identidad del moribundo, pesaba sobre ellos una grave amenaza.

Antes del amanecer regresaron los soldados a La Loma , balearon a la víctima en el hombro izquierdo, lo descolgaron, y ya tirado en el suelo, uno de ellos le perforó el tórax con una bayoneta; hecho lo cual, apoyaron el cadáver en el tronco del árbol y se retiraron. A media mañana, pasó por allí la maestra Angelita Fernández Lepe, quien identificó a la víctima y avisó a la madre del mártir, ésta llegó al lugar de los hechos y colocó en su regazo al fallecido.

A regañadientes, el jefe militar permitió que el cadáver fuera trasladado a Tecolotlán, donde lo velaron en un domicilio particular. La noticia de la muerte movió a los habitantes de Tamazulita a trasladarse en masa a Tecolotlán. Temiendo la reacción de la muchedumbre, las autoridades ordenaron la inmediata sepultura en el panteón del municipio.
Su Prelado, Don Francisco Orozco y Jiménez, escribió más tarde: “ Levantó mi voz para pregonar la gloria de la Iglesia de Guadalajara, que ciñe su frente con el nombre del Padre Jenaro Sánchez, apuñalado por confesar a Cristo Rey”.
El 25 de octubre de 1934 se trasladaron los restos del mártir, de Tecolotlán a la Iglesia Parroquial de Cocula, Jalisco, donde su memoria es particularmente venerada.
El Padre Jenaro Sánchez nació el 19 de septiembre de 1886 en la localidad de Agualele, del municipio de Zapopan.

 

 

San David Galván Bermúdez

30 de enero

Aunque durante el inicio de sus estudios clericales su conducta fue deficiente, al grado de considerársele disipado y pendenciero, el Beato David Galván Bermúdez logró una conversión definitiva y fue ejemplo de muchas virtudes.

Nació en Guadalajara el 29 de enero de 1881; hijo de José Trinidad Galván y de Mariana Bermúdez, quien murió cuando su hijo tenía tres años de edad. Su familia era muy pobre, por lo que ayudó a su padre en un modesto taller de zapatería.

En 1895 ingresó al Seminario de Señor San José, mismo que abandonó después de cinco años. Durante el tiempo que estuvo fuera, su estilo de vida descendía más y más, y al darse cuenta de ello, a los 21 años de edad pidió ser readmitido en el Seminario.

El prefecto general Miguel de la Mora lo sometió durante un año a pruebas rigurosas. Poco a poco el cambio fue evidente, ya no era agreste y altanero, por el contrario edificaba su aprecio y dedicación a la oración mental y su constancia en soportar la adversidad. Las aficiones mundanas que antes le seducían, dejaron de dominarlo.

Finalmente logró su ordenación como presbítero a los 28 años de edad, el 20 de mayo de 1909; poco después se le confirmó como superior del mismo Seminario.

Su gran caridad para con los pobres y los trabajadores le hizo organizar y ayudar al gremio de zapateros. Su labor en el Seminario, sin embargo, se vio interrumpida luego de que el Arzobispo de Guadalajara, Francisco Orozco y Jiménez, disolvió el Seminario a raíz de la detención de 120 clérigos.

Defensor de la santidad del matrimonio, ayudó a una jovencita que era perseguida por el militar Enrique Vera, negándole que contrajera nupcias porque ya estaba casado.

Esto acarreó al padre Galván la enemistad del teniente, quien se convirtió en su verdugo.

Cuando el Padre Galván fue nombrado Vicario de Amatitán, fue aprehendido por órdenes del capitán Enrique Vera, antiguo condiscípulo suyo, personaje de escasa moralidad y profundos resentimientos contra el sacerdote por el impedimento de matrimonio. El arresto carecía de sustento, razón por la cual el Padre David recuperó su libertad.

El sábado 30 de enero de 1915, se registraron en la ciudad violentos enfrentamientos entre huestes villistas y carrancistas; los presbíteros David Galván y José María Araiza, se dispusieron a auxiliar a los moribundos y heridos.

Cuando cruzaban el jardín botánico, frente al viejo Hospital de San Miguel, fueron interceptados por Enrique Vera, quien ordenó su arresto inmediato.

Los carrancistas del 37 Regimiento ligero de línea pusieron a los sacerdotes a disposición de las autoridades militares; las legislaciones de Vera arrancaron, sin juicio previo, la pena de muerte. No obstante, un oportuno indulto salvó la vida del Padre Araiza; no corrió con la misma suerte su compañero, remitido a la calle Coronel Calderón, junto a la barda del Cementerio de Belén.

Frente al pelotón de fusilamiento y sin perder la entereza, la víctima distribuyó los objetos de valor que portaba. No quiso que le vendaran los ojos y frente a los encargados de ejecutarlo, se señaló serenamente el pecho para recibir las balas; sus últimas palabras fueron para sus verdugos: “Les perdono lo que ahora van a hacer conmigo”.

En junio de 1922 los restos del Padre David Galván fueron depositados en un templo en construcción, próximo al lugar del martirio, la actual Parroquia de Nuestra Señora del Rosario.


San Jesús Méndez Montoya

5 de febrero

Nacido en Tarímbaro, Michoacán el 10 de junio de 1880 y ordenado sacerdote, le fue encomendada la población de Valtierrilla, en donde se dedicó a su ministerio sacerdotal y veneró especialmente a la Santísima Virgen.

Su vida, sin embargo, no transcurrió tranquila. Pobladores de Valtierrilla quisieron sumarse a los cristeros y fijaron la fecha del 5 de febrero de 1928 para su levantamiento; sin embargo fueron delatados y acudieron los soldados de Sarabia para sofocar al grupo, con el que el padre Méndez nada tuvo qué ver, pues jamás empuñó las armas.

Durante la persecución callista, muchos sacerdotes se escondieron o se alejaron de sus parroquias buscando lugares mas seguros, pero el Padre Méndez siguió ejerciendo su ministerio, aunque ocultamente: celebraba su misa muy temprano, bautizaba, confesaba. Por la noche salía a bautizar a las casas, y durante el día atendía a los enfermos.

No abandonó a sus ovejas en el tiempo de la persecución, y en varias ocasiones expresó su deseo de ser mártir.

El 5 de febrero de 1928, a eso de las cinco de la mañana, estaba terminando de celebrar la Misa cuando se escucharon los primeros disparos de los federales, que venían entrando al pueblo en busca de los que se iban a levantar en armas. Entonces tomó el copón con las hostias consagradas y lo escondió bajo su tilma con la que se cobijaba cuando hacía frío, pero queriendo buscar una mayor seguridad para el Santísimo, se brincó por una ventana de la Notaría que daba a la torre. Unos soldados habían ya subido al campanario para poder ver la dirección que tomaban los cristeros que huían.

Inmediatamente que vieron al sacerdote bajaron con rapidez, pensando quizá, sin conocerlo, que sería alguien armado.
Al revisarlo encontraron el copón que apretaba contra su pecho y le preguntaron: «¿Es usted cura?», a lo cual les respondió: «Si, soy cura». Esto bastó para que lo aprehendieran. El les dijo: «A ustedes no les sirven las hostias consagradas; dénmelas». Pidió a los soldados unos momentos para recogerse en oración, se puso de rodillas y comulgó. Dijeron después los soldados: «Déles esa joya a las viejas», refiriéndose a su hermana Luisa y a la sirvienta Ma. Concepción, que trataban de arrebatarles al Padre, siendo rechazadas por los soldados. Él entregó el copón diciéndoles: «Cuídenlo y déjenme, es la voluntad de Dios».
Seis u ocho soldados lo llevaron al lugar del sacrificio, distante una media cuadra de la plaza, lo sentaron en un palo que había allí, en medio de dos soldados. El capitán Muñiz intentó dispararle con una pistola que no funcionó. Ordenó entonces a los soldados que le dispararan. Tres veces lo hizo cada soldado con su rifle, pero ningún disparo hizo blanco; o porque no quisieron o porque no pudieron atinarle. Entonces el oficial ordenó al prisionero que se pusiera de pie; lo examinó, le quitó un crucifijo y unas medallas; lo colocó junto a unos magueyes; le disparó y cayó al suelo. Poco más o menos a las siete de la mañana, estaba ya muerto.

Como a las tres de la tarde del mismo día 5, se llevaron el cuerpo a Cortázar en una camioneta de redilas, propiedad del Gobierno. Los soldados lo pusieron junto a la vía del tren con el fin de que fuera despedazado, e hicieron desfilar ante el cuerpo a todas las gentes de Valtierrilla que se habían llevado en calidad de detenidos. Las mujeres de los oficiales, sin embargo, quitaron el cuerpo de allí y se lo llevaron a un portalillo. Entonces los soldados cavaron una fosa en el machero de los caballos para enterrarlo, pero las soldaderas se opusieron, y como el señor Elías Torres les pidiera el cuerpo para sepultarlo, se lo concedieron. Un carpintero de Sarabia, Alberto Delgado, hizo el féretro y fue velado el cuerpo en el portal de los Carmona y sepultado en Cortázar por Elías Torres.

Cinco años después, el Padre Segoviano, Vicario fijo de Valtierrilla, con su feligresía, fue a Cortázar y exhumó los restos que fueron identificados por el señor Elías Torres; los familiares también los identificaron por un mechón blanco que tenía en el pelo y por la ropa que vestía. Además, el sitio de la sepultura era conocido por la gente del lugar. El Padre Segoviano depositó la urna con los restos en el piso del presbiterio de la iglesia parroquial y sobre ellos una lápida de mármol con los datos del nombre y fecha de su sacrificio.

Al ser construida la nueva iglesia parroquial, el Padre Alberto Campos colocó los restos en la esquina izquierda del presbiterio. En 1987 los restos fueron nuevamente exhumados, dado que se estaban realizando trabajos de ampliación de la iglesia, y fueron guardados bajo llave y custodia del señor Cura D. Antonio Meza.

 

San Mateo Correa Magallanes

6 de febrero

Mateo Correa Magallanes nació en Tepechitlán, Zacatecas el 22 de julio de 1866, hijo de Don Rafael Correa y Doña Concepción Magallanes.

El 12 de enero de 1881 dejó Guadalajara y regresó a Zacatecas para ingresar al Seminario donde fue admitido de caridad; posteriormente por su buena conducta y aplicación al estudio, se le concedió una beca y así pudo ser admitido como alumno interno.

Fue ordenado sacerdote el 20 de agosto de 1893, y el 1o. de septiembre cantó su primera misa en la parroquia de Fresnillo, Zacatecas. Durante varios años fue capellán de diferentes lugares de Zacatecas y Jalisco, hasta que en 1926 llegó a Valparaíso, Zacatecas. Su llegada coincidió con la labor que el grupo de la A.C .J.M. hacía en el pueblo, ya que daban a conocer el Manifiesto que el Comité General de la Acción Católica había enviado y juntaban firmas para pedir al Congreso la derogación de las leyes anticatólicas.

El día 2 de marzo llegó a Valparaíso el General Eulogio Ortiz, quien al enterarse de los trabajos de los acejotaemeros en el pueblo, lleno de ira mandó que ante él se presentaran los sacerdotes Correa y Arroyo, a quienes luego de interrogarlos, les dijo: «prepárense porque los voy a llevar a Zacatecas para ponerlos presos por sediciosos ¿Tienen en qué ir?». No, contestaron los sacerdotes. «Pues irán a pie», agregó el general. «Como guste, mi General», dijo el Sr. Cura Correa. El día ocho, a las ocho de la noche, el Sr. Cura, su vicario y los tres muchachos de la A.C .J.M. se pusieron en camino y llegaron a Zacatecas el día nueve a las diez de la mañana.

El General Ortiz al tener en su presencia a los sacerdotes y a los jóvenes, preguntó: «¿Por qué no habían venido?». «Por falta de dinero», respondió el Sr. Cura. «Pobrecito clero mexicano, ¡Tan pobre que está!», dijo Ortiz con marcada ironía. El general ordenó a su secretario que fueran consignados al Agente del Ministerio Público bajo el cargo de sedición, sin embargo el juez de Distrito ordenó su libertad al no encontrar delito que perseguir.

De nuevo en su parroquia, el Sr. Cura se entregó con renovados bríos a su ministerio y también se intensificó la fundación de grupos de la A.C .J.M.

Con el fin de descansar, el Sr. Cura Correa fue invitado a la Hacienda de San José de Sauceda; estando ahí, el domingo 30 de enero de 1927, un señor rogó al Sr. Cura que fuera al rancho de La Manga para que atendiera a su señora madre que estaba gravemente enferma. Acompañado del Sr. Miranda, su anfitrión, salieron a atender el llamado, pero en su camino el Sr. Miranda divisó una tropa, por lo que sugirió al Cura que se regresaran para ocultarse. «Nos pueden ver y nos hacemos de delito», fue la respuesta del Señor Cura, por lo que solamente tomaron cierta precaución, el Sr. Cura tomó las riendas del carro como si fuera un servidor del Sr. Miranda y siguieron adelante.

Ya había pasado parte de la tropa y nadie los había molestado, pero entre los soldados iba un agrarista, quien conocía perfectamente al Sr. Cura y al Sr. Miranda. Le comunicó al mayor que allí iba el Sr. Cura de Valparaíso, y el mayor inmediatamente mandó a un oficial para que los aprehendiera.

Fueron encarcelados y trasladados a Durango. En el camino, el Sr. Cura, se mostró muy amable con los soldados y les hizo algunos regalos. Ya en Durango, compartió su comida con los presos y al terminar de tomar los alimentos los hacía dar gracias a Dios. Por la noche todos rezaban el santo rosario. El día 5, como a las 9 de la mañana, llegó por él el sargento de guardia para llevarlo ante el General Ortiz, quien ordenó al Sr. Cura: «Primero va usted a confesar a esos bandidos rebeldes que ve allí, y que van a ser fusilados enseguida; después ya veremos qué hacemos con usted» ... El Sr. Cura confesó a aquellos cristianos y los alentó a bien morir. Al terminar, se acercó el General Ortiz y dijo al Sr. Cura: «Ahora va usted a decirme lo que esos bandidos le han dicho en confesión». «Jamás lo haré» dijo el Sr. Cura... «¿Cómo que jamás?», vociferó el General. Inmediatamente y muy irritado gritó: «Voy a mandar que lo fusilen inmediatamente». «Puede hacerlo», dijo el sr. Cura, «Pero no ignora usted General, que un sacerdote debe guardar el secreto de la confesión... Estoy dispuesto a morir».

El día 6 de febrero, de madrugada, los soldados sacaron al Sr. Cura de la Jefatura militar, y llevándolo rumbo al panteón oriente, hasta un lugar solitario, lleno de hierba silvestre, lejos de la ciudad, y le quitaron la vida. En el mismo lugar de la muerte quedó el cadáver insepulto durante tres días.

Hoy los restos del llorado Sr. Cura D. Mateo Correa Magallanes, se encuentran en la Catedral de Durango, depositados en la Capilla de San Jorge Mártir.

 

San Pedro de Jesús Maldonado

11 de febrero

Nació en Sacramento, Chihuahua el 8 de junio de 1892, hijo de Apolinar Maldonado y de Micaela Lucero.

Tenía 17 años cuando sintió la vocación y, por los consejos de sus maestros, ingresó al Seminario Conciliar de Chihuahua. Las condiciones de pobreza por las que atravesaba el Seminario, en especial la deficiente alimentación, fueron la causa de que se desarrollara débil y enfermizo.

En 1918 fue enviado a El Paso, Texas, para recibir las órdenes sagradas, pues el Señor Obispo de Chihuahua estaba enfermo. Le fue conferida la ordenación sacerdotal por el Obispo Don Jesús Schuler, S.J., la mañana del 25 de enero de 1818, en la Catedral de San Patricio. Celebró su Primera Misa en la Parroquia de la Sagrada Familia , Chihuahua, Chih., el 11 de febrero, festividad de la Virgen de Lourdes.

Su salud no fue muy buena ya que incluso por ese motivo tuvo que renunciar al encargo de su Parroquia de Jiménez; posteriormente, el 1o. de enero de 1924 fue nombrado párroco de Santa Isabel, en donde permaneció hasta su muerte, en 1937.

Encendió el entusiasmo y la piedad en sus feligreses. Se incrementaron sobremanera la Adoración Nocturna y la adoración perpetua al Santísimo Sacramento. Fomentó el amor y devoción a la Santísima Virgen María en sus diversas advocaciones.

En 1926 se desató la persecución religiosa, se suspendió el culto público, se cerraron templos, seminarios y escuelas; sin embargo, hasta 1929 no se registraron mayores conflictos debido a la sensatez de las autoridades de Chihuahua; fue hasta 1931-1932, cuando se desató una nueva persecución en Chihuahua, se persiguió y desterró a sacerdotes, se cerraron templos, se obligó a maestros a firmar declaraciones y adhesiones impías, se prohibieron manifestaciones de protesta.

En 1934, el Padre Maldonado fue preso y desterrado a El Paso, Texas, en donde no permaneció mucho tiempo y en cuanto pudo regresó a Santa Isabel. De allí se dirigió al rancho «El Pino», en donde permaneció un año, hasta que en 1936 decidió quedarse en un poblado cerca de Santa Isabel, « La Boquilla del Río», donde una heroica familia cristiana convirtió su casa en oratorio, en la que casi públicamente celebraba los actos de culto.

La Semana Santa de 1936 la celebró con especial solemnidad. El Viernes Santo realizó los oficios divinos. Terminado el sermón del pésame, una persona lo llamó para que fuera a confesar a unos enfermos en un lugar peligroso de la parroquia. Al regreso fueron sorprendidos a balazos, que les llovían por todos lados.

El 10 de febrero de 1937, Miércoles de Ceniza, se dedicó a confesar e imponer ceniza, cuando se presentaron un grupo de hombres armados y alcoholizados, que iban a aprehender al Padre y aunque los pobladores quisieron ocultarlo, finalmente fue arrestado. Echaron al Padre andando por delante de los caballos, descalzo; y seguido por algunas personas, tomaron el camino a Santa Isabel. El Padre comenzó a rezar el rosario y todos contestaban, menos los esbirros, que en ocasiones trataban de echarle el caballo encima. Así recorrió casi tres kilómetros, hasta llegar a Santa Isabel.

Arribaron a la Presidencia y sólo el padre pasó la puerta de entrada; el Presidente Municipal lo tomó de los cabellos y le propinó un golpe. Al llegar al segundo piso, Andrés Rivera, cacique de los políticos de la región, lo recibió con un tremendo pistolazo en la frente, quebrándole el cráneo en círculo y saltándole casi el ojo izquierdo. De allí, los esbirros, siguieron golpeando al indefenso sacerdote con las culatas de los rifles, arrastrándole por la escalera hasta el segundo piso. Allí quedo tirado, inconsciente, bañado en su sangre inocente y, apretando el relicario sobre su pecho, permaneció hasta el momento de su muerte. Los malhechores se dispersaron.

Aún con vida fue socorrido por unas mujeres que lo llevaron a Chihuahua al Hospital Civil, en donde recibió la absolución, la santa unción y la bendición papal. En la madrugada del día siguiente murió.

El cadáver fue llevado a la casa episcopal y ataviado con todas las vestiduras sacerdotales, en un sencillo ataúd fue colocado en la capilla ardiente que se improvisó en la sala Cementerio de Dolores para después ser llevado al Cementerio de Dolores, en el lote de la familia Enríquez, se hizo el diseño de un sencillo monumento y en él la inscripción: «TU ERES SACERDOTE».

El sangriento asesinato del padre Maldonado provocó la molestia de la población, que pese a las amenazas, se movilizó en una manifestación pidiendo el respeto y la libertad de culto.

 

San Toribio Romo González

25 de febrero

Precisamente cuando la guerra de los Cristeros estaba en su apogeo, el Padre Toribio Romo González, quien había recibido muy joven la orden sacerdotal el 23 de diciembre de 1922, recibió la encomienda de la Parroquia de Tequila, lo cual no era una misión apetecible ya que el municipio era entonces uno de los lugares donde las autoridades civiles y militares más perseguían a los sacerdotes.
No se intimidó por ello y localizó una antigua fábrica de tequila que se encontraba abandonada cerca del rancho Agua Caliente, la utilizó como refugio y lugar para seguir celebrando misas.

Su gran amor a la Eucaristía le hacía repetir con frecuencia esta oración: Señor, perdóname si soy atrevido, pero te ruego me concedas este favor: no me dejes ni un día de mi vida sin decir la Misa , sin abrazarte en la Comunión... dame mucha hambre de Ti, una sed de recibirte que me atormente todo el día hasta que no haya bebido de esa agua que brota hasta la Vida Eterna , de la roca bendita de tu costado herido. ¡Mi Buen Jesús!, yo te ruego me concedas morir sin dejar de decir Misa ni un solo día.

Así ocurrió hasta el día de su muerte, cuando fue sorprendido durante un descanso que tomó antes de celebrar la misa.

Días antes, administró la Primera Comunión a un grupo de 20 niños que él mismo preparó; celebró la Misa con fervor extraordinario y, a la hora de impartir la Sagrada Comunión , pidió a los neocomulgantes reiteraran su fe y su amor a Jesucristo y pidieran por la paz de la Iglesia. Estaba muy emocionado, y mientras sostenía en sus manos temblorosas la Sagrada Hostia , dijo en voz alta: ¿Aceptarás mi sangre, Señor?. Las lágrimas le impidieron continuar; cuando pudo pronunciar palabra, repitió la frase: ¿Y aceptarás mi sangre Señor, que te ofrezco por la paz de la Iglesia ?.

Asimismo, el jueves 23 de febrero de 1928, prácticamente se despidió de su hermano el Padre Román, con quien celebró el Santo Sacrificio para después confesarse con él, y pedirle su bendición, antes de irse le entregó una carta con el encargo de que no la abriera sin orden expresa.

El Padre Toribio presentía su muerte. El viernes siguiente, después de haber celebrado la Santa Misa , quiso poner todo al corriente. Invirtió esa jornada arreglando las cuentas de la parroquia; hasta en la tarde interrumpió el trabajo para rezar el Rosario y el Oficio Divino; por la noche terminó la documentación relativa a los Matrimonios y Bautismos, concluyendo la madrugada del sábado. A las cuatro de la mañana pensó celebrar la misa para luego acostarse, pero lo reconsideró y optó por dormir un rato para después celebrar mejor.

Una hora más tarde, una tropa compuesta por soldados federales y agraristas, avisados por un delator, sitió el lugar, brincaron las bardas y tomaron las habitaciones del señor León Aguirre, encargado de la finca. Al verlo, un agrarista dijo: Este no es el Cura; enseguida ocuparon la habitación donde reposaba el Padre Toribio. Uno de la tropa, retirándole el brazo que le ocultaba el rostro, gritó: Este es el Cura, ¡Mátenlo!. La exclamación despertó al sacerdote, quien, sorprendido, atinó a decir: Si soy, pero no me maten... Ni siquiera pudo terminar la frase, lo acribillaron los rifles de sus verdugos, que acompañaban de insultos sus proyectiles. El Padre Toribio, herido de muerte, pudo dar algunos pasos, hacia la puerta de ingreso; una segunda descarga lo hizo caer para no levantarse más. En esos momentos, su hermana corrió hacia él, lo tomó entre sus brazos y con voz fuerte lo dijo: Valor, Padre Toribio... ¡Jesús Misericordioso, recíbelo! ¡Viva Cristo Rey!. Con una última mirada se despidió el Padre Toribio de la entrañable hermana que le llevó al sacerdocio y lo asistió en el martirio.

Soldados y agraristas desnudaron a su víctima. María fue hecha prisionera; a pie y descalza se le condujo hasta un calabozo en el mismo lugar.

Días después del doloroso acontecimiento, el Padre Román recordó la carta última de su hermano Toribio. Esto fue lo que leyó: Padre Román, te encargo mucho a nuestros ancianitos padres; haz cuanto puedas por evitarles sufrimientos. También te encargo a nuestra hermana Quica, que ha sido para nosotros una verdadera madre.

Veinte años después de su sacrificio, los restos del mártir Toribio Romo regresaron a su lugar de origen, y fueron depositados en la capilla construida por él, en Jalostotitlán.

Toribio Romo nació en Santa Ana de Guadalupe, caserío de Jalostotitlán, Jalisco, el 16 de abril de 1900 y a los 21 años de edad debió solicitar dispensa de edad a la Santa Sede antes de proceder a la recepción del orden presbiteral.

 

San Julio Álvarez Mendoza

30 de marzo

Se distinguió por ser amable y bondadoso con todos, comunicativo y sencillo, desprendido y generoso. Sus muchas habilidades las puso al servicio del prójimo; emprendedor y caritativo, llegó a regalar incluso la camisa que llevaba puesta a quien la necesitaba.

Don Julio, quien nació el 20 de diciembre de 1866 en Guadalajara, Jalisco, enseñó a sus feligreses el oficio de la sastrería y él mismo confeccionaba prendas para los pobres.

Su familia, encabezada por Atanasio Alvarez y Dolores Mendoza, carecía de recursos económicos, sin embargo la generosidad de unos bienhechores y la aplicación de Julio en los estudios, le permitieron formarse con suficiencia en un colegio de estudios superiores, antes de ingresar, en 1880, al Seminario Conciliar de Guadalajara.

Su arzobispo, don Pedro Loza y Pardavé, lo ordenó presbítero el 2 de diciembre de 1894. Una semana más tarde lo envió a su primer y único destino, la Capellanía de Michoacanejo, misma que fue elevada a Parroquia y agregada al Obispado de Aguascalientes.

Desde su llegada a Michoacanejo se distinguió por su celo pastoral. Cuando debía reprender las faltas de sus fieles, lo hacía con prontitud, firmeza y siempre de la mejor manera, sin herir los sentimientos de las personas.
Cuando los Obispos de México decretaron en agosto de 1926 la suspensión del culto público, el Padre Julio decidió permanecer en su Parroquia y a partir de entonces, administró los Sacramentos a hurtadillas, oculto en los ranchos. No creía poder ser uno de los “agraciados” sacerdotes que morían fusilados porque –decía- “Dios no escoje basura para el martirio”.

Sin embargo, el ejército federal implementó actitudes de represión extrema luego de que muchos católicos de la región se sublevaron contra las leyes anticlericales del Gobierno y finalmente, el 26 de marzo de 1927, a las 16:00 horas, una partida de soldados aprehendió al eclesiástico, quien junto con dos acompañantes, se dirigían al rancho El Salitre, a celebrar Misa. Descubierta su identidad, inició un penoso calvario para él y sus camaradas, fueron remitidos a San Julián, Jalisco, en donde en ayunas y con las manos atadas, se le prohibió descansar sentado; o se mantenía de pie o arrodillado.

El día 30 de marzo, a las 5:15 horas, un capitán de apellido Grajeda condujo al reo al paredón. ¿Siempre me van a matar? –“Esa es la orden que tengo”. – “Bien –repuso el mártir-, ya sabía que tenían que matarme porque soy sacerdote; cumpla usted la orden, sólo le suplico que me concedan hablar tres palabras: Voy a morir inocente porque no he hecho ningún mal. Mi delito es ser Ministro de Dios. Yo les perdono a ustedes; sólo les ruego que no maten a los muchachos porque son inocentes, nada deben”. Cruzó los brazos y de los soldados recibió la descarga fatal.
El cadáver fue abandonado en un tiradero de basura, próximo al templo parroquial, hasta que los habitantes de San Julián, enterados de que habían matado a un sacerdote, procedieron a velarlo y darle sepultura.

En el sitio donde lo aprehendieron se colocó una lápida y una cruz; lo mismo se hizo en el lugar del martirio. Sus restos, años más tarde, fueron trasladados a Michoacanejo. Todos estos lugares son meta de peregrinación de numerosos fieles, atraídos por el recuerdo de la vida ejemplar y muerte edificante de San Julio Álvarez.

 

San David Uribe Velasco

12 de abril

Desde los 14 años de edad, cuando su padre Juan Uribe Ayala, quiso probar la firmeza de la decisión de su hijo David de ingresar al Seminario y le advirtió que se acercaban tiempos muy difíciles para los sacerdotes ya que estaban siendo perseguidos, el joven David Uribe mostró claramente su deseo por estar cerca de Cristo. “Esto no me da miedo, ojalá tuviera la dicha de dar mi vida por Jesús», dijo.

Sus padres le enseñaron la doctrina cristiana, el rezo del rosario y otras devociones lo mismo que a leer y escribir, en tanto que él jugaba a ser sacerdote.
En 1909 inició sus estudios eclesiásticos, a los dos años, su madre cayó gravemente enferma y, a juicio del sacerdote que la auxilió, sólo un milagro podía devolverle la salud. Se le dio aviso a David, quien al recibir el mensaje se fue al Sagrario y con lágrimas en los ojos rogó a Dios que prolongase la vida de su madre, siquiera siete años después de su ordenación sacerdotal. Su súplica fue escuchada.
El joven David fue elegido por el Ilmo. y Rev. Sr. Antonio Hernández Rodríguez, para que lo acompañara en su ministerio frente al Obispado de Tabasco, por lo que a petición suya, el Sr. Obispo de Chilapa, D. Francisco Campos, ungió sacerdote a David el 2 de marzo de 1913 y partió a su pueblo natal para celebrar su primera misa solemne, dando una sorpresa a su familia.

Pasados unos días con su familia, el padre David comenzó a recibir diversas encomiendas en diferentes partes del país y cuando en 1914, el Gobierno del Estado inició una verdadera persecución a la Iglesia : El señor Obispo y él, no queriendo abandonar a sus ovejas, optaron por ocultarse, pero los perseguían con saña y no estaban seguros en ninguna parte; además, el Gobierno ofreció una fuerte suma de dinero al que los entregara vivos o muertos. El Sr. Hernández, viendo que nada podía hacer, juzgó prudente retirarse de Tabasco y se embarcaron hacia Veracruz.

Estando en alta mar se desató una terrible tormenta que hundió la embarcación dejando a los dos sacerdotes con vida y a cuatro personas más. Desfallecidos, llegaron a la ribera, en donde pidieron posada; sin embargo la casa a la que llegaron era propiedad de gente de Gobierno que había ofrecido una fuerte suma de dinero por ellos, por lo que tuvieron que emprender nuevamente la huída. Caminaron casi a tientas en la oscuridad de la noche y, fatigados y exhaustos se apartaron un poco de la vereda pretendiendo esperar ahí la luz del día. No bien habían reposado un poco cuando oyeron voces y vieron que los buscaban varios individuos con reflectores; providencialmente, aunque pasaron varias veces junto a ellos, no los encontraron.

Una vez repuestos, el padre David recibió diversas encomiendas y en su camino visitó su casa.
Posteriormente, en su caminos, se encontró con el General Encarnación Díaz quien de inmediato lo hizo prisionero por el delito de «ser sacerdote». Ocho días lo tuvieron preso e incomunicado y lo sentenciaron a muerte, pero fue entonces reconocido por el Mayor Félix Ocampo, su tío, quien detuvo la ejecución, consiguió el indulto, y lo puso fuera de peligro.
Fue nombrado párroco de Buenavista, en donde en 1917; los partidarios de Zapata se dedicaron a extorsionar al pueblo, mismo que se levantó en armas y salió a la defensa de su honra y de sus derechos. Se trabó sangrienta lucha, hubo pérdidas de ambos lados y el campo de batalla quedó sembrado de muertos y heridos. El padre David estuvo auxiliando a los moribundos.

Durante la persecución religiosa, el padre David acató con sumisión la suspensión del culto público, pero permaneció en la casa cural, asegurando a sus fieles que sólo a la fuerza lo harían salir y así sucedió. Hostigado implacablemente, tuvo que trasladarse a la capital de la República pero, afligido por haber dejado a los suyos, emprendió su regreso; al tomar el tren, fue invitado a pasar a un carro contiguo en donde se encontraba el General Adrián Castrejón, con quien sostuvo una conversación hasta que fue llevado a un hotel, en donde permaneció por bastante tiempo en tanto que fieles y familiares intentaban obtener su libertad, lo que no ocurrió. Mientras se giraban diversas recomendaciones para que el padre David Uribe fuera dejado en libertad, se daba falsa información de su localización ya que se encontraba en una celda en la que pudo escribir: «Declaro ante Dios que soy inocente de los delitos de que se me acusa.

Estoy en las manos de Dios y de la Santísima Virgen de Guadalupe. Decid a mis superiores esto y que pidan a Dios por mi alma. Me despido de familia, amigos y feligreses de Iguala y les mando mi bendición... perdono a todos mis enemigos y pido a Dios perdón a quien yo haya ofendido «
El 12 de abril de 1927 fue sacado de su celda y conducido a la carretera, en donde se puso de rodillas y desde lo más profundo de su alma imploró de Dios el perdón de sus pecados y la salvación de México y de su Iglesia. Se levantó tranquilo y dirigiéndose a los soldados con paternal acento, les dijo: «Hermanos, hínquense que les voy a dar la bendición. De corazón los perdono y sólo les suplico que pidan a Dios por mi alma. Yo, en cambio, no los olvidaré delante de Él». Levantó firme su diestra y trazó en el aire el signo luminoso de la cruz; después, repartió entre los mismos su reloj, su rosario, un crucifijo y otros objetos.

Colocaron de espaldas a la víctima inocente y uno de ellos jaló el gatillo y de certera bala le atravesó el cráneo destrozándole el ojo izquierdo. Instantáneamente cayó el cuerpo inerte y sin vida.

Al ser encontrado su cuerpo, manos piadosas lo sepultaron pero al tercer día fue llevado a Buenavista y por algún tiempo estuvo enterrado en su misma casa. Más tarde los restos fueron colocados en el Ciprés del Altar Mayor de la parroquia y poco después se colocaron en la pared izquierda del mencionado templo, cerca de la puerta mayor, donde numerosas personas se encomiendan a su intercesión.

 

San Sabás Reyes Salazar

13 de abril

Capturado por las tropas federales, ya cerca su fin, fue objeto de crueles tormentos que parecían no tener fin.

Fue el único párroco que permaneció en Totolán desatada la guerra Cristera. Luego de que el ejército federal dispuso capturar a los sacerdotes por promover la rebelión, Algunos amigos le sugirieron al Padre Sabás que se pusiera a salvo, pero él, con firmeza, declaró: Mis superiores aquí me dejaron y mi párroco me encomendó la atención de la parroquia, por eso aquí permaneceré; si es la voluntad de Dios, aceptaré de buena gana el martirio.

Días después, avisado de que las tropas federales atacarían Totolán, se ocultó en el domicilio de la señora María Ontiveros, junto con tres acompañantes: el joven José Beltrán, y los niños Octavio Cárdenas y Salvador Botello.

Desde ese momento hasta su captura se mantuvo rezando el Rosario y aunque cuando los soldados llegaron a su escondite la dueña de la casa negó que ahí estuviera, cuando ingresaron al lugar y preguntaron por el fraile, el padre Reyes salió del traspatio y dijo: Aquí estoy, ¿qué se les ofrece?. Por respuesta le ataron fuertemente los brazos.

Fue remitido a la iglesia parroquial, convertida en caballeriza y cuartel general de los soldados federales y amarrado a un pilastrón bajo los inclementes rayos del sol; durante varias horas se le negó agua para beber y finalmente se permitió que una mujer le proporcionara alimento. A ella le pidió que las señoras pidieran a Dios por él.

Por la noche del día 12, atado de las manos y sujeto al cuello por una soga, compareció ante el general Izaguirre, quien tenía la consigna de capturar al párroco don Francisco Vizcarra y al presbítero José Dolores Guzmán. ¿Dónde está el Cura Vizcarra?. El Padre Reyes no despegó los labios. Un fuerte tirón lo derribó al piso. Pregunta y tortura se repitieron con implacable crudeza hasta donde las fuerzas del mártir lo permitieron.

Para seguirlo atormentando, fueron encendidas dos hogueras, una próxima a su rostro y otra junto a los pies del reo. Éste, entre tanto, musitaba una y otra vez: Señor de la Salud , Madre mía de Guadalupe, dadme algún descanso. El brutal tormento se prolongó hasta las primeras horas del alba. De cuando en cuando, alguno de los soldados le pegaba en la piel un tizón ardiendo y se burlaba: Tú que dices que baja Dios a tus manos, que baje ahora a librarte de las mías.

Indecibles fueron las horas transcurridas, hasta el anochecer del Miércoles Santo, casi a rastras lo condujeron al panteón municipal en donde fue acribillado. Uno de sus verdugos comentó luego: Me pesa mucho haber matado a ese padre; murió injustamente. Le habíamos dado ya tres o cuatro balazos y todavía se levantó y gritó ¡Viva Cristo Rey!.
Todo el pueblo consideró al Padre Sabás Reyes como un mártir y como a tal, venera sus reliquias en un anexo al templo parroquial de Tototlán, Jalisco.


Sabás Reyes nació en Cocula, Jalisco el 5 de diciembre de 1883. Con sus padres, Norberto Reyes y Francisca Salazar, se trasladó a Guadalajara, en donde tuvo una infancia extremadamente pobre. Para mitigar el hambre y la desnudez fue voceador de periódicos y mal pudo concluir la instrucción primaria. Una salud frágil y una limitada capacidad intelectual fueron las secuelas de tantas carencias.

Adolescente, ingresó al Seminario Conciliar de Guadalajara, en donde según los criterios de la época, sus cortas facultades en el campo del saber lo descalificaban para ordenarse clérigo por Guadalajara; sin embargo teniendo en cuenta su noble índole, los superiores mismos le recomendaron agregarse a una diócesis necesitada; humilde y constante en su vocación. Sabás fue recibido en la Diócesis de Tamaulipas, donde recibió las órdenes sagradas, incluyendo en diciembre de 1911, el presbiterado.

 

San Román Adame Rosales

21 de abril

Nacido en Teocaltiche, Jalisco, el 27 de febrero de 1859, fue ordenado presbítero por su obispo, Don Pedro Loza y Pardavé, el 30 de noviembre de 1890, tras lo cual, le fueron conferidos varios nombramientos hasta que el 4 de enero de 1914 llegó al que sería su último destino, Nochistlán, Zacatecas.

Prudente y ponderado en su ministerio, fue nombrado Vicario Episcopal foráneo para las parroquias de Nochistlán, Apulco y Tlachichila.

Quienes lo conocieron, lo recuerdan fervoroso; rezaba el oficio divino con particular recogimiento; todas las mañanas, antes de celebrar la Eucaristía , se recogía en oración mental. Atendía con prontitud y de buena manera a los enfermos y moribundos, predicaba con el ejemplo y con la palabra. Evitaba la ostentación; vivía pobre y ayudaba a los pobres. Su vida y su conducta fueron intachables y la obediencia a sus superiores constante. Edificó en su parroquia un templo a Señor San José y algunas capillas en los ranchos; fundó la asociación Hijas de María y la cofradía Adoración Nocturna del Santísimo Sacramento.

En agosto de 1926, viéndose como todos los sacerdotes de su época, en la disyuntiva de abandonar su parroquia o permanecer en ella aún con la persecución religiosa, el anciano párroco de Nochistlán se decidió por la segunda, ejerciendo su ministerio en domicilios particulares y no pasó un año cuando tuvo que abandonar su domicilio, siendo desde entonces su vida, un constante andar de la «Ceca a la Meca ».

La víspera de su captura, el 18 de abril de 1927, comía en la ranchería Veladores; una de las comensales, María Guadalupe Barrón, exclamó: ¡Ojalá no vayan a dar con nosotros! Sin titubeos, el párroco dijo: ¡Qué dicha sería ser mártir!, ¡dar mi sangre por la parroquia!.

Un nutrido contingente del ejército federal, a las órdenes del Coronel Jesús Jaime Quiñones, ocupaban la cabecera municipal, Nochistlán, cuando un vecino de Veladores, Tiburcio Angulo, pidió una entrevista con el jefe de los soldados para denunciar la presencia del párroco en aquel lugar.

El coronel dispuso de inmediato una tropa con 300 militares para capturar al indefenso clérigo. Después de la media noche del 19 de abril; sitiada la modesta vivienda donde se ocultaba, el señor cura fue arrancado del lecho, y sin más, descalzo y en ropa interior, a sus casi setenta años, maniatado, fue forzado a recorrer al paso de las cabalgaduras la distancia que separaba Veladores de Yahualica.

Al llegar a río Ancho, uno de los soldados, compadecido, le cedió su cabalgadura, gesto que le valió injurias y abucheos de sus compañeros. El Padre Adame estuvo preso, sin comer ni beber, sesenta horas. Durante el día era atado a una columna de los portales de la plaza, con un soldado de guardia y durante la noche era recluido en el cuartel; conforme pasaban las horas, su salud se deterioraba.

A petición del párroco, Francisco González, Jesús Aguirre, y Francisco González Gallo, gestionaron su libertad ante el coronel Quiñones, quien, luego de escucharlos, les dijo: Tengo órdenes de fusilar a todos los sacerdotes, pero si me dan seis mil pesos en oro, a éste le perdono la vida.

Con el dinero en sus manos, el coronel quiso fusilar a quienes aportaron la cantidad, pero intervinieron Felipe y Gregorio González Gallo, para garantizar que el pueblo no sufriera represalias. El azoro y el terror impuesto por los militares y la inutilidad de las gestiones cancelaron las esperanzas de obtener la libertad del párroco.
La noche del 21 de abril un piquete de soldados condujo al reo del cuartel al cementerio municipal. Muchas personas siguieron al grupo llorando y exigiendo la libertad del eclesiástico. Junto a una fosa recién excavada, el sacerdote rechazó que le vendaran los ojos, sólo pidió que no le dispararan en el rostro; sin embargo antes de fusilarlo uno de los soldados, Antonio Carrillo Torres, se negó repetidas veces a obedecer la orden de preparen armas, por lo que se le despojó de su uniforme militar y fue colocado junto al señor cura. Se dio la orden ¡apunten!, enseguida la voz ¡fuego!; el impacto de las balas derrumbó al Padre Adame y, acto continuo, a Antonio Carrillo. Quince minutos después, cuatro vecinos colocaron el cadáver del mártir en un mal ataúd, y lo sepultaron en la fosa inmediata al lugar de la ejecución, donde yacía el soldado Carrillo.

Años después, fueron exhumados los restos del sacerdote y trasladados a Nochistlán, Zacatecas, donde se veneran. El párroco de Yahualica, Don Ignacio Íñiguez, testigo de la exhumación, consignó que el corazón de la víctima se petrificó, y su Rosario estaba incrustado en él.

 

San Agustín Caloca Cortés

25 de mayo

Un día soleado del mes de mayo de 1927 llegó hasta el Seminario Auxiliar de Nuestra Señora de Guadalupe la noticia de que soldados de la federación se encontraban casi a la entrada de Totatiche.

El Padre Agustín Caloca, prefecto del Seminario, dio la orden de que los alumnos abandonaran rápidamente el plantel y se dispersaran para pasar como vecinos ordinarios del pueblo. Él se quedó al último para evitar hasta donde fuera posible la apariencia de una casa de estudio para seminaristas.

Esto relató el Presbítero Rafael Haro Llamas, testigo de la captura del Beato Caloca: “Me dijo a mí que lo esperara, que en seguida saldríamos él y yo; me correspondía acompañarlo, tanto en mi calidad de seminarista, alumno entonces del cuarto año, como por estar hospedado en su casa y todavía más, en mi calidad de coterráneo”.

Cuando salieron del lugar el tema de conversación dejó sentir una fuerza volcánica contenida en el pecho del padre:
- Jesús, víctima inocente, quiere víctimas voluntarias para que se dé gloria a Dios y se pague por tantos sacrilegios y tanta maldad.

Su voz clara, precisa y serena me infundió seguridad y confianza, tanto que por un momento olvidé mi condición de fugitivo.
- Ojalá nos aceptara a nosotros. -continuó el padre-.
Yo no supe qué decirle; me reconocí pequeño y miserable para volar tan alto. El padre advirtió mis titubeos y quiso mostrarse comprensivo al agregar:
- Es natural que se sienta miedo, pero si Jesús sufrió angustia, tristeza y pavor en el Huerto, sabe infundir ciertamente alegría y valor para morir por Él.
“El padre se dio cuenta del miedo que seguramente se traducía en mis monosílabos, en mi semblante desencajado, en la carrera precipitada entre el pedregal del camino, a pesar de la carga me dijo “No te preocupes, a ti no te pasará nada”.
“Recuerdo aquella tranquilizadora afirmación del Padre y pienso que la protección que me alcanzó de Dios tuvo un valor casi milagroso. ¿Por qué si íbamos los dos por el mismo camino, la tropa de soldados sólo lo vio a él?”.
Camino al rancho de Santa María, aprovechando una pendiente, el Beato Agustín Caloca envío al joven Haro a buscar una piedra grande para esconder los libros y sobre ello el Presbítero relata:

“En esos momentos se empezaron a oír gritos dispersos allá abajo, en el valle, y entre los árboles se veía la federación que pasaba en precipitada carrera persiguiendo a los soldados de Cristo Rey. En el instinto de ocultarme busqué el tronco de una pobre encina, raquítica y chaparra, mientras pasaron los soldados; luego subí de prisa para reunirme con el padre, pero al subir no vi ya a nadie; el camino había quedado solo; busqué para un lado y para otro en ansiedad y amargura, llamé, recorrí todas las cercanías del sitio pero no encontré al padre”.

Aprehendido por órdenes del general de brigada Francisco Goñi, en calidad de prisionero fue trasladado a Totatiche, donde no tardó en ser acompañado por su párroco, don Cristóbal Magallanes. Por su juventud se ofreció al Padre Caloca dejarlo en libertad, pero declinó la propuesta a menos que también liberaran al señor Cura Magallanes.
Ante la inminencia de la muerte sólo pudo expresar: Nosotros, por Dios vivimos y por Él morimos.

El calvario del Padre Caloca se prolongó después de estas palabras, pues al contemplar apuntando hacia él las bocas de los rifles, sus nervios destrozados lo hicieron dar unos pasos al frente, intentando escapar. El jefe del pelotón le salió al encuentro, golpeándole el rostro con una pistola.
Consumada la ejecución, los cadáveres fueron inhumados en el Panteón de Guadalupe en esa población. Cuando fueron exhumados, en agosto de 1933, el corazón se encontró incorrupto.
Sus restos descansan en la Parroquia de San Juan Bautista de El Teúl, donde reciben particulares muestras de respeto y veneración.

San agustín Caloca nació en El Teúl, Zacatecas, el 5 de mayo de 1898; inició sus estudios clericales en el Seminario de Guadalajara, pero este plantel fue cerrado con motivo del anticlericalismo de los jefes carrancistas. Reinició sus estudios en el Seminario Auxiliar de Nuestra Señora de Guadalupe, del que fue alumno fundador a invitación del párroco de Totatiche, Cristóbal Magallanes.
La conducta del Padre Caloca era intachable, sana y alegre; humilde en su modo de ser y de obrar, piadoso

 

San Cristóbal Magallanes Jara

25 de mayo

Piadoso y servicial, el Beato Cristóbal Magallanes Jara llevó una vida tranquila, con satisfacciones al poder estar al frente de la población de Totatiche, su lugar de origen; sin embargo sus mismos fieles y los de la región, lo llevaron a ser perseguido por el ejército federal durante la guerra de los Cristeros.

Nació el 30 de julio de 1869 en el rancho La Sementera , correspondiente al municipio de Totatiche; luego de haber desempeñado oficios sencillos durante los primeros 19 años de su vida, se matriculó en el Seminario Conciliar de Guadalajara en octubre de 1888 y sus ilusiones de pastor se vieron coronadas al ser designado a la Parroquia de su pueblo natal.

Estando ahí, sin embargo, con la suspensión del culto público decretada por los Obispos el 1º de agosto de 1926, los católicos del lugar y de la región, apoyados por la Unión Popular , asociación de activistas unidos a la Liga Nacional Defensora de la Libertad Religiosa , se organizaron para restaurar los derechos que consideraban conculcados.
El señor Cura Magallanes, eminentemente pacifista, reprobó que recurrieran a las armas y publicó un artículo en su periódico en el que desechó la violencia: “La religión ni se propagó, ni se ha de conservar por medio de las armas. Ni Jesucristo, ni los Apóstoles, ni la Iglesia han empleado la violencia con ese fin. Las armas de la Iglesia son el convencimiento y la persuasión por medio de la palabra”, pronunció.

Estos hechos afectaron su ánimo y esto quedó plasmado por escrito. En una carta consignó que durante los últimos cuatro meses de su vida fue perseguido por cerros y barrancas: “Dios les perdone tanta infamia y nos vuelva la deseada paz, para que todos los mexicanos nos veamos como hermanos”, escribió.

La mañana del 21 de mayo de 1927 fue aprehendido por un grupo de soldados del ejército federal, capitaneados por el General Francisco Goñi. Compartió la prisión con su ministro, el joven Presbítero Agustín Caloca y ambos quedaron a disposición del jefe de operaciones militares de Zacatecas, el general poblano Anacleto López.

El general Goñi acusó al párroco de sostener la rebelión contra el Gobierno en esa comarca y pese a que demostró lo contrario, le imputaron otro delito: “No habrán tenido parte alguna en el movimiento cristero, pero basta que sean sacerdotes para hacerlos responsables de la rebelión”, se dictaminó.

La mañana del 25 de mayo fueron conducidos a la casa municipal de Colotlán Jalisco para ser ejecutados. El señor Cura Magallanes se hincó para recibir del Padre Caloca la absolución sacramental, y él, a su vez, la recibió luego de su párroco. Ante sus verdugos, el Padre Cristóbal dijo en voz alta: “Soy y muero inocente; perdono de corazón a los autores de mi muerte y pido a Dios que mi sangre sirva para la paz de los mexicanos desunidos. Viendo a su ministro acosado por la aflicción, le dijo: Padre, sólo un momento y estaremos en el Cielo. Fueron sus últimas palabras.

En vida, el Señor Cura de Totatiche se distinguió por su piedad, honradez y aplicación. Desapegado de los bienes materiales, procuró mejorar el nivel de vida de sus paisanos. Entre muchas y notorias obras, legó a la comarca la introducción de la agricultura de riego gracias a la construcción de la presa La Candelaria ; para incrementar el patrimonio material de las familias, tuvo la iniciativa de fraccionar algunos predios o solares en las goteras de Totatiche, que fueron distribuidos entre las familias insolventes.

Predicó entre los indios huicholes en varias misiones populares, uno de cuyos frutos fue la creación de la colonia Asqueltán. Fundó un hospicio para huérfanos, un asilo para ancianos y dotó de capillas los ranchos de su jurisdicción.
En materia educativa, estableció varios colegios y escuelas de primeras letras. En 1916 fundó el Seminario Auxiliar de Nuestra Señora de Guadalupe, de la que alcanzó a ver dos frutos óptimos: su compañero de martirio Agustín Caloca y su sucesor en la parroquia, el siervo de Dios José Pilar Quezada Valdés.

Cristóbal Magallanes encabezó la causa de canonización de un grupo de sacerdotes y laicos martirizados durante la persecución religiosa en México, fue beatificado por su Santidad Juan Pablo II el 22 de noviembre de 1992 y canonizado el 21 de mayo del 2000

Sus reliquias se veneran con particular devoción en el templo parroquial de Totatiche.

 

San José Isabel Flores Varela

21 de junio

Durante la suspensión del culto público, muchos obispos y sacerdotes mexicanos se concentraron en las ciudades importantes o en el extranjero; otros, muy pocos, decidieron arriesgarlo todo permaneciendo en sus circunscripciones territoriales. Ese fue el caso del Beato José Isabel, cuya fe, esperanza y caridad, constantes en su vida personal, lucen sobre manera en su martirio; en estado de persecución religiosa siguió atendiendo a los fieles, tanto en la cabecera de la Vicaría , como en numerosos ranchos.

El Padre Flores administraba los sacramentos con toda cautela en domicilios particulares, pues ser denunciado a la autoridad pública equivalía a aprehensión, tortura y muerte.
Precisamente un protegido suyo, Nemesio Bermejo, denunció su paradero al presidente municipal de Zapotlanejo, Jalisco, Rosario Orozco, cacique de la región y anticlerical furibundo. La madrugada del 13 de junio de 1927, Orozco y un grupo de subordinados, sorprendieron al Beato Flores Varela, mientras se dirigía del rancho La Loma de las Flores a Colimilla, donde se disponía a celebrar la Eucaristía.

Fue despojado de su cabalgadura y sin consideración a sus 60 años de edad, fue obligado a caminar sin tregua una distancia considerable. En el curato de Zapotlanejo, transformado en cuartel, se representó una farsa de juicio, Orozco le ofreció liberarlo si aceptaba públicamente y por escrito, la ley reglamentaria del Artículo 130 de la Constitución ; el padre Flores rechazó la oferta.
La mañana del 21 de junio, luego de ocho días de agresiones, cuatro subordinados de Orozco condujeron a la víctima al cementerio de esa municipalidad; deslizaron una reata a la rama de un árbol y le lazaron el cuello; para atormentarlo lo suspendían hasta casi provocarle la asfixia; la operación se repitió tres o cuatro veces para finalmente amagarlo con sus armas.

El mártir, muy sereno, les dijo: Así no me van a matar hijos, yo les voy a decir cómo; pero antes quiero decirles que si alguno recibió de mi algún sacramento, no se manche las manos. Uno de los presentes, el que debía ejecutarlo, exclamó: Yo no meto las manos, el Padre es mi padrino; él me dio el Bautismo. El que hacía de jefe, muy indignado, lo increpó: Te matamos también a ti. El soldado prefirió morir junto con su padrino y allí mismo lo asesinaron.

Muy nerviosos, los verdugos quisieron consumar su obra, pero sus armas, sin justificación alguna, se trabaron. Finalmente, alguien deseoso de congraciarse con Orozco, degolló al padre Flores con un machete, hecho lo cual, lo sepultaron de inmediato.

Después de algunos años, los feligreses de Matatlán exhumaron los restos mortales del sacerdote, colocándolos en el Templo de Matatlán, donde se conservan hasta el día de hoy. Su recuerdo sigue vivo y son muchos quienes se encomiendan a su intercesión, pues su muerte fue considerada un verdadero martirio.

Nació en El Teúl, Zacatecas, el 20 de noviembre de 1866. Fue adscrito a varias parroquias y trasladado finalmente a Matatlán, donde permaneció hasta su muerte.
Amable, cariñoso, atento, ordenado y puntual, nunca regañaba ni trataba a nadie con desdén; era, además, estudioso y culto.

Una severa infección en la mandíbula le desfiguró el rostro, motivo por el cual se dejó crecer una luenga barba, que imprimía respetabilidad a sus facciones.
Su humildad, abnegación y sabiduría, su ministerio oportuno y caritativo, le merecieron convertirse, durante 25 años, en el alma de Matatlán.

 

San José María Robles Hurtado

26 de junio

Sus compañeros lo apodaron el loco del Sagrado Corazón. Un deseo vehemente por divulgar el amor de Dios a los hombres lo llevó a cultivar una espiritualidad centrada en el Sagrado Corazón de Jesús.

Luego de haber sido ordenado presbítero en 1913, fundó en Nochistlán el Instituto de Religiosas Víctimas del Corazón Eucarístico de Jesús (hoy Hermanas del Corazón de Jesús Sacramentado).

Asimismo, encendió el entusiasmo y la devoción al Sagrado Corazón de Jesús entre los vecinos de Tecolotlán, a donde fue nombrado párroco en diciembre de 1920.
Ante la suspensión del culto público, consagró su parroquia al Corazón de Jesús, colocando, como signo visible, una cruz en el promontorio conocido como La Loma.
Lo s agentes gobernistas consideraron ese acto como un desafío y le tendieron un cerco.

A partir del 2 de enero de 1927 el Padre Robles se ocultó en el domicilio particular de la familia Agraz. Desde su refugio, se mantenía al tanto de la salud espiritual de sus feligreses y oraba intensamente por la paz en México.

Después del 26 de febrero de 1927, cuando se le comunicó que existía una orden de aprehensión contra los clérigos, sus amigos le suplicaron huir, pues aumentaron las hostilidades en contra de los católicos; sin embargo no hizo caso de la recomendación.

En la madrugada del 25 de junio de 1927, cuando se disponía a celebrar la Misa , fue aprehendido por un nutrido contingente de soldados y se les ordenó que procedieran con todo rigor en contra del cura rebelde.

En cuanto los vecinos se enteraron del arresto de su párroco, agotaron las instancias legales para garantizarle la vida, sin resultados favorables. Por la noche, algunas damas intentaron hablar con él, pero tan sólo consiguieron que uno de los vigilantes les entregara el Breviario del Párroco, donde descubrieron este texto suyo, anticipo de su martirio:

“Quiero amar tu corazón
Jesús mío, con delirio;
quiero amarte con pasión,
quiero amarte hasta el Martirio …
Con el alma te bendigo
mi Sagrado Corazón;
Dime: ¿se llega el instante
de feliz y eterna unión?.
Tiéndeme, Jesús, los brazos,
pues tu “pequeñito soy”;
de ellos, al seguro amparo,
a donde lo ordenes, voy…
al amparo de mi Madre
y de su cuenta corriendo
yo, su “pequeño” del alma,
vuelvo a sus brazos sonriendo.
Un Padre, espera a sus hijos,
a todos, allá en el Cielo”.

La justicia federal le concedió un amparo dentro de la jurisdicción de Tecolotlán, por lo que se decidió quitarle la vida en los linderos de la municipalidad vecina y durante la media noche, atado de manos, fue obligado a recorrer el camino de la sierra. Cuando llegaron a las inmediaciones del poblado de Quila y los agraristas se disponían a ejecutarlo, el Padre Robles pidió unos minutos y arrodillado hizo una última oración; al incorporarse bendijo su parroquia y en voz alta perdonó y bendijo a sus verdugos. A fin de evitar que se mancharan las manos con su muerte, él mismo tomó la soga, la bendijo, la besó y se la echó al cuello. El cadáver fue abandonado al pie del árbol y sepultado por empleados de una carbonera, quienes no identificaron al párroco.

El 26 de junio de 1932, con autorización del que fuera su condíscipulo en el Seminario, el Obispo Auxiliar de Guadalajara, Don José Garibi Rivera, los restos del mártir pasaron de Quila al Templo Expiatorio de Guadalajara. Actualmente las reliquias de este apóstol del Sagrado Corazón de Jesús, se veneran en el noviciado de las Hermanas del Corazón de Jesús Sacramentado en la ciudad de Guadalajara.

José María Robles fue hijo de Antonio Robles y Petronila Hurtado y nació el 3 de mayo de 1888, en Mascota, Jalisco.

 

San Atilano Cruz Alvarado

1 de julio

Inició su vida clerical durante los peores años de la persecución religiosa y pese a ello, se mantuvo firme en su convicción de ser sacerdote, por lo que recibió la Orden Presbiteral de manos de su obispo, don Francisco Orozco y Jiménez, en algún lugar de la Barranca de San Cristóbal, el 24 de julio de 1927.

Nació en Ahuetita de Abajo, aldea de Teocaltiche, Jalisco, el 5 de octubre de 1901. Sus padres, José Isabel Cruz y Máxima Alvarado, conformaban una familia cristiana, pero de una precaria situación económica, por lo que durante su infancia se ocupó de cuidar ganado. Después de mucho insistir, obtuvo el permiso de sus padres para cursar la instrucción primaria en el Colegio llamado de Los Dolores, en Teocaltiche.

En 1917 ingresó a la preceptoría del Seminario, el 11 de noviembre de 1920 se inscribió en la casa central del restaurado Seminario de Guadalajara, mismo que subsistió hasta el mes de diciembre de 1924. En esa fecha, el gobernador José Guadalupe Zuno decretó la supresión de la casa formativa.

Los superiores del plantel trasladaron los grupos de Teología a las barrancas, a fin de que se continuaran los estudios.

A partir de la suspensión del culto público, el 1º de agosto de 1926, pertenecer al estado clerical llegó a convertirse en sinónimo de proscripción. El 11 de enero de 1927, el gobernador de Jalisco giró una circular telegráfica confidencial a los presidentes municipales, en cuya parte final ordena; “… sírvase asimismo aprehender desde luego a todos los sacerdotes católicos esa compresión de su mando y remitirlos esta Capital, disposición Ejecutivo”.

Desde entonces fueron asesinados algunos sacerdotes por su condición de ministros del culto. Tales antecedentes, lejos de amedrentar a Atilano, lo decidieron a afrontar con valor los riesgos.

Su vida fue muy breve, vivió sólo 27 años, de los cuales sólo uno fue sacerdote, por lo que sólo tuvo un único nombramiento, como Vicario Cooperador de la Parroquia de Cuquío, , a donde llegó en el mes de septiembre de 1927, luego de haber sido ordenado sacerdote.

Ejercitó su ministerio en calidad de fugitivo: administrando los Sacramentos a salto de mata en los ranchos que el párroco le indicaba; a fin de sortear los peligros, vestía el humilde atuendo de los campesinos, calzón blanco, huaraches y sombrero de falda ancha.
Entonces el municipio de Cuquío se encontraba bajo la férula de José Ayala, personaje de poca solvencia moral, quien atribuyéndose facultades amplísimas que desbordaban su autoridad, puso precio a la vida de los sacerdotes que atendían Cuquío, les tendió un cerco y supo de su paradero gracias a la indiscreción de Simplicio Gómez.

Con un grupo de soldados que exigió al teniente coronel Heredia, sitió la casa de Ponciano Jiménez, en Las Cruces y una vez que evacuaron a los laicos, Ayala en persona arremetió contra el acceso al aposento ocupado por los huéspedes; abrió la puerta el señor Cura Corona, quien fue acribillado. Consumado el crimen, los verdugos ingresaron a la habitación y a quemarropa, asesinaron al padre Atilano Cruz y a José María orona, hermano del párroco.

Los tres cadáveres fueron arrastrados al patio de la vivienda, donde los exaltados Vega y Ayala los patearon y les endilgaron toda suerte de expresiones vulgares y soeces.

Para que la muerte de los sacerdotes sirviera de escarmiento a los católicos de Cuquío, los cadáveres fueron expuestos frente al templo parroquial. Una muchedumbre conmovida, dando rienda suelta a su pena, cercó las víctimas; al enterarse, José Ayala mandó arrestar a algunos de ellos. El sepelio tuvo lugar la tarde de ese mismo día, en medio de múltiples muestras de consternación.

El duelo por la muerte de los mártires fue general. Los lugareños alcanzaron la certeza moral de que los mártires fueron sacrificados por su fe. Sus restos se veneran en la iglesia parroquial de Cuquío y su memoria sigue viva en esa comunidad.


San Justino Orona Madrigal

1 de julio

Nació el 14 de abril de 1877 en un hogar sumido en la pobreza; muy pronto manifestó su inclinación por la vida clerical, pero su familia se opuso porque contaban con su mano de obra para obtener recursos, finalmente pudo ingresar al Seminario Conciliar de Guadalajara en octubre de 1894.

Las limitaciones materiales cribaron su adolescencia, carecía de recursos para adquirir los libros de texto, razón por la cual debió cursar muchas asignaturas tomando notas y usando los impresos de sus condiscípulos.
Fue ordenado sacerdote por su arzobispo, Don José de Jesús Ortiz, el 7 de agosto de 1904 y fue asignado a diferentes parroquias, hasta que el 19 de octubre de 1916, se le confió la Parroquia de Cuquío, con un especial encargo de atender la preceptoría del Seminario establecida en esa población.

Los vecinos de Cuquío se distinguían por su apatía a las prácticas religiosas y aún por sus actitudes anticlericales; lo cual, lejos de intimidar al pastor, le sirvió de estímulo. Sobrellevó con dignidad las muestras gratuitas de odio que le fueron proferidas por su condición de consagrado, inclusive murmuraciones calumniosas acerca de su vida privada.

Sus virtudes, en especial la esperanza, le permitieron afrontar la adversidad con entereza: cuantas mayores eran las trabajas, más aumentaba su ahínco para ganar adeptos a la causa de Cristo.

Quienes lo trataron afirman que su vida fue ejemplar, edificante y entregada, sin tasa ni medida; en su trato habitual era amable y bondadoso, distinguiendo con particular deferencia a los pobres.

No supo de límites en la cura de almas y durante los tiempos de persecución religiosa aprovechó al máximo la oportunidad de ejercitar su fortaleza, sufrió con heroicidad las agresiones contra su ministerio de parte de agentes del gobierno civil. Cuando la persecución arreció, don Justino se alejó de la cabecera parroquial pero sin abandonar a los suyos.

A partir de agosto de 1926 ejercitó su ministerio en aldeas, ranchos y no pocas veces a campo abierto, entre muchas limitaciones, a veces con los perseguidores pisando sus huellas. Así se mantuvo casi dos años hasta el día de su sacrificio.

En 1928 las tropas gubernamentales se posesionaron de Cuquío. El sábado 30 de junio, sin angustias ni aflicciones, el Padre Justino presintió su muerte y refiriéndose a la escasez de lluvia que inquietaba a los campesinos en Las Cruces les dijo: “No se preocupen, yo pronto iré con mi Madre Santísima y yo les mando la lluvia”.

Esa noche fue denunciado el paradero de los sacerdotes. Un nutrido contingente salió de Cuquío, capitaneado por el presidente municipal, José Ayala, el capitán Vega y Gregorio González Gallo, quienes llegaron a Las Cruces a las 02:00 horas, sitiando la vivienda donde pernoctaban los clérigos.

Los soldados, haciendo alarde de fuerza, despertaron a golpes y gritos a los ocupantes; al abrir la puerta de su aposento, el párroco alzó la voz y exclamó: “¡Viva Cristo Rey!”. En respuesta José Ayala, el capitán Vega y Gregorio González Gallo, lo tirotearon dejándolo muerto en el dintel de la puerta, la cual remataron asesinando a los indefensos presbítero Atilano Cruz y a José María Orona.

Los asesinos enfilaron a Cuquío llevando como carga los cadáveres, mismos que exhibieron en la plaza del pueblo durante cuatro o cinco horas, ya que una muchedumbre cerró filas en torno a los muertos. Algunos vecinos, desafiando el mandato, lavaron, vistieron y colocaron en ataúdes los restos de las víctimas, a fin de proceder al sepelio, el cual convocó a muchísimas personas.

Los restos mortales de Justino Orona, veneradas reliquias, descansan ahora en el templo parroquial de San Felipe, de Cuquío.

 

San Miguel de la Mora de la Mora

7 de agosto

Una vez ordenado sacerdote en el año de 1906, el Padre Miguel de la Mora recibió entre sus nombramientos, el de capellán de la Catedral de Colima, en donde le tocó sufrir la rápida aplicación de la “Ley Calles”, antes que en cualquier otro Estado de la República y ser el primer sacerdote de esa diócesis que sufrió el martirio.

Nació en el Rincón del Tigre, Jalisco, pero su hermano Regino vivía en Colima y enterado de su interés por ingresar al Seminario, lo llevó con él para inscribirlo en ese Estado, luego de haber vivido su niñez trabajando la tierra.

De mayo de 1918 a junio de 1926 asistió con asiduidad y puntualidad a Catedral para participar en todas las actividades, hasta que se desataron los tiempos molestos para la Iglesia. El gobernador de Colima, Francisco Solórzano Béjar, precipitó la disposición de la Presidencia de la República y puso en vigor la “Ley Calles”, provocando una viva reacción en el clero diocesano, que fue desde la protesta formal hasta la suspensión de cultos.
El presbiterio diocesano, con su obispo a la cabeza, en solemne e histórica Hora Santa, después de la libre manifestación de la opinión de cada uno de los sacerdotes, unánimemente y por escrito, rechazaron las arbitrarias disposiciones gubernamentales y aclararon en el escrito: «Rechazamos con anticipación el dictado de rebeldía, no, no somos rebeldes sino simplemente sacerdotes oprimidos que no quieren ser apóstatas».
El Gobernador trató de inmediato, no sólo de aplicar las disposiciones de la ley, sino también las sanciones correspondientes para quienes no las cumpliesen. Pero los sacerdotes se habían comprometido a aceptar también las consecuencias, así fuesen dolorosas y amargas. Estaban dispuestos a sufrir penurias, ataques, destierros, sobresaltos y aún la persecución misma.

Las autoridades civiles pretendían tener el control de los clérigos y reubicarlos según lo juzgasen conveniente.
Inconformes, algunos sacerdotes se ocultaron, tal como lo hizo el Padre Miguel en su propia casa, en donde celebraba la Eucaristía por lo menos algunos días; sin embargo, como enfrente de su casa habitaba el general, éste pudo verlo en un descuido del padre y fue de inmediato tomado preso. Salió de la prisión bajo fianza y con la obligación de presentarse diariamente en la jefatura de operaciones. El padre fue advertido de que terminado el tiempo de su fianza iría a prisión definitiva, salvo que abriera el culto en la Catedral , de la que era capellán. Querían obligarlo a que abriera el culto bajo la vigilancia y obediencia a la autoridad civil; esto y las continuas molestias de las autoridades civiles, le hicieron pensar que era prudente alejarse de la ciudad, aunque perdiera su fianza.

Preparadas las cosas y acompañado de su hermano Regino y el padre Crispiniano Sandoval, salió en la madrugada del día 7 de agosto de 1927 rumbo al rancho del Tigre, en un coche propiedad de un amigo. El vehículo los dejó en la Estancia , en donde los esperaban unos mozos con remudas en las que continuaron su viaje hasta llegar a Cardona, en donde trataron de tomar el desayuno. En Cardona alguien lo reconoció como sacerdote y esto bastó para que un agrarista los tomara presos y los trajese a entregar a Colima, a la jefatura de operaciones militares.

Los agraristas no supieron que su acompañante, el padre Sandoval, era sacerdote también. Por esta razón se desentendieron de él y pudo huir, al llegar a la ciudad. No perjudicaron a los mozos, a quienes dejaron huir, no así a don Regino de la Mora.

Dentro del cuartel, sin cuadro ni formalismo militar alguno, ordenaron al padre que caminara hacia la caballeriza; allí, sobre el estiércol de los animales y sin miramientos fue asesinado, mientras él rezaba el rosario, iniciado cuando le dijeron que lo fusilarían. El Capitán encargado de la escolta le dio el tiro de gracia, ante la mirada atónita de su hermano Regino.

Fue llevado al panteón y al parecer unos parientes pudieron obtener el cuerpo y sepultarlo cristianamente, pero de prisa. Días después, el General creyendo que el padre llevaría en sus ropas dinero, mandó que durante la noche unos soldados exhumaran el cuerpo y extrajeran el dinero imaginado. Si lo obtuvieron o no, se desconoce, lo cierto es que de golpe arrojaron nuevamente el cadáver a la fosa sin ningún detenimiento y sin depositar nuevamente el cadáver en el féretro, sino que sobre el cuerpo arrojaron la caja y la tierra que sellaría la tumba hasta dos años después, cuando, formada una comisión especial, exhumaron los restos y los trasladaron a la Catedral , en la cripta que el pueblo llama «capilla de los mártires» en donde espera la resurrección final.

San David Roldán Lara

15 de agosto

Aunque tuvo que abandonar sus estudios en el Seminario de Durango debido a las necesidades económicas de su familia, David Roldán Lara no apartó su vida de la fe cristiana y se caracterizo por ser un joven limpio, ordenado y responsable que trató de evitarle cualquier disgusto o molestia a su madre, doña Reinalda, quien enviudó muy joven.
David Roldán Lara nació el 2 de marzo de 1907 en el pueblo de Chalchihuites, en Zacatecas y su vida fue muy corta. Contaba tan sólo con 19 años de edad cuando fue fusilado junto con el Cura Luis Batiz y dos compañeros más, tan sólo por proteger su fe.

Cristiano comprometido, perteneció a la Acción Católica y en 1925 fue nombrado presidente de la misma, posteriormente, fue designado vicepresidente de la Liga Nacional de la Defensa de la Libertad Religiosa (LNDLR) cuando iniciaron los problemas originados por las leyes callistas. El 29 de julio de 1926 esta asociación celebró su primera junta en defensa pacífica de la Iglesia ; sus propuestas fueron desde el principio claras: no a la violencia, sí a la resistencia organizada y pacífica. Una de las metas consistió en redactar un pliego petitorio suscrito por el mayor número de personas posible, pidiendo al Congreso de la Unión se derogaran las leyes anticlericales por coartar la libertad religiosa.

Pese a que pregonaban precisamente un no a la violencia, fueron acusados falsamente, junto con el señor Cura, de incitar a levantarse en armas.
El 15 de agosto de 1926, David se encontraba en su casa preparándose como era su costumbre a cumplir el precepto dominical, cuando un grupo de soldados enviados por el General Ortíz, de Zacatecas, fueron a aprehenderlo hasta su hogar. El joven salió sonriente; al pasar frente a la casa de uno de sus amigos, saludó con cortesía y alegría. Fue llevado a donde se encontraban el Sr. Cura Bátiz y otros muchos jóvenes, entre ellos estaban Manuel Morales y Salvador Lara, quien era primo hermano de David.

Ante las autoridades federales se presentó el señor Gustavo Windel, padre de la joven con quien David pretendía casarse y además gerente de la mina “El Conjuro”, lugar en el que David trabajaba; y les ofreció la cantidad de dinero que quisieran para que liberaran a los presos, pero fue en vano.

David y Salvador viajaron en el mismo automóvil y salieron muy serenos. David recibió la absolución de su párroco y el ejemplo de su entrega ante las armas asesinas; vio morir al sacerdote y a su amigo Manuel Morales; luego, junto con Salvador, fue conducido a unos ciento sesenta pasos del lugar de la ejecución anterior, hacia la falda de los cerros. Caminaba con valor y tranquilidad. Sereno y rezando, se dirigió al lugar que le señalaban para completar con un acto de amor su vida juvenil, alimentada y sobrenaturalizada con la fe, el trabajo y la entrega generosa al apostolado.

Con el mismo grito que acababan de escuchar de labios del Sr. Cura y de Manuel: «¡Viva Cristo Rey y la Virgen de Guadalupe!», entregó su espíritu a Dios.
El pelotón de fusilamiento segó su vida y un soldado le dio el tiro de gracia en la frente, desfigurándole el rostro, que, sin embargo, no pudo borrarle la sonrisa de paz y tranquilidad que David llevaba en sus labios.
Sus familiares recogieron el cadáver y casi a media noche tuvieron que darle sepultura en medio de una gran lluvia y viento huracanado, pero tuvieron que hacerlo así por temor a la llegada del General Eulogio Ortíz, que estaba por llegar, y quien venía decidido a arrastrar los cadáveres.

 

San Luis Batis Sainz

15 de agosto

Nació en San Miguel del Mezquital, Zac. (Arquidiócesis de Durango) el 13 de septiembre de 1870.

Párroco de San Pedro Chalchihuites, Zac. (Arquidiócesis de Durango.

Celoso sacerdote en todos sus ministerios tuvo especial dedicación a los jóvenes. Fue para ellos un guía y padre bondadoso que, de diversas formas les hacía crecer espiritual y culturalmente y les ayudaba a superarse hasta en los material. Especialmente supo infundir en la juventud el espíritu de heroísmo cristiano para profesar su fe.

Apenas habían pasado quince días de la supresión del culto público, ordenada por los Obispos, cuando fue tomado prisionero. Al comunicarle que los soldados lo buscaban, dijo: «Que se haga la voluntad de Dios, si El quiere ¡yo seré uno de los mártires de la Iglesia !». Y al día siguiente, 15 de agoto de 1926, fue conducido, junto con sus mas cercanos colaboradores en el apostolado: Manuel Morales, Salvador Lara y David Roldán, al lugar conocido como «puerto de Santa Teresa». El Sr. Cura Batis y Manuel Morales fueron llevados fuera de la carretera para ser fusilados; entonces el sacerdote intercedió por su compañero recordándoles, a los verdugos, que Manuel tenía esposa e hijos. Todo fue inútil y el párroco, con su característica sonrisa bondadosa, absolvió a su compañero y le dijo: «Hasta el cielo». Pocos segundos después se consumaba su martirio en el día de la fiesta de la Asunción de la Santísima Virgen.

 

San Manuel Morales

15 de agosto

Manuel Morales nació en Mesillas, de la Parroquia de Sombrerete en Zacatecas, en donde trabajó como dependiente en una tienda; gozó de la estimación de la gente del pueblo por la atención y amabilidad que siempre manifestó, era sociable y comunicativo. Posteriormente trabajó en una panadería de su propiedad. Contrajo matrimonio con la maestra Consuelo Loera, con la que tuvo tres hijos, se comportaba como buen cristiano, respetuoso y fiel con su esposa, buen padre de familia.

Fue secretario del Círculo de Obreros Católicos «León XIII», miembro de la A. C. J. M. y presidente de la Liga Nacional de Defensa Religiosa, fundada en Chalchihuites en junio de 1925. Esta organización tenía como objetivo que todos los católicos mexicanos se unieran estrechamente para defender, por medios pacíficos y legales, los derechos de la Iglesia Católica y de la religión contra los ataques del sectarismo que se había adueñado del Gobierno de México.

Esa liga no tuvo actividades en Chalchihuites sino hasta el 29 de julio de 1926, en que se celebró una sesión en la plaza de toros del pueblo y a la que concurrieron aproximadamente seiscientas personas. Como presidente de la Liga , don Manuel Morales tomó la palabra ante todos y los exhortó a pertenecer sin temores a la misma, cuyos medios de obrar en nada faltarían al respeto hacia el gobierno constituido. En su arenga, Manuel dijo: «Dios y mi derecho», es nuestro lema. La Liga será pacífica, sin mezcla alguna en asuntos políticos. Nuestro proyecto es suplicar al gobierno se digne ordenar la derogación de los artículos constitucionales que oprimen la libertad religiosa». Terminó su discurso con estas bellísimas palabras: «A los cuatro vientos y con el corazón henchido de júbilo gritemos: ¡Viva Cristo Rey y la Morenita del Tepeyac!».

El sábado 14 de agosto, cuando llegaron los soldados de Zacatecas que supuestamente venían a sofocar el levantamiento en armas, Manuel había salido de su despacho de panadería desde las siete de la tarde y estaba tranquilamente en su casa, con su esposa y sus pequeños. Después de cenar en familia, salió para asistir a la junta ordinaria de la Acción Católica. La junta no se celebró y Manuel se regresó a su casa y, sin darse cuenta aún de la llegada de los soldados, se entregó al descanso. Recibió el aviso de la prisión del Sr. Cura en la mañana del 15 de agosto, estando todavía en la cama. Salió rápidamente a reunir gente para ir ante las autoridades a gestionar la libertad del Sr. Cura. Se presentó ante los miembros de la junta vecinal, que se realizaba en la Botica Guadalupana. Estando en dicha reunión, llegaron los soldados con rifle en mano y gritaron: «¡Manuel Morales!», y él dio un paso adelante y respondió con entereza cristiana: «¡A sus órdenes!». Los soldados respondieron a Manuel con un aventón, lo golpearon con el rifle en la espalda y el cuello y fue conducido a la Presidencia Municipal. Las gestiones que hicieron las comisiones para obtener la libertad de los prisioneros fueron inútiles. La señora Consuelo Loera, esposa de Manuel, insistió mucho en hablar con el teniente Ontiveros y le dijo «Mi esposo es inocente y nada debe». El teniente, aparentando bondad y profanando la memoria de su madre, le dijo: «Señora, váyase tranquila, le juro por mi madre que nada le pasará a su esposo». Le aseguró que tenía órdenes superiores de trasladar a su esposo a Zacatecas.

Intranquila, doña Consuelo regresó ante el militar llevando esta vez consigo a su hijito mayor, lo que desagradó al teniente y alterado le dijo «Despídase de él, si quiere». Al oír esta frase, la señora le dijo: «¿No me acaba de decir usted que vuelve pronto?». Mientras tanto, el pequeño hijo de Manuel, a pesar de la vigilancia de los soldados, entró y fue a dar a los brazos de su padre. Manuel sufría doblemente al ver a su atribulada esposa y a su hijito. En medio de gran dolor, los esposos se despidieron, aunque ella todavía abrigaba la esperanza de que nada le pasaría a Manuel.
Le tocó viajar en el mismo automóvil que al Sr. Cura Batiz y también estar junto a él en el momento de su última ofrenda a Cristo. Cuando el Sr. Cura trató de salvarle la vida diciéndoles a los soldados que Manuel tenía familia, éste como siempre, respondió lleno de fe y de valentía: “Deje que me fusilen, Sr. Cura, yo muero pero Dios no muere, Él velará por mi esposa y mis hijos”. Y levantándose el sombrero para que le dispararan en la frente gritó: “Viva Cristo Rey y la Virgen de Guadalupe”. Las balas segaron la vida de aquel cristiano ejemplar, cerca de las dos de la tarde, del día de la Asunción de la Santísima Virgen.

Manuel Morales fue hijo natural de la señora Matiana Morales, nació el 8 de febrero de 1898 y desde muy niño vivió con sus abuelos en Chalchihuites.

 

San Salvador Lara Puente

15 de agosto

Salvador Lara Puente fue uno de los tres jóvenes sacrificados junto y por el señor Cura Luis Batiz. Nació en la parroquia de El Súchil, Durango el 13 de agosto de 1905.
Hijo del señor Francisco Lara y de la señora Ma. Soledad Puente Granados, fue siempre cariñoso y respetuoso con ellos. Al morir su padre aumentó su cariño y solicitud por su madre.

Fue alumno del Seminario de Durango, pero al pasar su familia por una situación económica difícil, tuvo que dejar el plantel; no dejó, sin embargo, de estar cerca y al servicio de la iglesia. Además de su trabajó como empleado de confianza en la mina El Conjuro, ayudaba mucho al señor Cura en su labor pastoral, tanto por su testimonio de vida intachable como por su apostolado cristiano.

Fue secretario de la Liga Nacional de la Defensa de la Libertad Religiosa y presidente de la Acción Católica. En la reunión de jóvenes, cuando el señor Cura expresó sus deseos de martirio y preguntó quién sería capaz de acompañarlo, Salvador con generosidad se ofreció, aunque sin ningún alarde sino con sencillez cristiana.
Poco antes de su sacrificio, en una velada que hubo en Chalchihuites, Salvador declamó la poesía titulada «Marciano», que describe la inocencia del cristiano acusado de incendiar Roma. Salvador con mucho sentimiento, como posesionado del contenido, parecía decir nuevamente: «Si mi delito es ser cristiano, haces bien en matarme porque es cierto».

El 14 de agosto de 1926, después de su trabajo, descansaba tranquilamente en su hogar. Así pasó la noche, ignorando que al señor Cura Bátiz lo habían aprehendido los soldados, al día siguiente recibió la noticia y fue a unirse con sus compañeros para deliberar la forma de salvar al señor Cura, cuando llegaron los soldados y después de aprehender a Manuel Morales gritaron su nombre. El respondió con entereza: «¡Aquí estoy!».

El teniente Maldonado engañó a todos diciéndoles que solamente iba a conducir a los reos a Zacatecas para que rindieran declaraciones; la madre de Salvador, Doña Soledad confió en Dios y en la palabra del militar, por lo que infundió ánimo a su hijo, lo bendijo y le recordó cuán santa era la causa que se defendía.

A Salvador le tocó viajar junto a David Roldán en un carro que supuestamente los conduciría a Zacatecas; pero al llegar al Puerto de Santa Teresa se descubrió la verdadera intención: asesinarlos por el delito de ser católicos.

Salvador y David contemplaron la muerte heroica de su párroco y de su amigo Manuel, después de recibir del señor Cura la absolución. Luego los condujeron a unos 160 pasos, hacia la falda de los cerros, por el camino de Canutillo. Los jóvenes iban rezando. Salvador, de 21 años, en la plenitud de la vida, se colocó frente al pelotón y con la noble frente en alto, gritó al unísono de David: “Viva Cristo Rey y la Virgen de Guadalupe”. Una descarga de fusilería segó sus vidas.

Luego el «tiro de gracia» destrozó casi sus rostros.
La juventud y el heroísmo de Salvador impresionaron a los verdugos, quienes al verlo muerto dijeron: «Que lástima haber matado a este hombre tan grande y tan fuerte».
Los familiares y los fieles fueron avisados de que pronto se presentaría el temido general Eulogio Ortíz con intenciones de colgar los cadáveres para escarmiento de los demás cristianos, por lo que, apresuraron el sepelio.
Salvador fue velado en la casa de su madre quien llena de fortaleza aceptó la voluntad de Dios y con valentía increpó a los soldados y sus restos fueron enterrados en el panteón municipal.

 

San Tranquilino Ubiarco Robles

5 de octubre

Nacido, el 8 de julio de 1899, fuera de matrimonio, su niñez estuvo llena de privaciones. Inició su formación escolar en el Asilo del Salvador, de allí pasó a la escuela oficial, donde cursó el tercer año de primaria, simultáneamente se integró a un círculo vocacional y ahí nació su inquietud por el sacerdocio ministerial.
A los diez años de edad ingresó al Seminario Auxiliar de Zapotlán el Grande, su lugar de origen, y logró su cometido el 5 de agosto de 1923, cuando se ordenó presbítero, justo en los tiempos más difíciles para el sector clerical.

Fue trasladado a la parroquia vecina, Juchipila, en donde permaneció menos de un año pues ahí lo sorprendió el enfrentamiento entre el Estado Mexicano y la Iglesia Católica , y fue nombrado vicario de la Parroquia de Lagos de Moreno, Jalisco. Se entregó con ímpetu a la acción social; en plena persecución religiosa el Padre Ubiarco se mantuvo incansable en su ministerio sacerdotal, y aunque lo ejercía con gran dificultad, celebraba la Santa Misa en las casas particulares y en los ranchos y confesaba hasta altas horas de la noche.

En el clímax de la persecución religiosa, el titular de la parroquia de Tepatitlán Jalisco se refugió fuera de la población, dejando ésta sin el amparo de un sacerdote, por lo que Tranquilino Ubiarco fue nombrado vicario ecónomo con funciones de párroco. Cuando llegó ahí la tensión era máxima. Con poco apoyo, vestido como obrero o campesino, rodeado de peligros, ejerció su ministerio durante quince meses en casas particulares, cada día en una distinta.

En tanto, el ejército federal quiso reprimir a la población civil que se solidarizaba con los católicos e implementó el dispositivo más cruel de que se tenga memoria: concentrar a los vecinos de rancherías, aldeas y villas, en las cabeceras de los municipios. A Tepatitlán llegaron centenares de menesterosos; muchos de ellos fueron atendidos por la solicitud del Padre Ubiarco, quien estableció un comedor público en el que llegaron a distribuirse hasta cien raciones diarias de alimento.

La noche del 5 de octubre, varios soldados, guiados por el presidente municipal Arturo Peña, aprehendieron al sacerdote y lo recluyeron en un calabozo. El Padre Tranquilino, muy sereno, invitó a los otros presos a rezar el Rosario y luego a reconciliarse. Dos horas después lo hicieron comparecer ante el jefe de armas, coronel José Lacarra, quien decretó en el acto la pena de muerte.

Camino a su suplicio, el Padre Ubiarco quiso saber cuál de los soldados le daría muerte y como nadie le respondió, dijo: Todo está dispuesto por Dios, y el que es mandado, no es culpable. Al escuchar esto, el soldado que había recibido la orden, se declaró incapaz de cumplimentarla, por lo que su superior inmediato ordenó su arresto. Preguntó luego el prisionero con qué instrumento le darían muerte, y le mostraron una soga, que sin más bendijo.

Elegida la rama de uno de aquellos árboles, lo ahorcaron.

El cadáver fue abandonado al pie del árbol y al día siguiente, la señorita Elodia Navarro gestionó que el cuerpo fuera velado al menos unas horas. Fue insuficiente la casa para dar cabida al tumulto que concurrió, y como la sala en que se veló tenía dos puertas, se dispuso que entraran por una puerta y salieran por la otra. El sepelio congregó tal cantidad de personas que Lacarra, previendo un tumulto, ordenó levantar barricadas para montar metrallas. Para evitar que los ánimos se exaltaran, el único familiar consanguíneo del mártir, su hermana Timotea, anticipó la inhumación.

Cincuenta años después de su martirio, el 5 de octubre de 1978, sus restos mortales fueron trasladados por el pueblo entero, con grandes muestras de respeto, al templo parroquial, donde se le venera con particular cariño.

El Padre Tranquilino abrigaba la gracia de morir por su fe. En repetidas ocasiones manifestó este deseo. Dos días antes de su muerte, presintiendo el holocausto, estuvo en Guadalajara, se confesó e hizo públicamente este comentario: Ya me voy a mi parroquia, a ver qué puedo hacer, y si me toca morir por Dios, bendito sea.

 

San Rodrigo Aguilar Alemán

28 de octubre

Luego de que fue ordenado sacerdote el 4 de enero de 1905 y que fue designado a distintas parroquias, peregrinó a Tierra Santa, en donde recogió sus impresiones en la obra Mi viaje a Jerusalén; allí consigna que en el lugar donde según la tradición el Verbo se hizo carne, pidió, como una gracia, el martirio.

El 20 de marzo de 1925 fue designado cura interino de Unión de Tula y desde ese lugar oró en diversas ocasiones por esa misma gracia, además de pedirles a sus llegados que en sus oraciones pidieran por él en ese sentido.

Primogénito de doce hermanos, niño aún, ingresó al Seminario Auxiliar establecido en Sayula, Jalisco, su lugar de origen, en donde tuvo un notable aprovechamiento.

A los 50 años de edad –nació el 13 de marzo de 1875- ya en Unión de Tula, conquistó la simpatía y el respeto de quienes lo trataron. Paciente y caritativo con el prójimo, se preocupó por instruir y catequizar a sus fieles, fundando algunas asociaciones de laicos.

Escaso tiempo pudo estar al frente de su parroquia, pues al decretarse la suspensión del culto público en agosto de 1926, el Presbítero Aguilar decidió permanecer en los límites de su parroquia y el 12 de enero de 1927, la autoridad civil giró una orden de aprehensión en su contra, considerando delito el ejercicio de su ministerio.

El Cura huyó a un rancho próximo a la cabecera municipal, pero su huésped lo denunció: apenas pudo escapar a Ejutla, Jalisco, donde llegó el 26 de enero.

Se refugió en el Colegio de San Ignacio, de las religiosas Adoratrices de Jesús Sacramentado. Desde los corredores del inmueble, siempre que podía celebraba la misa y administraba los sacramentos. Hasta él acudían sus feligreses de Unión de Tula, a quienes atendía en sus necesidades espirituales, renovando cada semana la Reserva Eucarística , gracias a la valiente cooperación de una religiosa.

La mañana del 27 de octubre de 1927, una columna de soldados del ejército federal invadieron Ejutla; un grupo de soldados tomó el convento de las adoratrices, cuya superiora yacía en cama, gravemente enferma. Los presbíteros Rodrigo Aguilar, Juan de la Mora y Emeterio Covarrubias, se disponían a practicar un examen de lengua latina al seminarista Jesús Garibay cuando advirtieron la presencia de los soldados en las inmediaciones del convento y apenas lograron escapar.

El Padre Aguilar, sin embargo, antes de huir, destruyó la nómina de alumnos del Seminario, invirtiendo en ello minutos muy valiosos. El estudiante Rodrigo Ramos ayudó al párroco en su intento de escapar, pues se encontraba lastimado de los pies, pero los soldados lo sometieron. El Padre Aguilar, extenuado, dijo a su asistente: Se llegó mi hora, usted váyase. Un militar le pidió identificarse: Soy sacerdote, respondió. En la redada habían sido capturados el seminarista Garibay y algunas religiosas. Sabedor de su suerte, con ánimo sereno, el Padre Aguilar se despidió de las religiosas: Nos veremos en el Cielo.

Su semblante no manifestaba turbación, antes bien, se mantenía sereno. Dos religiosas adoratrices pudieron cruzar palabra con el reo. Amable, tranquilo y atento, les dijo: Tengo hambre, tráiganme, si pueden, unos taquitos de frijoles. Los jefes me exigen documentos para demostrar por escrito que soy inocente, pero no tengo ninguno.

Donato Aréchiga, quien encabezaba el contingente bélico, odiaba al párroco por haber impedido un matrimonio irregular, por lo que obtuvo la pena de muerte para Rodrigo Aguilar.

A la media noche del 28 de octubre de 1928, el Padre Aguilar fue llevado a la plaza central de Ejutla; tranquilo, las horas transcurridas las invirtió orando. En una rama de un robusto árbol de mango los soldados descolgaron una soga, uno de cuyos extremos tomó el Padre Aguilar, lo bendijo y en voz alta perdonó a sus verdugos. Luego de ponerle la soga al cuello, uno de estos le gritó en pleno rostro: ¿Quién vive?… Cristo Rey y Santa María de Guadalupe, contestó con firmeza el interpelado. La soga fue tirada con fuerza y la víctima suspendida en el aire. A punto de asfixiarse fue bajado para repetirle la pregunta, su respuesta fue la misma; nuevamente fue colgado por el cuello y vuelto a bajar y aún muy lastimado de la garganta, arrastrando las palabras, su pronunciamiento fue el mismo: Cristo Rey y Santa María de Guadalupe. Vuelto a colgar se le provocó al muerte por asfixia.

Por la tarde, unos vecinos descolgaron el cadáver, lo trasladaron al cementerio municipal y lo sepultaron. Cinco años después los restos del Padre Aguilar fueron exhumados para ser depositados en uno de los cruceros del Templo Parroquial de Unión de Tula.

 

San Margarito Flores García

12 de noviembre

Su familia, de origen humilde, requirió de su trabajo para conseguir recursos económicos, sin embargo las labores que le fueron encomendadas pusieron en riesgo su salud en dos ocasiones.

A los 14 años manifestó sus grandes deseos de ingresar al Seminario de Chilapa, sin embargo sus padres, Germán Flores y Merced García, se opusieron porque carecían de recursos para sostenerlo. Otras personas conocieron sus deseos y lo alentaron a seguir adelante, y así ingresó al Seminario en 1915, a la edad de 15 años.

En los años de estudio, para ayudarse económicamente durante su estancia en el Seminario, ejerció su oficio de peluquero, cobrando una mínima cantidad. Por obediencia tenía a su cargo el alumbrado de quinqués de petróleo, hasta que en 1919 fue instalada la red del servicio eléctrico.
Pese a las carencias, logró sacar adelante sus estudios y recibió la orden sacerdotal en la Capilla del Seminario de Chilapa el 5 de abril de 1924, por imposición de manos del Excmo. Sn. D. José Guadalupe Ortiz. Celebró su primera Misa solemne en su ciudad natal, Taxco de Alarcón, Guerrero, en la parroquia de Santa Prisca y San Sebastián, el 20 de abril de 1924.

Al tiempo, entre otras encomiendas, fue nombrado vicario de la parroquia de Chilpancingo, Guerrero, en donde la víspera de los viernes primero de cada mes redoblaba sus actividades con el fin de atraer a la confesión a sus feligreses, hasta que en 1926 surgió el conflicto religioso y fue removido de Chilpancingo a Tecalpulco.

En ese lugar, hizo una visita al Sr. Cura de Cacalotenango, Pbro. Pedro Bustos; ambos fueron sorprendidos ahí por tropas federales, lo que los obligó a refugiarse en las montañas por espacio de varios días; una vez a salvo se separaron y cada quien regresó con su familia, pero no tuvo suerte en su camino de hallar refugio, por lo que pasó la noche sin cobijo y alimento.

Después de permanecer un tiempo con su familia, bajo la amenaza de grandes peligros a causa de la persecución existente, hizo un viaje a la Ciudad de México. Poco tiempo tenían en la posada cuando se presentó un soldado federal, inquiriendo si entre ellos había un cura. Él manifestó ser doctor. Ya en la Capital , se entregó con afán a colaborar en la solución del conflicto religioso y estuvo, también, asistiendo a la Academia de San Carlos, con el fin de perfeccionar sus conocimientos.

En junio fue aprehendido y llevado a la Inspección de Policía, junto con otros elementos que integraban la Liga de Defensa Nacional Religiosa, a los que pudo prestar el servicio de la confesión. Por intervención de la familia Calvillo ante el General Roberto Cruz, se logró la libertad del Padre Margarito; sin embargo el padre Margarito Flores presentía la inminencia de su martirio, redoblaba su fervor en la ofrecida de su sacrificio y dedicación a su ministerio.

Fue entonces enviado a Atenango del Río. A su arribo a ese lugar fue aprehendido por las tropas federales; en la madrugada despojaron al Padre, sin consideración alguna de todas las cosas que llevaba, dejándolo en ropa interior, descalzo y atado en medio de la caballería, caminando a pie. El tormento aumentó cuando salió el sol agobiante; y cuando suplicó que le dieran un poco de agua, lo único que recibió fue empellones y golpes. El 12 de noviembre de 1927 fue ordenada su ejecución y se le permitió elegir el lugar preciso para morir.

Con toda serenidad caminó hacia la esquina posterior del templo, solicitando le permitieran unos instantes para elevar sus últimas plegarias al Todopoderoso. Le fueron concedidos, y después acercándose a él uno de los soldados, le dijo que si lo perdonaba, a lo que el Padre contestó profundamente conmovido que no sólo lo perdonaba, sino que también lo bendecía. Las órdenes fueron cumplidas.

Durante tres horas el cadáver permaneció en ese sitio. La tropa iba de salida, y por orden del Capitán, dos soldados tomaron el cuerpo por los pies y, a rastras, lo condujeron al panteón, donde de antemano otros soldados ya habían cavado la fosa. Sin respeto alguno fue arrojado el cuerpo, y luego la sotana, que anteriormente le habían quitado. Cubrieron la fosa y se retiraron.

Tiempo después dos buenas personas, colocaron los restos en una caja y los trasladaron al interior del templo. Al exhumar los restos, y pese a los meses que habían transcurrido desde su muerte y encontrándose en una fosa común, su sangre manaba con frescura. En 1945, 18 años después de su martirio, los restos fueron trasladados a la ciudad de Taxco y, por disposición de sus familiares, quedaron depositados en un lugar especial de la capilla de «Nuestro Señor de Ojeda», en el barrio natal del mártir.


San Pedro Esqueda Ramírez

22 de noviembre

“Dios me trajo y Dios sabrá”, eran las palabras del párroco de San Juan de los Lagos cuando los vecinos del lugar y su propia familia le advertían que corría peligro y que podía ser localizado por las fuerzas federales.

Esto sucedió luego de que muchos católicos del lugar, de manera espontánea, constituyeron grupos de resistencia al recibir la noticia de que se suspendería el culto público en todas las iglesias de México a partir del 1º de agosto de 1926.

Ante el riesgo de perder la vida, los sacerdotes domiciliados en San Juan de los Lagos se diseminaron por distintos lugares, el párroco Esqueda, sin embargo, se ocultó sin salir de la población para hacerse cargo de la cura de almas de quienes requirieron sus servicios, ejerciendo celosamente su ministerio sacerdotal dentro y fuera de ese territorio.

A partir de entonces, llevó siempre consigo, como su único tesoro, al Santísimo Sacramento.

En noviembre de 1927 se refugió en Jalostotitlán; transcurridos algunos días, decidió volver a San Juan de los Lagos hospedándose en el hogar de la familia Macías, en donde junto a la cama, se había practicado una cavidad en el piso lo suficientemente grande para ocultarlo junto con los ornamentos, vasos sagrados y el archivo parroquial.

A los cuarenta años de edad –nació el 29 de abril de 1887- fue advertido nuevamente del peligro que corría en ese domicilio, pues se preparaba su captura, su respuesta fue la misma y en cambio, invitó a los huéspedes a orar y dirigió una meditación: Cómo prepararse a la muerte.

Oriundo de San Juan de los Lagos, a la mañana siguiente celebró la misa con mucho fervor, concluido el desayuno entonó a media voz unos cánticos al Sagrado Corazón de Jesús; su semblante irradiaba alegría. Avanzada la mañana, una de las hermanas del padre Esqueda llegó al refugio para advertir que en esos momentos un grupo de soldados sitiaba la finca. Apenas hubo tiempo para que el sacerdote se deslizara al escondite, el cual fue cubierto con unas tablas, disimuladas con una alfombra; pero fue finalmente descubierto y el padre fue llevado a la casa del abad de la colegiata de Nuestra Señora de San Juan, convertida en cuartel, lo encerraron en un cuarto pequeño, oscuro e incomunicado, donde permaneció cuatro días, durante los cuales fue flagelado en repetidas ocasiones.

Para aumentar la aflicción del sacerdote, los soldados profanaron, en su presencia, los vasos y ornamentos sagrados. La mañana del 22 de noviembre, la tropa a cargo del coronel Santoyo, movilizada al municipio de San Miguel el Alto, llevó consigo al reo sacándolo a golpes, uno de los cuales lo hizo rodar por una escalinata hasta el suelo, fracturándose en la caída el brazo derecho.

Un militar, después de golpearlo, le dijo: «ahora ya has de estar arrepentido de ser cura»; a lo que contestó dulcemente el padre Pedro: «No, ni un momento, y poco me falta para ver el cielo».

Todo lo soportó callado, en silencio, manifestando tranquilidad de ánimo. Al pasar por el puente que cruza el río, a la salida del pueblo, los niños lo rodearon y el padre Esqueda insistentemente le repitió a un pequeño que caminaba junto a él: «No dejes de estudiar el catecismo, ni dejes la doctrina cristiana por nada». Y en un pedazo de papel escribió sus últimas recomendaciones para las catequistas.

A la mitad del día llegaron a Teocaltitán y el coronel Santoyo dispuso que el mártir, colocado encima de la pastura, fuera quemado vivo. Le ordenó subir al mezquite, pero lo impidió la fractura del brazo; muy irritado, el coronel lo colmó de injurias, desenfundó su pistola y disparó sobre él hasta provocarle la muerte. Allí mismo abandonaron el cadáver.

Reconocida su identidad, los vecinos de Teocaltitán velaron el cadáver en el salón de la escuela y al día siguiente le dieron sepultura. En noviembre de 1938, los restos fueron colocados en San Juan de los Lagos y en 1966 removidos al presbiterio, donde se colocó una placa con esta inscripción: “Presbítero Pedro Esqueda, sacrificado el 22 de noviembre de 1927.

El Santo Esqueda tuvo como primer y único destino la parroquia de San Juan Bautista, en donde se refugió luego de que en 1914 los carrancistas incautaron el Seminario de Guadalajara. Esto no impidió que recibiera la orden del presbiterado, misma que le fue concedida el 19 de noviembre de 1916, en el oratorio del hospital de la Santísima Trinidad , en la ciudad de Guadalajara.

SAN RAFAEL GUIZAR Y VALENCIA

BIOGRAFIA

INFANCIA Y JUVENTUD

El niño Rafael Guízar vio la luz del mundo el 26 de abril de 1878, y al día siguiente fue bautizado como consta en el acta de bautismo en la que se lee:

"En Cotija, Michoacán (MÉXICO), a veintisiete de abril de 1878, yo el Presbítero, Agustín Covarrubias, T. de cura, exorcicé, puse óleo, Sagrado Crisma y bauticé solemnemente a un infante que nació un día ha en esta, púsele por nombre Rafael, hijo legítimo de Prudencio Guízar y de Natividad Valencia. Fueron sus padrinos Juan González y Benigna Valencia, cónyuges, a quienes advertí su obligación y parentesco espiritual y lo firmé". Agustín J. Covarrubias, una rúbrica.

Aprendió sus primeras letras en la escuela parroquial de su tierra natal y más tarde en un colegio que fundaron los Padres Jesuitas en la Hacienda de San Simón en los alrededores de Cotija.

Ingresó al Seminario de la Diócesis de Zamora en el año de 1894 en donde permaneció hasta el año de 1901, en el que en las Témporas de Pentecostés (1 de junio), recibió la Ordenación Sacerdotal , cuando contaba con 23 años de edad. El día 6 de junio del mismo año en la Festividad del Corpus Christi, celebró su Primera Misa en su tierra natal.

Apenas ordenado sacerdote, comenzó a acompañar en las Visitas Pastorales al Excmo. Sr. Obispo de Zamora D. José Ma. Cázares. De este virtuosísimo Prelado, aprendió sin duda alguna, a convertir en misión cada visita pastoral. Posteriormente, durante la enfermedad del Excmo. Sr. Cázares, acompañó al Sr. Obispo Auxiliar D. José de Jesús Fernández en las mismas tareas apostólicas.

 

MISIONERO INCANSABLE

Tuvo la encomienda de ser el Director Espiritual del Seminario de Zamora donde impartió la cátedra de Teología Dogmática. También fue nombrado Canónigo de la Catedral. Con estos cargos, pudo desarrollar una amplia actividad misionera, en la que involucraba a los alumnos del Seminario y les enseñaba a la vez "el arte del apostolado". Fundó una Congregación Religiosa puesta bajo el cuidado de Nuestra Señora de la Esperanza , desgraciadamente esta obra tuvo poco tiempo de existencia, debido sobre todo a las circunstancias que se vivían en el país en los inicios del pasado siglo.

El amor a Dios y la presencia de N.S. Jesucristo en la Eucaristía así como la devoción a la Santísima Virgen María, eran las notas distintivas de sus misiones.

A todos los pueblos que llegaba, siempre predicaba la Doctrina Cristiana , inspirado en un sencillo catecismo que él mismo compuso y escribió, adaptado sobre todo para los sencillos de corazón. Muchas generaciones aprendieron la Doctrina Cristiana con su catecismo, el cual perdura hasta nuestros días como una forma de instrucción de fe.

 

GANAR ALMAS PARA DIOS

Para el Padre Rafael Guízar, "ganar almas para Dios" , era el gran reto de su vida. Esto lo lograba mediante las misiones predicadas tanto en el territorio mexicano, como en los lugares fuera de México: Cuba, Guatemala, Colombia y el Sur de los Estados Unidos.

Pero además, durante los conflictos bélicos, existentes en México por la revolución de 1910, pudo prodigar la caridad y derramar la Gracia de Dios en los enfermos y moribundos por el movimiento armado. Disfrazado de vendedor de baratijas, en medio de la lluvia de balas, se acercaba a los heridos que agonizaban y les ofrecía la reconciliación con Dios, les impartía la Absolución Sacramental , muchas veces les daba también el Sagrado Viático, que llevaba consigo de manera oculta para que no lo descubrieran como sacerdote.

Son numerosos los episodios en los que narran las intervenciones heroicas del P. Guízar para salvar almas y encaminarlas al cielo.

Sufrió varios destierros de su patria y en todas partes donde se encontraba su amor por las almas le transformaba en un gigante de la caridad y el amor al prójimo, dando todo lo que tenía a favor de los desposeídos.

 

NOMBRADO 5 ° OBISPO DE VERACRUZ

Estando desterrado en Cuba, cuando impartía fructíferas misiones, después de haber sido nombrado Misionero Apostólico, fue preconizado Obispo de Veracruz y recibió la consagración episcopal en la ciudad de La Habana , por el Delegado Apostólico, Mons. Tito Trochi, el 30 de Noviembre de 1919.

El día 1º de Enero de 1920, partió rumbo a Veracruz en el navío llamado " La Esperanza ”, y después de llegar al Puerto, se dirigió a la Ciudad de Xalapa, Sede de su Obispado, en donde tomó posesión el día 9 de Enero del mismo año.

Apenas hubo llegado a su Diócesis, se distinguió por su celo ardentísimo a favor de las almas y por su gran caridad para con los demás, pues tuvo que enfrentar los estragos de un gran terremoto que había devastado la Zona de Xalapa, dejando sin hogar a muchos de sus hijos. Mons. Guízar se dio a la incansable tarea de ayudar a quines lo necesitaban y a visitar personalmente las regiones más afectadas, llevando la palabra del Señor y víveres para asistir a todos los dañados por el sismo.

1920 – 1938 SU GRAN LABOR EPISCOPAL

Monseñor Rafael Guízar y Valencia no sólo fue un misionero infatigable, sino que también fue un buen pastor que siempre estaba dispuesto a dar la vida por sus ovejas y fue, además, un Padre solícito y Bienhechor de los pobres y desamparados.

Estos fueron los rasgos de su ministerio episcopal. Entre los cuales su visión como pastor, le concedió darle una importancia capital a la formación de los sacerdotes, mediante la obra del Seminario Diocesano, en el que habrían de formarse muchos sacerdotes que multiplicarían sus misiones y la atención a las numerosas parroquias de todo el Territorio Veracruzano.

Como Obispo de Veracruz sufrió los estragos de la persecución religiosa en México, pero de manera especial en este jirón de la patria. Así comenzó su calvario en el que tuvo que padecer calumnias, vejaciones, destierros y hambre.

No obstante todo ello, su grande confianza en Dios Providente y su amor filial a María Santísima, le dieron la fortaleza necesaria para resistir los embates del demonio que quería arrancarle las almas que había ganado para Dios.

Predicó muchas misiones en el territorio veracruzano y mantuvo abierto su Seminario, aun en contra de las leyes persecutorias contra la Iglesia , y supo infundir en todos los fieles la confianza en Dios para resistir a los males de este mundo. La caridad, la pobreza, la humildad, la obediencia y el espíritu de sacrificio, fueron entre otras, algunas virtudes que más adornaron su alma y ministerio episcopal.

SU ULTIMA ENFERMEDAD Y SANTA MUERTE

Escondido en la Ciudad de México por la persecución religiosa en el Estado de Veracruz, se dedicaba a prodigar la caridad entre los fieles y a conseguir bienes para el sostenimiento de su Seminario, el cual era para él “como la pupila de sus ojos”.

Afectado de diversas enfermedades (diabetes, flebitis, insuficiencia cardiaca y otros padecimientos) fue llamado por el Señor para otorgarle el premio a sus fatigas, el día 6 de junio de 1938 en la Ciudad de México, en una casa contigua al edificio de su Seminario, donde éste estaba escondido por la persecución religiosa en Veracruz. Trasladado su cuerpo a Xalapa, sede de su Diócesis, fue sepultado con grandes manifestaciones del pueblo fiel, que le demostró su amor y gratitud por el inmenso bien que pasó haciendo cuando vivía.

Su fama de santidad se ha extendido por todo México y por diversos países, particularmente en donde misionó incansablemente: Guatemala, Cuba, Colombia y el Sur de los Estados Unidos. Muchos milagros se han logrado por su valiosa intercesión particularmente curaciones asombrosas y ayudas en situaciones de penuria, especialmente para los necesitados.

Su Santidad Juan Pablo II lo ha declarado Beato el día 29 de Enero de 1995, en Roma, Italia, en la Patriarcal Basílica Vaticana, y es un ejemplo de pastor abnegado y héroe de las virtudes cristianas.

Se presentó a la Sagrada Congregación para las Causas de los Santos en Roma otro milagro atribuido a la intercesión del Beato Rafael Guízar el cual fue aceptado unánimemente tanto por la Comisión Médica como por las Comisiones de los Teólogos, Cardenales y Obispos y el Papa Benedicto XVI reunido en Consistorio el 1 de julio de 2006 fijó la fecha de la canonización la cual tuvo lugar el 15 de octubre de 2006 en la Basílica de San Pedro en Roma, Italia.